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Thread: Releamos el Quijote (segunda parte)

  1. #451

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    MAR DE BARCELONA EN LA ACTUALIDAD






  2. #452

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    Nueva humillación para don Quijote: ser sorprendido y derribado por unos simples rapaces.

    Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el caballero, y, encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, se encaminaron con él a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo malo ordena, y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellos traviesos y atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevas espuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto, de manera que, dando mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote, corrido y afrentado, acudió a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho, el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre más de otros mil que los seguían.

  3. #453

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    http://www.donquijote.org/spanishlan...uijote/324.asp



    Capítulo 62: Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse


    Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de don Quijote, caballero rico y discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño de tercero. Lo primero que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado vestido –como ya otras veces le hemos descrito y pintado– a un balcón que salía a una calle de las más principales de la ciudad, a vista de las gentes y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo delante dél los de las libreas, como si para él solo, no para alegrar aquel festivo día, se las hubieran puesto; y Sancho estaba contentísimo, por parecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo no, otras bodas de Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como el del duque.
    Comieron aquel día con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco y pomposo, no cabía en sí de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos, que de su boca andaban como colgados todos los criados de casa y todos cuantos le oían. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:
    –Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas, que, si os sobran, las guardáis en el seno para el otro día.
    –No, señor, no es así –respondió Sancho–, porque tengo más de limpio que de goloso, y mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puño de bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es que si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla; quiero decir que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y quienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio, téngase por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara a las barbas honradas que están a la mesa.
    –Por cierto –dijo don Quijote–, que la parsimonia y limpieza con que Sancho come se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que quede en memoria eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando él tiene hambre, parece algo tragón, porque come apriesa y masca a dos carrillos; pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue gobernador aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor las uvas y aun los granos de la granada.
    –¡Cómo! –dijo don Antonio–. ¿Gobernador ha sido Sancho?
    –Sí –respondió Sancho–, y de una ínsula llamada la Barataria. Diez días la goberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciar todos los gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde me tuve por muerto, de la cual salí vivo por m[i]lagro.
    Contó don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con que dio gran gusto a los oyentes.
    Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote, se entró con él en un apartado aposento, en el cual no ha–bía otra cosa de adorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se sostenía, sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce. Paseóse don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas veces la mesa, después de lo cual dijo:
    –Agora, señor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha alguno, y está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las más raras aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden, con condición que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los últimos retretes del secreto.
    –Así lo juro –respondió don Quijote–, y aun le echaré una losa encima, para más seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, señor don Antonio –que ya sabía su nombre–, que está hablando con quien, aunque tiene oídos para oír, no tiene lengua para hablar; así que, con seguridad puede vuestra merced trasladar lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta que lo ha arrojado en los abismos del silencio.
    –En fee de esa promesa –respondió don Antonio–, quiero poner a vuestra merced en admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio de la pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son para fiarse de todos.
    Suspenso estaba don Quijote, esperando en qué habían de parar tantas prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por la cabeza de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se sostenía, y luego dijo:
    –Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de nac[i]ón y dicípulo del famoso Escotillo, de quien tantas maravillas se cuentan; el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de mil escudos que le di, labró esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al oído le preguntaren. Guardó rumbos, pintó carácteres, observó astros, miró puntos, y, finalmente, la sacó con la perfeción que veremos mañana, porque los viernes está muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo podrá vuestra merced prevenirse de lo que querrá preguntar, que por esperiencia sé que dice verdad en cuanto responde.

  4. #454

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    https://es.wikipedia.org/wiki/Girolamo_Scotto


    Girolamo Scotto, o Hieronymus Scottus (¿?-p.1597), llamado frecuentemente “el Conde italiano” (estatus nobiliario que se ha podido corroborar, otorgado posiblemente por Fernando II de Austria o el emperador Rodolfo II), diplomático, pionero del mentalismo, prestidigitador y mago nacido en Piacenza, en el ducado de Parma, tal como prueba el hecho de que se conserven diversas medallas de bronce (vid. Arthur Bechtold, “Hieronymus Scotus”, Archive fur Medaillen und Plakettenkunde, IV, 1923-1924, pp. 103-119), así como grabados del XVI con la inscripción VERA EFFIGIES ILLUSTRISS COMITIS HIERONIMI SCOTTI PLACENTINI , uno de los cuales se guarda en la Biblioteca Nacional, catalogado por Concha Huidobro en Grabados alemanes de la Biblioteca Nacional (siglos XV-XVI), Madrid, Biblioteca Nacional. Ministerio de Educación y Cultura, 1997, p. 196. Este magnetizador aventurero en no pocas ocasiones ha sido confundido y cruzado biográficamente con Michael Scotus (1175-1236), célebre matemático, médico, astrólogo, alquimista, filósofo y traductor escocés, que gozó de un notable prestigio como hechicero y mago y de quien pudo tomar el apellido, indicador por antonomasia en la época de lo mágico; así como con el impresor veneciano Girolamo Scotto (1505-1572).



    Su eco literario, por supuesto, llegó a España, marcando un hito en el episodio de la cabeza encantada del Quijote, en el que Cervantes nombra a su anónimo creador, presentándolo como “discípulo del famoso Escotillo, del que tantas maravillas se cuentan” (II, 62) [y de nuevo surge la duda: ¿incluiría a Zapata y su Varia historia entre los propagadores de sus invenciones?]. Y, claro, en el marco de las ediciones y anotaciones del Quijote, Pellicer (Madrid, 1797, V, pp. 269, n. I), al anotar la citada aventura aporta una serie de datos sobre Escoto, hombre de notable ingenio aplicado al estudio de las matemáticas y la astrología judiciaria, tenido así por nigromante y encantador. Por supuesto, se sirve Pellicer, primer gran lector y anotador de la miscelánea de Zapata, de los materiales presentados por el llerenense en este mismo capítulo, y amplía su reseña ofreciendo una serie de autores que citaron y trataron en mayor o menor medida a Escoto, entre ellos Martín del Río

  5. #455

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    Razonamiento de Cervantes sobre la ética en las burlas:

    porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño de tercero

  6. #456

  7. #457

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    http://www.donquijote.org/spanishlan...uijote/325.asp


