Martín Caparrós reproduce la última entrevista que se le hiciera a Julio Cortázar, quien murió de leucemia derivada del SIDA.

Uno de los temas que toca es el de los castigos penales a los servidores de los tiranos.



https://www.nytimes.com/es/2019/02/1...anol&smtyp=cur




—El primer paso sería establecer las responsabilidades, definir bien quiénes son; pero no buscar media docena de chivos expiatorios, con eso no engañan a nadie. Todo aquel al que se le pueda probar su participación en la represión, desde generales hasta sargentos o soldados, y también todos los responsables civiles —paramilitares, Triple A, gangsters de todo tipo—, deben ser castigados por sus crímenes. Y no hay que dejarse engañar por el sistema de defensa que se utilizó en Núremberg, de la orden recibida. Obedecer órdenes no es excusa para torturar y matar a seres humanos. Y el segundo paso es que esos responsables sean sometidos a una justicia que merezca ese nombre, que no sea un camelo como lo ha sido la justicia durante la dictadura militar. Y que reciban entonces las penas que correspondan a sus delitos. No es que yo sea partidario de la ley del Talión, ni mucho menos, pero desgraciadamente las penas estarán siempre por debajo de lo que han sido esos crímenes, que van más allá de todo castigo posible. Yo estoy en contra de la pena de muerte, pero sí creo en la máxima pena carcelaria que puedan recibir esos individuos.

—Últimamente, ciertos sectores están intentando presentar el castigo por esos crímenes como una venganza. ¿Qué te parece?

—Ese es un concepto totalmente equivocado. Yo te citaría el caso de Nicaragua. Una de las cosas que más me conmovieron, más positivas de la revolución nicaragüense, es la clemencia que mostraron con los criminales de guerra, somocistas culpables de crímenes equivalentes a los de aquí. Bueno, lo primero que hizo el sandinismo triunfante fue abolir la pena de muerte y reemplazarla por un máximo de treinta años de cárcel. Yo asistí a los juicios de algunos de los peores criminales, en los que la muerte habría sido poco para castigarlos. Estaba el caso de un coronel que, para aterrorizar a los pobladores, tomaba un campesino, lo metía en un helicóptero y lo tiraba exactamente en el medio de la plaza del pueblo. Este señor se defendía cínicamente en el proceso diciendo que todo era mentira y que él era católico, y cosas por el estilo. Ese señor tiene treinta años de cárcel, el máximo. Y uno sale de esos procesos con una sensación de frustración, porque ¿qué son treinta años de cárcel al lado de lo que hizo?