    Admirado quedó don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo por no creer a don Antonio; pero, por ver cuán poco tiempo había para hacer la experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberle descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerró la puerta don Antonio con llave, y fuéronse a la sala, donde los demás caballeros estaban. En este tiempo les había contado Sancho muchas de las aventuras y sucesos que a su amo habían acontecido.
    Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de rúa, vestido un balandrán de paño leonado, que pudiera hacer sudar en aquel tiempo al mismo yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho de modo que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no sobre Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado. Pusiéronle el balandrán, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieron un pargamino, donde le escribieron con letras grandes: éste es don Quijote de la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el rétulo los ojos de cuantos venían a verle, y como leían: éste es don Quijote de la Mancha, admirábase don Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conocían; y, volviéndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:
    –Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la tierra; si no, mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta los muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.
    –Así es, señor don Quijote –respondió don Antonio–, que, así como el fuego no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser conocida, y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y campea sobre todas las otras.
    Acaeció, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un castellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo:
    –¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo por estos señores que te acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y déjate destas vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el entendimiento.
    –Hermano –dijo don Antonio–, seguid vuestro camino, y no deis consejos a quien no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y nosotros, que le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os metáis donde no os llaman.
    –Pardiez, vuesa merced tiene razón –respondió el castellano–, que aconsejar a este buen hombre es dar coces contra el aguijón; pero, con todo eso, me da muy gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las cosas este mentecato se le desagüe por la canal de su andante caballería; y la enhoramala que vuesa merced dijo, sea para mí y para todos mis descendientes si de hoy más, aunque viviese más años que Matusalén, diere consejo a nadie, aunque me lo pida.
    Apartóse el consejero; siguió adelante el paseo; pero fue tanta la priesa que los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rétulo, que se le hubo de quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa. Llegó la noche, volviéronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de don Antonio, que era una señora principal y alegre, hermosa y discreta, convidó a otras sus amigas a que viniesen a honrar a su huésped y a gustar de sus nunca vistas locuras. Vinieron algunas, cenóse espléndidamente y comenzóse el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos de gusto pícaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. éstas dieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no sólo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y, sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como a hurto las damiselas, y él, también como a hurto, las desdeñaba; pero, viéndose apretar de requiebros, alzó la voz y dijo:
    –Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos. Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que los suyos me avasallen y rindan.
    Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en peso a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho, diciéndole:
    –¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado! ¿Pensáis que todos los valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo que si lo pensáis, que estáis engañado; hombre hay que se atreverá a matar a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubiérades de zapatear, yo supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del danzar, no doy puntada.
    Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao, y dio con su amo en la cama, arropándole para que sudase la frialdad de su baile.
    Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos señoras que habían molido a don Quijote en el baile, que aquella propia noche se habían quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la estancia donde estaba la cabeza. Contóles la propiedad que tenía, encargóles el secreto y díjoles que aquél era el primero día donde se había de probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si no eran los dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona sabía el busilis del encanto, y aun si don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, también ellos cayeran en la admiración en que los demás cayeron, sin ser posible otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.
    El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, y díjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:
    –Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué pensamientos tengo yo agora?

  8. #458

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    Alguien trata de hacer entrar en razón a don Quijote:


    –¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo por estos señores que te acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y déjate destas vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el entendimiento


    Nueva burla del viejerío: hacer bailar al pobre Quijote, que terminó rendido. Y no se daba cuenta de que los requiebros eran fingidos (como los clientes de las prostitutas tampoco se dan cuenta de ese fingimiento, a menudo).

    y, con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. éstas dieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no sólo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y, sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como a hurto las damiselas, y él, también como a hurto, las desdeñaba; pero, viéndose apretar de requiebros, alzó la voz y dijo:
    –Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos. Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que los suyos me avasallen y rindan.
    Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en peso a su lecho,

  9. #459

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    http://www.donquijote.org/spanishlan...uijote/326.asp



    Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta, de modo que fue de todos entendida, esta razón:
    –Yo no juzgo de pensamientos.
    Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo el aposento ni al derredor de la mesa no había persona humana que responder pudiese.
    –¿Cuántos estamos aquí? –tornó a preguntar don Antonio.
    Y fuele respondido por el propio tenor, paso:
    –Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que Sancho Panza tiene por nombre.
    ¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí sí que fue el erizarse los cabellos a todos de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza, dijo:
    –Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te me vendió, ¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable cabeza! Llegue otro y pregúntele lo que quisiere.
    Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la primera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio, y lo que le preguntó fue:
    –Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?
    Y fuele respondido:
    –Sé muy honesta.
    –No te pregunto más –dijo la preguntanta.
    Llegó luego la compañera, y dijo:
    –Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.
    Y respondiéronle:
    –Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.
    Apartóse la casada diciendo:
    –Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, las obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.
    Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle:
    –¿Quién soy yo?
    Y fuele respondido:
    –Tú lo sabes.
    –No te pregunto eso –respondió el caballero–, sino que me digas si me conoces tú.
    –Sí conozco –le respondieron–, que eres don Pedro Noriz.
    –No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que lo sabes todo.
    Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:
    –Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?
    –Ya yo he dicho –le respondieron– que yo no juzgo de deseos, pero, con todo eso, te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.
    –Eso es –dijo el caballero–: lo que veo por los ojos, con el dedo lo señalo.
    Y no preguntó más. Llegóse la mujer de don Antonio, y dijo:
    –Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría saber de ti si gozaré muchos años de buen marido.
    Y respondiéronle:
    –Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos años de vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.
    Llegóse luego don Quijote, y dijo:
    –Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efeto el desencanto de Dulcinea?
    –A lo de la cueva –respondieron– hay mucho que decir: de todo tiene; los azotes de Sancho irán de espacio, el desencanto de Dulcinea llegará a debida ejecución.
    –No quiero saber más –dijo don Quijote–; que como yo vea a Dulcinea desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas que acertare a desear.
    El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:
    –¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrecheza de escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?
    A lo que le respondieron:
    –Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y, dejando de servir, dejarás de ser escudero.
    –¡Bueno, par Dios! –dijo Sancho Panza–. Esto yo me lo dijera: no dijera más el profeta Perogrullo.

  10. #460

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    http://www.donquijote.org/spanishlan...uijote/327.asp



    –Bestia –dijo don Quijote–, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le pregunta?
    –Sí basta –respondió Sancho–, pero quisiera yo que se declarara más y me dijera más.
    Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acabó la admiración en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio, que el caso sabían. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por no tener suspenso al mundo, creyendo que algún hechicero y extraordinario misterio en la tal cabeza se encerraba; y así, dice que don Antonio Moreno, a imitación de otra cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero, hizo ésta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes; y la fábrica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada y barnizada como jaspe, y el pie sobre que se sostenía era de lo mesmo, con cuatro garras de águila que dél salían, para mayor firmeza del peso. La cabeza, que parecía medalla y figura de emperador romano, y de color de bronce, estaba toda hueca, y ni más ni menos la tabla de la mesa, en que se encajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura se parecía. El pie de la tabla era ansimesmo hueco, que respondía a la garganta y pechos de la cabeza, y todo esto venía a responder a otro aposento que debajo de la estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un cañón de hoja de lata, muy justo, que de nadie podía ser visto. En el aposento de abajo correspondiente al de arriba se ponía el que había de responder, pegada la boca con el mesmo cañón, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de arriba abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta manera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio, estudiante agudo y discreto, fue el respondiente; el cual, estando avisado de su señor tío de los que habían de entrar con él en aquel día en el aposento de la cabeza, le fue fácil responder con presteza y puntualidad a la primera pregunta; a las demás respondió por conjeturas, y, como discreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce días duró esta maravillosa máquina; pero que, divulgándose por la ciudad que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase; pero en la opinión de don Quijote y de Sancho Panza, la cabeza quedó por encantada y por respondona, más a satisfación de don Quijote que de Sancho.
    Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a don Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr sortija de allí a seis días; que no tuvo efecto por la ocasión que se dirá adelante. Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie, temiendo que, si iba a caballo, le habían de perseguir los mochachos, y así, él y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a pasearse.
    Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don Quijote, y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros; de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna, y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla, y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón y preguntaba qué era aquéllo que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales, admirábase y pasaba adelante. Llegó en otras a uno, y preguntóle qué era lo que hacía. El oficial le respondió:
    –Señor, este caballero que aquí está –y enseñóle a un hombre de muy buen talle y parecer y de alguna gravedad– ha traducido un libro toscano en nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la estampa.
    –¿Qué título tiene el libro? –preguntó don Quijote.
    –A lo que el autor respondió:
    –Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.
    –Y ¿qué responde le bagatele en nuestro castellano? –preguntó don Quijote.
    –Le bagatele –dijo el autor– es como si en castellano dijésemos los jug[u]etes; y, aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.
    –Yo –dijo don Quijote– sé algún tanto de el toscano, y me precio de cantar algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?
    –Sí, muchas veces –respondió el autor.
    –Y ¿cómo la traduce vuestra merced en castellano? –preguntó don Quijote.
    –¿Cómo la había de traducir –replicó el autor–, sino diciendo olla?
    –¡Cuerpo de tal –dijo don Quijote–, y qué adelante está vuesa merced en el toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano piache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga più, dice más, y el su declara con arriba, y el giù con abajo.
    –Sí declaro, por cierto –dijo el autor–, porque ésas son sus propias correspondencias.
    –Osaré yo jurar –dijo don Quijote– que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen. Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el original. Pero dígame vuestra merced: este libro, ¿imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido el privilegio a algún librero?
    –Por mi cuenta lo imprimo –respondió el autor–, y pienso ganar mil ducados, por lo menos, con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos, y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas. –¡Bien está vuesa merced en la cuenta! –respondió don Quijote–. Bien parece que no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las correspondencias que hay de unos a otros; yo le prometo que, cuando se vea cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se espante, y más si el libro es un poco avieso y no nada picante.
    –Pues, ¿qué? –dijo el autor–. ¿Quiere vuesa merced que se lo dé a un librero, que me dé por el privilegio tres maravedís, y aún piensa que me hace merced en dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en él soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin él no vale un cuatrín la buena fama.
    –Dios le dé a vuesa merced buena manderecha –respondió don Quijote.
    Y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban corrigiendo un pliego de un libro que se intitulaba Luz del alma; y,en viéndole, dijo:
    –Estos tales libros, aunque hay muchos deste género, son los que se deben imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester infinitas luces para tantos desalumbrados.
    Pasó adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y, preguntando su título, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de Tordesillas.
    –Ya yo tengo noticia deste libro –dijo don Quijote–, y en verdad y en mi conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por impertinente; pero su San Martín se le llegará, como a cada puerco, que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas.
    Y, diciendo esto, con muestras de algún despecho, se salió de la emprenta. Y aquel mesmo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las galeras que en la playa estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a causa que en su vida las había visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella tarde había de llevar a verlas a su huésped el famoso don Quijote de la Mancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenían noticia; y lo que le sucedió en ellas se dirá en el siguiente Capítulo.

  11. #461

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    Aquí Cervantes saca a relucir su propio ingenio, poniendo sus ideas en la Cabeza Parlante, como luego lo haría con el licenciado Vidriera, en otra obra:

    Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la primera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio, y lo que le preguntó fue:
    –Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?
    Y fuele respondido:
    –Sé muy honesta.
    –No te pregunto más –dijo la preguntanta.
    Llegó luego la compañera, y dijo:
    –Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.
    Y respondiéronle:
    –Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.
    Y aquí se aprecia una de tantas críticas cervantinas a la idolatría católica y a la Santa Inquisición:

    pero que, divulgándose por la ciudad que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase

  12. #462

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    https://es.wikipedia.org/wiki/Corrida_de_sortija

    La corrida de sortija es un antiguo juego ecuestre practicado en Europa durante la edad media,1 norte de África y el campo rioplatense. En esta última zona está asociado a la tradición gaucha y aún es practicado en algunas partes de Argentina, Uruguay y Paraguay.

    Si bien su origen concreto es desconocido, se tienen noticias del mismo desde el medievo europeo, en el llamado torneo medieval, donde se celebraban todo tipo de juegos, justas y ejercicios ecuestres.

    El juego es también popular en la zona norte de África.2

    Aparece mencionado por Miguel de Cervantes en su obra "El coloquio de los perros" (Novelas ejemplares), publicadas en 1613, del siguiente modo:3

    ...y sobre ella puso una figura liviana de un hombre con una lancilla de correr sortija, y enseñóme a correr derechamente a una sortija que entre dos palos ponía;...
    En un diccionario de lengua española de 1734 se define este juego como:4

    Fiesta de a caballo, que se ejecuta poniendo una sortija de hierro de tamaño de un ochavo segobiano, la cual esta encajada en otro hierro, de donde se puede sacar con facilidad, y este pende de una cuerda o palo a tres o cuatro varas alto del suelo: y los Caballeros o personas que la corren, tomando la debida distancia, a carrera, se encaminan a ella, y el que con la lanza se la lleva, encajandola en la sortija, se lleva la gloria del mas diestro y afortunado.




    Práctica actual de este juego en las Fiestas de San Juan realizadas en Ciudadela (España).

  13. #463

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    https://es.wikipedia.org/wiki/Ludovico_Ariosto




    Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 8 de septiembre de 1474 - Ferrara, 6 de julio de 1533) fue un poeta italiano, autor del poema épico Orlando furioso (1516). Además de su personalidad de poeta de gran renombre, escribió para la escena obras como: Arquilla, Los supuestos, El nigromante, La alcahueta y Los estudiantes, entre otras.

    Ariosto se destacó por su estilo que maravillaba por las sutiles descripciones que hacía de la felicidad, la naturaleza y el amor. También escribió sobre la pérdida de la esperanza y de la fe. Es considerado el poeta épico más notable de su siglo.

    Su poema épico Orlando furioso constituye una continuación del poema épico inacabado Orlando enamorado, del poeta italiano Matteo Maria Boiardo, y trata del amor del paladín Orlando por Angélica en el marco de las leyendas de Carlomagno y de la guerra de los caballeros cristianos contra los sarracenos. Obra maestra del Renacimiento, se estructura en 46 cantos compuestos en ágiles octavas, y en él Ariosto hace gala de un profundo lirismo, de extraordinaria imaginación y habilidades narrativas y de un finísimo sentido del humor.1

    Considerado por muchos críticos como uno de los mejores poemas épicos de todos los tiempos por su vigor y dominio técnico del estilo, toda la obra pretende rendir tributo a la familia de Este, protectora del poeta, encarnada en la figura de su ilustre fundador Ruggero, cuya vida aparece transmutada y enaltecida en la figura del héroe, Orlando. Popular de inmediato en toda Europa a partir de su publicación en 1516, el poema influyó decisivamente en los poetas renacentistas.2

    El Renacimiento italiano llegó a su cenit con la figura de Ariosto. Miembro de una familia aristocrática, ya desde joven recibió el apoyo de la casa de Este, una familia de mecenas renacentista en cuya corte permaneció de 1503 a 1517. Hombre de mundo y artista refinado, su gran poema es el Orlando furioso, escrito entre 1506 y 1516, año de su publicación; aunque la corrección definitiva no fue concluida hasta 1532.

  14. #464

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    Cervantes opina, en labios de don Quijote, sobre las traducciones:

    me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen. Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el original.

  15. #465

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    https://es.wikipedia.org/wiki/Cristó...ez_de_Figueroa


    Cristóbal Suárez de Figueroa (Valladolid, 1571 — Italia, hacia 1644) fue un escritor y enciclopedista español del Siglo de Oro. Su nombre aparece citado como uno de los referentes en el Diccionario de autoridades.


    Trayectoria
    Suárez de Figueroa era hijo de un modesto abogado gallego, emigrado a la ciudad castellana. Celoso por las atenciones de sus padres a un hermano suyo, enfermo, decidió a los 17 años marcharse a Italia; en 1588 viajó a través de Barcelona y Génova hasta Lombardía. De allí fue a estudiar derecho civil y canónico a Bolonia y concluyó en Pavía, donde se doctoró en derecho (1594).1

    En 1595 fue nombrado fiscal de Martesana, al noroeste de Milán; desde 1600 ejerció su profesión de jurista en Nápoles y escribió ya algunas obras, entre ellas un perdido Espejo de juventud. Regresó a España en 1604 cuando se enteró de los fallecimientos de su padre y su hermano, a fin de hacerse cargo de la herencia. Una vez en Valladolid, apuñaló en una pendencia a un caballero y tuvo que viajar por varios lugares del sur de España para refugiarse de la justicia, hasta que el herido sanó y pudo arreglarse el asunto.2

    En Granada se enamoró de una dama que murió de repente y quedó muy afectado y conmocionado. Estuvo después en Córdoba, Sevilla o en Puerto de Santa María y retornó a su ciudad natal por poco tiempo.

    En 1606 se desplaza ya a Madrid para buscar un hueco en las letras y entre 1609 y 1620 escribe, compila y traduce distintas obras. Su fama se difunde con sus trabajos, aunque sus contemporáneos le tachan de maldiciente, algo que debe destacarse habida cuenta de lo mucho que lo eran los escritores de entonces.

    Desde principios del siglo XVII firma como Cristóbal Suárez de Figueroa, quizá para relacionarse con la Casa de Feria, lo que cuadraría con su personalidad orgullosa. Por lo demás, Juan Andrés Hurtado de Mendoza, quinto marqués de Cañete, fue mecenas del escritor durante varios años y el autor escribió sobre su familia Hechos de don García Hurtado de Mendoça, Marqués de Cañete (Madrid: Imprenta Real, 1616), texto importante además por las informaciones que aporta sobre los descubrimientos geográficos de archipiélagos en el océano Pacífico.

    Alguna vez se ha especulado que Suárez podría ser quien se escondía tras el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, autor del Quijote de Avellaneda, publicado en 1614.3 Pero hoy no se acepta esa hipótesis como aclaración posible, dado que el léxico de Figueroa es potente y claro, lo contrario que el de Avellaneda, y se manejan otras especulaciones al especto, asimismo dudosas.

    En 1623 volvió a Italia en compañía del Duque de Alba. Fue auditor en Lecce (1629 a 1632), sufrió una persecución inquisitorial y murió en fecha no precisada en tierras italianas. Las noticias de Cristóbal Suárez de Figueroa se pierden mucho antes de 1644. La fecha de su muerte no es posterior a ese año, como se pretende, argumentando que se publicó en Nápoles una “quinta impresión” de su España defendida; pues sucede que el “44” que aparece en portada está estampado sobre un “36” original, de modo que Figueroa pudo fallecer antes de 1644.

    Obra
    Gran lector y excelente conocedor de la lengua, Suárez de Figueroa tuvo un amplio saber en mitología, historia y también en diferentes oficios y disciplinas, científicas o no. Su mayor ambición fue alcanzar el prestigio de los mejores preceptistas de su tiempo, con quienes compartía una concepción aristotélica de la literatura que asimiló en Italia y fue plasmando en algunos de sus libros. Estas ideas le hicieron seguramente detestar a Lope de Vega y por ello se le ha atribuido la coautoría con Pedro de Torres Rámila de la Spongia (1617), el principal libelo publicado contra el Fénix de los ingenios.

    Traducciones[
    Hizo importantes traducciones: del italiano, una parte de la muy popular tragicomedia pastoril El pastor fido, de Battista Guarini (1602 y 1609). Del portugués vertió una obra histórica, Historia y anal relación de las cosas que hicieron los padres de la Compañía de Jesús por las partes de Oriente y otras, del jesuita Fernâo Guerreiro (1614).

    Pero el trabajo más señalado fue su colaboración en un éxito editorial europeo del siglo XVII, que había sido publicado en italiano y luego en latín. Efectivamente, con su Plaza universal de todas ciencias y artes hizo la versión, en 1615, del famoso libro enciclopédico sobre diversas materias, ciencias y profesiones u oficios que publicó 30 años antes Tomaso Garzoni —con el título La piazza universale di tutte le professioni del mondo— y que hizo que se convirtiera en uno de los autores italianos del siglo XVI más traducidos en el extranjero.4

    Pero Suárez de Figueroa no sólo hizo una versión brillante, y llena de lenguaje técnico a veces innovador, sino que modificó agudamente ese texto. Adaptó, a su tiempo y país, los datos de Garzoni, cortó a menudo el original y lo amplió también en algunas partes. Esta extensa y significativa Plaza universal suya fue reeditada en el siglo XVII, y además en la centuria ilustrada apareció reordenada y aumentada, con el título levemente cambiado. Es una fuente de información sobre el estado de diversas disciplinas en el momento inicial de la revolución científica. El oscurecimiento de este libro en los siglos XIX y XX, no ha impedido que hoy se le conozca bien, pues los estudios sobre la evolución del enciclopedismo se han revelado indispensables para analizar a fondo el entorno cultural de muchas obras maestras.

    El escritor
    Resulta curiosa la novela pastoril La constante Amarilis (Valencia, 1609), que apareció en edición bilingüe en Lyon cinco años después y fue reimpreso en Madrid por Antonio de Sancha, en 1781. El texto contiene reminiscencias de Ovidio. Existen dos emisiones de la obra; una dedicada a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, y otra, idéntica, dedicada a don Vincencio Guerrero, gentilhombre del duque de Mantua (tal vez por no haber sido recibido por el primero, pues quería formar parte del séquito que le acompañaría, ya virrey, a Nápoles). Incluye prosas y versos, y los personajes son máscaras que encubren a personas verdaderas: Menandro es Juan Andrés Hurtado de Mendoza, y Amarilis es María de Córdoba. El autor es el pastor Damón. Es sin duda su obra literariamente más ambiciosa, aunque no la más original (copia textos de la Arcadia de Jacopo Sannazaro, el Aminta de Torquato Tasso traducido por Juan de Jáuregui, El pastor fido de Battista Guarini que él mismo había verstido, algunos sonetos de Luis Carrillo y Sotomayor y la Epístola a una despedida de Luigi Tansillo en traducción de Diego Hurtado de Mendoza, además de recurrir como fuente constante a las Metamorfosis y otras obras de Ovidio) y fue reimpresa, a causa de su limpio lenguaje, modelo para el Neoclasicismo, en el último cuarto del siglo XVIII.5

    El poema heroico España defendida, de 1612, sobre la hazaña de Roncesvalles y tres libros de tema misceláneo, constituyen lo más personal de su autor. Destaca, sobre todos los demás, El pasajero (Madrid, 1617), donde Suárez de Figueroa da inestimables informaciones sobre las costumbres de la España de su tiempo. Esta obra maestra, escrita en diálogos, narra el viaje de un maestro en Artes y Teología (seguramente su amigo Pedro de Torres Rámila), un militar, un orífice y un doctor (que debe representar al propio Figueroa) entre Madrid y Barcelona, camino de Italia.6 Dialogan sobre las comedias y los comediantes, la vida en la universitaria de Alcalá, las mujeres, el gobierno, la sociedad de entonces, las profesiones u oficios, etc. Hay burlas, como era habitual en su tiempo, contra muchos ingenios de la época: Lope de Vega, Quevedo, Juan de Arguijo, Juan Ruiz de Alarcón y Cervantes, a quien sin embargo alabó en la Plaza universal.

    Las otras dos misceláneas son menos conocidas: Varias noticias importantes a la humana comunicación (1621)7 y Pusilipo. Ratos de conversación en los que dura el paseo (1629); en esta última obra elogia a Luis de Góngora, pese a ser Suárez un destacado anticulterano.

    En cuanto a su biografía Hechos de don García Hurtado de Mendoça, Marqués de Cañete (Madrid: Imprenta Real, 1616), la obra se divide en siete libros. Los tres primeros describen los hechos y campañas del protagonista en Chile y los restantes narran su gobierno en Perú, la rebelión de Quito y los descubrimientos geográficos en el Pacífico: las islas Salomón (1568) y las islas Marquesas y los dos viajes de Álvaro Mendaña y su piloto Pedro Fernández Quirós en busca del continente austral en que descubrió estos archipiélagos, así como las correrías de los piratas Richard Hawkins, su pariente Francis Drake y Thomas Cavendish, cuyas relaciones contiene. En todos estos respectos es fuente principal.

    Se han perdido sus obras Espejo de juventud, L'Aurora, Residencia de talentos, Desvaríos de las edades y Olvidos de príncipes.

  16. #466

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    https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_de_Jáuregui

    Juan de Jáuregui y Aguilar (Sevilla, 24 de noviembre de 1583, - Madrid, 11 de enero de 1641) fue un poeta, erudito, pintor y teórico literario español del Siglo de Oro.



    Supuesto retrato de Miguel de Cervantes Saavedra, atribuido a Juan de Jáuregui, Real Academia Española.


    Padres[
    Sus padres fueron el riojano Miguel Martínez de Jáuregui, caballero veinticuatro de Sevilla, y doña Isabel Hurtado de la Sal. El padre era de origen hidalgo y de ascendencia vasca (hijo de Martín Martínez de Jáuregui, natural de Vergara) y la madre perteneciente a la oligarquía comercial sevillana. Algunos años después del nacimiento de Juan de Jáuregui, su padre, acaudalado cargador a Indias, adquirió el señorío de Gandul y Marchenilla.

    Nombre[

    Es común encontrar en fuentes biográficas actuales a Juan de Jáuregui apellidado como Martínez de Jáuregui y Hurtado de la Sal cuando ni él ni ninguna fuente de la época utilizó esos apellidos. Su apellido paterno sí era efectivamente Martínez de Jáuregui, pero él utilizó la forma abreviada Jáuregui; así aparece en las portadas de sus libros. El apellido de su madre era de la Sal (era en efecto hija de Lucas de la Sal) pero se antepuso el Hurtado por haber heredado un importante patrimonio de un tío suyo apellidado así. Juan de Jáuregui tomó como segundo apellido el Aguilar de una de sus abuelas. Esto era algo normal en una época en la que no estaban regulado el uso y transmisión de los apellidos, por lo que incluso es relativamente frecuente encontrar en documentos anteriores al siglo XIX a hijos legítimos de los mismos padres que se apellidan de manera diferente. En el caso de Juan de Jáuregui y Aguilar, el hecho de no usar los apellidos de su madre también se puede explicar por las sospechas de ascendentes conversos en la familia de ésta, como se desprenden de las investigaciones efectuadas en las pruebas de ingreso en la Orden de Calatrava de varios miembros de la familia Jáuregui. Por lo tanto, es totalmente incorrecto nombrar al personaje como Juan Martínez de Jáuregui y Hurtado de la Sal.

    Vida
    Resultó el quinto de diez hermanos, entre los cuales el mayor, Martín de Jáuregui, heredó el señorío de Gandul y Marchenilla y al igual que su padre también fue regidor de Sevilla. Sólo se sabe de su juventud por las alusiones que contiene su discurso Arte de la pintura, según el cual hizo varios viajes a Italia y estuvo en Roma, muy probablemente para formarse como pintor. Enemigo de Francisco de Quevedo (hacia 1632, pues Quevedo atacó al sevillano con desprecio en La Perinola) y de Luis de Góngora, mantuvo sin embargo amistad con Miguel de Cervantes, cuyo retrato pintó.

    Contrajo unos esponsales forzados el 27 de febrero de 1612 con Mariana de Loaysa tras vencer algunas dificultades por las que incluso estuvo preso en 1611 (en ese año compareció ante notario por haber sido denunciado al vicario general de Madrid por incumplimiento de promesa de matrimonio por las querellantes doña Mariana de Loaysa y su madre, Aldonza de Vargas); al fin se celebró la ceremonia religiosa el 18 de enero de 1614.

    Participó en diversas justas poéticas, en 1616, y ya en Madrid, en 1620, con motivo de la beatificación de San Isidro, o en la convocada por la Compañía de Jesús en 1622 para conmemorar la canonización de San Francisco Javier, y en la mayoría obtuvo premio. Fue nombrado caballerizo de la reina doña Isabel de Borbón en 1626, y en 1639 obtuvo el hábito de la Orden de Calatrava.

    Murió en enero de 1641, dejando en la imprenta su traducción, bastante libre, de la Farsalia de Lucano, que sólo vería la luz en 1684. Fue enterrado en la capilla de Nuestra Señora de la Buena Ventura, en el Convento de San Basilio de Sevilla.

    Pintor[

    La mujer del Apocalipsis, ilustración de la Vestigatio arcani sensus in Apocalypsi del jesuita Luis del Alcázar.
    Como pintor mereció el elogio que figura en el Libro de los retratos 1 del pintor Francisco Pacheco, suegro de Velázquez y en El arte de la pintura tiene frases de elogio para Jáuregui:

    Pues don Iuan de Xauregui, notorio es a todos que con virtuosa emulación a grangeado aventajado lugar. .
    Vera y Mendoza dice de él:

    El Piromirandulano de estos tiempos, don Juan de Jáuregui, es el honor de Sevilla, como Virgilio de Mantua, etc.
    La Torre Farfán le elogia como pintor situándolo al lado de una gran lista de eminencias del arte:

    Los extranjeros Durero, Ticiano y Rubens y acá, dentro de casa, los Jáuregui, los Velázquez, los Murillos y los Herreras.
    Sin embargo muy poco se conserva de su obra pictórica: los retratos de Alfonso de Carranza y Lorenzo Ramírez de Prado..., las estampas de la obra del jesuita Luis del Alcázar titulada Vestigatio arcani sensus in Apocalypsi (Amberes, 1619) y algunas interesantes calcografías. Su nombre sonaba asociado con otros pintores de la época como Francisco Pacheco, Pablo de Céspedes o Antonio Mohedano, que eran también escritores y con los cuales colaboró para redactar el Memorial informatorio por los pintores (Madrid, 1629).

    El retrato de Cervantes[
    En el prólogo a sus Novelas ejemplares Cervantes dice claramente que Jáuregui le pintó: "...pues le diera mi retrato el famoso don Juan de Jáurigui" (sic). Esta pintura está perdida. Ha habido un sinfín de intentos de identificar el perdido retrato con alguno que todavía existe, y ha tenido más éxito el que aparece en este artículo, pero ni los historiadores de arte ni los cervantistas aceptan éste u otro como auténtico o documentado.2 3

    Obra literaria[
    Se distinguió en sus obras de preceptiva sobre el culteranismo de Góngora, contra quien publicó el Antídoto contra las Soledades y el Discurso poético contra el hablar culto y estilo obscuro (Madrid, 1624). Se trata de un discurso impersonal y abstracto, muy educado y doctrinal, frente al encono que poseen otros ensayos contra el gongorismo. Pese a todo, los defensores de Góngora le atacaron con un Examen del antídoto o Apología de las Soledades, escrito tal vez por Angulo y Pulgar; sin embargo, Jáuregui era tan moderado en sus críticas que incluso llegó a escribir una defensa del gongorismo cuando defendió a uno de sus seguidores, el muy rebuscado y culto predicador Fray Hortensio Paravicino, retratado por el Greco, en su opúsculo Apología por la verdad (1625); el famoso predicador y poeta había sido objeto de una anónima y durísima censura por un Panegírico en que elogiaba al difunto Felipe III.

    En una primera época Jáuregui se muestra como poeta italianizante (al fin y al cabo estuvo en Roma) siguiendo la tradición petrarquista tal y como la había estatuido su contemporáneo y coterráneo Fernando de Herrera, pero termina siendo un poeta culterano y así se muestra en su poema Orfeo (1624), que suscitó algunos comentarios de Lope de Vega y la publicación de un Orfeo en lengua castellana en el mismo año por Juan Pérez de Montalbán. Ese culteranismo subsiste en su traducción de La Farsalia de Lucano en octavas reales. Tradujo también en verso blanco la Aminta de Torcuato Tasso en 1607, versión de la cual dijo Cervantes que era tan perfecta, que no se sabía cuál era la traducción y cuál el original. En sus Rimas incluye también algunas traducciones de Horacio, Marcial y Ausonio.

  17. #467

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    http://www.donquijote.org/spanishlan...uijote/328.asp



    Capítulo 63: De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

    Grandes eran los discursos que don Quijote hacía sobre la respuesta de la encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban con la promesa, que él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea. Allí iba y venía, y se alegraba entre sí mismo, creyendo que había de ver presto su cumplimiento; y Sancho, aunque aborrecía el ser gobernador, como queda dicho, todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas.
    En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno, su huésped, y sus dos amigos, con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que estaba avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y Sancho, apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las chirimías; arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmesí, y, en poniendo que puso los pies en él don Quijote, disparó la capitana el cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo mesmo, y, al subir don Quijote por la escala derecha, toda la chusma le saludó como es usanza cuando una persona principal entra en la galera, diciendo: ‘‘¡Hu, hu, hu!’’ tres veces. Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era un principal caballero valenciano; abrazó a don Quijote, diciéndole:
    –Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso llevar en mi vida, habiendo visto al señor don Quijote de la Mancha: tiempo y señal que nos muestra que en él se encierra y cifra todo el valor del andante caballería.
    Con otras no menos corteses razones le respondió don Quijote, alegre sobremanera de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en la popa, que estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines, pasóse el cómitre en crujía, y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado, y más cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció que todos los diablos andaban allí trabajando; pero esto todo fueron tortas y pan pintado para lo que ahora diré. Estaba Sancho sentado sobre el estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya avisado de lo que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole en los brazos, toda la chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta priesa, que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda pensó que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con él hasta volverle por la siniestra banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido, y jadeando, y trasudando, sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había.
    Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general si eran ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que entraban en las galeras; porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar en ellas, no quería hace[r] semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que, si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le había de sacar el alma a puntillazos; y, diciendo esto, se levantó en pie y empuñó la espada.
    A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus quicios y venía a dar sobre su cabeza; y, agobiándola, lleno de miedo, la puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que también se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro. La chusma izó la entena con la misma priesa y ruido que la habían amainado, y todo esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujía con el corbacho o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que tales pensó él que eran los remos, dijo entre sí:
    –éstas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre solo, que anda por aquí silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo digo que éste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.
    Don Quijote, que vio la atención con que Sancho miraba lo que pasaba, le dijo:
    –¡Ah Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca costa os podíades vos, si quisiésedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos señores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena de tantos, no sentiríades vos mucho la vuestra; y más, que podría ser que el sabio Merlín tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados de buena mano, por diez de los que vos finalmente os habéis de dar.
    Preguntar quería el general qué azotes eran aquéllos, o qué desencanto de Dulcinea, cuando dijo el marinero:
    –Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa por la banda del poniente.
    Esto oído, saltó el general en la crujía, y dijo:
    –¡Ea hijos, no se nos vaya! Algún bergantín de cosarios de Argel debe de ser éste que la atalaya nos señala.

  18. #468

    Default

    Don Quijote no estaba tan loco como para no sentir nunca el miedo:

    No las tuvo todas consigo don Quijote; que también se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro.

  19. #469

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    http://www.donquijote.org/spanishlan...uijote/329.asp


    Llegáronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se les ordenaba. Mandó el general que las dos saliesen a la mar, y él con la otra iría tierra a tierra, porque ansí el bajel no se les escaparía. Apretó la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que parecía que volaban. Las que salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron un bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince bancos, y así era la verdad; el cual bajel, cuando descubrió las galeras, se puso en caza, con intención y esperanza de escaparse por su ligereza; pero avínole mal, porque la galera capitana era de los más ligeros bajeles que en la mar navegaban, y así le fue entrando, que claramente los del bergantín conocieron que no podían escaparse; y así, el arráez quisiera que dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capitán que nuestras galeras regía. Pero la suerte, que de otra manera lo guiaba, ordenó que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podían los del bajel oír las voces que desde ella les decían que se rindiesen, dos toraquís, que es como decir dos turcos borrachos, que en el bergantín venían con estos doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que sobre nuestras arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el general de no dejar con vida a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir con toda furia, se le escapó por debajo de la palamenta. Pasó la galera adelante un buen trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en tanto que la galera volvía, y de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en caza; pero no les aprovechó su diligencia tanto como les dañó su atrevimiento, porque, alcanzándoles la capitana a poco más de media milla, les echó la palamenta encima y los cogió vivos a todos.
    Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos de ver lo que traían. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoció que estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mandó echar el esquife para traerle, y mandó amainar la entena para ahorcar luego luego al arráez y a los demás turcos que en el bajel había cogido, que serían hasta treinta y seis personas, todos gallardos, y los más, escopeteros turcos. Preguntó el general quién era el arráez del bergantín y fuele respondido por uno de los cautivos, en lengua castellana, que después pareció ser renegado español:
    –Este mancebo, señor, que aquí vees es nuestro arráez.
    Y mostróle uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la humana imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años. Preguntóle el general:
    –Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme mis soldados, pues veías ser imposible el escaparte? ¿Ese respeto se guarda a las capitanas? ¿No sabes tú que no es valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas han de hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.
    Responder quería el arráez; pero no pudo el general, por entonces, oír la respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.
    –¡Buena ha estado la caza, señor general! –dijo el virrey.
    –Y tan buena –respondió el general– cual la verá Vuestra Excelencia agora colgada de esta entena.
    –¿Cómo ansí? –replicó el virrey.
    –Porque me han muerto –respondió el general–, contra toda ley y contra toda razón y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras venían, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a este mozo, que es el arráez del bergantín.
    Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos y echado el cordel a la garganta, esperando la muerte.
    Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde, dándole en aquel instante una carta de recomendación su hermosura, le vino deseo de escusar su muerte; y así, le preguntó:
    –Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro, o renegado?
    A lo cual el mozo respondió, en lengua asimesmo castellana:
    –Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado.
    –Pues, ¿qué eres? –replicó el virrey.
    –Mujer cristiana –respondió el mancebo.
    –¿Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Más es cosa para admirarla que para creerla.
    –Suspended –dijo el mozo–, ¡oh señores!, la ejecución de mi muerte, que no se perderá mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os cuente mi vida.

  20. #470

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    Otro caso de una mujer travestida; otro caso de conflicto entre católicos y moros...

  21. #471

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    ¿Quién fuera el de corazón tan duro que con estas razones no se ablandara, o, a lo menos, hasta oír las que el triste y lastimado mancebo decir quería? El general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase alcanzar perdón de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenzó a decir desta manera:
    –«De aquella nación más desdichada que prudente, sobre quien ha llovido estos días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres engendrada. En la corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería, sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me valió, con los que tenían a cargo nuestro miserable destierro, decir esta verdad, ni mis tíos quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por invención para quedarme en la tierra donde había nacido, y así, por fuerza más que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre discreto y cristiano, ni más ni menos; mamé la fe católica en la leche; criéme con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jamás, a mi parecer, di señales de ser morisca. Al par y al paso destas virtudes, que yo creo que lo son, creció mi hermosura, si es que tengo alguna; y, aunque mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debió de ser tanto que no tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar Gregorio, hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene. Cómo me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio perdido por mí y cómo yo no muy ganada por él, sería largo de contar, y más en tiempo que estoy temiendo que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel que me amenaza; y así, sólo diré cómo en nuestro destierro quiso acompañarme don Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares salieron, porque sabía muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de dos tíos míos que consigo me traían; porque mi padre, prudente y prevenido, así como oyó el primer bando de nuestro destierro, se salió del lugar y se fue a buscar alguno en los reinos estraños que nos acogiese. Dejó encerradas y enterradas, en una parte de quien yo sola tengo noticia, muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados y doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna manera, si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo así, y con mis tíos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a Berbería; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le hiciéramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la fama se la dio de mis riquezas, q[ue], en parte, fue ventura mía. Llamóme ante sí, preguntóme de qué parte de España era y qué dineros y qué joyas traía. Díjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en él enterrados, pero que con facilidad se podrían cobrar si yo misma volviese por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura, sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas, le llegaron a decir cómo venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos mancebos que se podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbéme, considerando el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos bárbaros turcos en más se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima que sea. Mandó luego el rey que se le trujesen allí delante para verle, y preguntóme si era verdad lo que de aquel mozo le decían. Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que sí era; pero que le hacía saber que no era varón, sino mujer como yo, y que le suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia. Díjome que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el modo que se podía tener para que yo volviese a España a sacar el escondido tesoro. Hablé con don Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser hombre; vestíle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el cual, en viéndole, quedó admirado y hizo disignio de guardarla para hacer presente della al Gran Señor; y, por huir del peligro que en el serrallo de sus mujeres podía tener y temer de sí mismo, la mandó poner en casa de unas principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se deje a la consideración de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego traza el rey de que yo volviese a España en este bergantín y que me acompañasen dos turcos de nación, que fueron los que mataron vuestros soldados. Vino también conmigo este renegado español –señalando al que había hablado primero–, del cual sé yo bien que es cristiano encubierto y que viene con más deseo de quedarse en España que de volver a Berbería; la demás chusma del bergantín son moros y turcos, que no sirven de más que de bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin guardar el orden que traíamos de que a mí y a este renegado en la primer parte de España, en hábito de cristianos, de que venimos proveídos, nos echasen en tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en tierra, por algún acidente que a los dos nos sucediese, podríamos descubrir que quedaba el bergantín en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche descubrimos esta playa, y, sin tener notic[i]a destas cuatro galeras, fuimos descubiertos, y nos ha sucedido lo que habéis visto. En resolución: don Gregorio queda en hábito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse, y yo me veo atadas las manos, esperando, o, por mejor decir, temiendo perder la vida, que ya me cansa.» éste es, señores, el fin de mi lamentable historia, tan verdadera como desdichada; lo que os ruego es que me dejéis morir como cristiana, pues, como ya he dicho, en ninguna cosa he sido culpante de la culpa en que los de mi nación han caído.

  22. #472

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    Notemos esta alusión a la homosexualidad turca. ¿Habrá sido Cervantes violado cuando Mami Arnaute lo tuvo preso?

    Turbéme, considerando el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos bárbaros turcos en más se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima que sea.

  23. #473

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    BERBERÍA


    Berbería o costa berberisca es el término que los europeos utilizaron desde el siglo XVI hasta el XIX para referirse a las regiones costeras de Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. El nombre deriva de los bereberes, entonces llamados berberiscos. En Occidente, el término normalmente se usa para hablar de los piratas y los comerciantes de esclavos que poblaban esas costas y basaban en estas actividades su economía y que suponían una amenaza constante para las embarcaciones comerciales e incluso para las ciudades costeras del Mediterráneo.1 Corresponde, aproximadamente, a lo que es hoy el Magreb.

    Aunque fue unificado durante breves espacios de tiempo por el Imperio almohade y por los háfsidas, el territorio prácticamente nunca tuvo un gobierno unificado. Antes del siglo XVI, estaba dividido entre Ifriqiya, en Marruecos, y Tlemcen o Tiaret en Argelia. Los europeos consideraban que su «capital» era Tripoli, en lo que es ahora Líbia, aunque Marrakesh era la ciudad béreber más importante de la época. Otros consideraban que Algiers o Tánger la capital.

    Desde el siglo XVI en adelante, se encontró dividida entre Marruecos, Argelia, Tunicia (hoy Túnez) y Tripolitania (hoy Libia). Entre los gobernantes más célebres de estos territorios estuvieron el pachá o bey de Argel, el bey de Túnez y el bey de Trípoli, todos ellos tributarios del sultán del Imperio otomano, pero con gran autonomía de gobierno.

    En la historia de España, la región tiene una gran relevancia como patria de acogida de los moriscos, quienes a lo largo de los gobiernos de Felipe III y Felipe IV fueron especialmente activos en acciones de piratería. La República de Salé, por ejemplo, estuvo gobernada por piratas berberiscos, que aprovechando los conocimientos de las costas españolas de los moriscos, asolaron el Levante español durante buena parte del siglo XVII.


    TÚNEZ, 1899






  24. #474

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    Y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas, a quien acompañaron muchas de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin hablarle palabra, se llegó a ella y le quitó con sus manos el cordel que las hermosas de la mora ligaba.
    En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba, tuvo clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entró en la galera cuando entró el virrey; y, apenas dio fin a su plática la morisca, cuando él se arrojó a sus pies, y, abrazado dellos, con interrumpidas palabras de mil sollozos y suspiros, le dijo:
    –¡Oh Ana Félix, desdichada hija mía! Yo soy tu padre Ricote, que volvía a buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma.
    A cuyas palabras abrió los ojos Sancho, y alzó la cabeza (que inclinada tenía, pensando en la desgracia de su paseo), y, mirando al peregrino, conoció ser el mismo Ricote que topó el día que salió de su gobierno, y confirmóse que aquélla era su hija, la cual, ya desatada, abrazó a su padre, mezclando sus lágrimas con las suyas; el cual dijo al general y al virrey:
    –ésta, señores, es mi hija, más desdichada en sus sucesos que en su nombre. Ana Félix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa tanto por su hermosura como por mi riqueza. Yo salí de mi patria a buscar en reinos estraños quien nos albergase y recogiese, y, habiéndole hallado en Alemania, volví en este hábito de peregrino, en compañía de otros alemanes, a buscar mi hija y a desenterrar muchas riquezas que dejé escondidas. No hallé a mi hija; hallé el tesoro, que conmigo traigo, y agora, por el estraño rodeo que habéis visto, he hallado el tesoro que más me enriquece, que es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y sus lágrimas y las mías, por la integridad de vuestra justicia, pueden abrir puertas a la misericordia, usadla con nosotros, que jamás tuvimos pensamiento de ofenderos, ni convenimos en ningún modo con la intención de los nuestros, que justamente han sido desterrados.
    Entonces dijo Sancho:
    –Bien conozco a Ricote, y sé que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana Félix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala intención, no me entremeto.
    Admirados del estraño caso todos los presentes, el general dijo:
    –Una por una vuestras lágrimas no me dejarán cumplir mi juramento: vivid, hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene determinados el cielo, y lleven la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.
    Y mandó luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados habían muerto; pero el virrey le pidió encarecidamente no los ahorcase, pues más locura que valentía había sido la suya. Hizo el general lo que el virrey le pedía, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada. Procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que quedaba. Ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas y en joyas tenía. Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que dio el renegado español que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a Argel en algún barco pequeño, de hasta seis bancos, armado de remeros cristianos, porque él sabía dónde, cómo y cuándo podía y debía desembarcar, y asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar de los cristianos que habían de bogar el remo; fióle Ana Félix, y Ricote, su padre, dijo que salía a dar el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen.
    Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio Moreno se llevó consigo a la morisca y a su padre, encargándole el virrey que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de su parte le ofrecía lo que en su casa hubiese para su regalo. Tanta fue la benevolencia y caridad que la hermosura de Ana Félix infundió en su pecho.

  25. #475

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    Hay muchos estudios sobre las mujeres en el Quijote. Uno de ellos es "Tres discursos de mujeres: poética y hermenéutica cervantinas", por José Ignacio Díez Fernández

    https://books.google.com.mx/books?id...page&q&f=false

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