En una conocida referencia de comienzos del siglo XIX, Alejandro de Humboldt, uno de los fundadores de la geografía moderna denominado el “príncipe de los viajeros”, mencionó que la humanidad debía eterna gratitud a la Monarquía española, pues la multitud de expediciones científicas que había financiado había hecho posible la extensión de los conocimientos geográficos.

Con independencia de que el propio Humboldt tenía todos los motivos para realizar tan afirmación, pues debía el comienzo de su carrera científica a la extraordinaria generosidad de una nación que lo había acogido poniendo a su disposición recursos y contactos insospechados, es indiscutible que en la Edad de Oro de las expediciones científicas la aportación española fue ciertamente deslumbrante.

A partir de 1720 se fueron creando una serie de expectativas de cambio político que las favorecieron, visibles, por ejemplo, en el viaje a la audiencia de la ciudad peruana Quito de Jorge Juan y Antonio Ulloa, entre los años 1735 y 1746, para medir junto a un grupo de académicos franceses el grado de meridiano.

Desde entonces, la ilusión de reforma de las estructuras administrativas, económicas y sociales de España y sus territorios ultramarinos tuvo directa correlación con el desarrollo de la determinada política científica, de modo que las expediciones expresaron, entre otras casas, un intento de reordenación imperial a través de dos tipos de acciones, encaminadas por una parte a la creación de instituciones como jardines botánicos, gabinetes de historia natural o escuelas náuticas y, por otra, a la organización de las propias expediciones.

En su conjunto, estas constituyeron empresas viajeras que asociaron a una estructura organizativa militar, civil o mixta tareas vinculadas a la ciencia con un contenido multidisciplinar y un objetivo general o específico.

Por otro lado, sus funciones económicas y tecnológicas estuvieron vinculadas a la expansión comercial marítima, el descubrimiento de materias primas, el establecimiento de nuevos mercados, la organización de territorios y la consolidación de fronteras. De este modo, todo aquello que configuró el mundo contemporáneo también se relacionó con los afanes y hallazgos de la exploración española.

La intensa actividad de exploración del Pacífico desarrollada por Francia e Inglaterra a finales del siglo XVIII provocó la reacción del Reino de España. Desde que la expedición de Magallanes cruzó el Pacífico y descubrió las Filipinas, España había considerado el Mar del Sur como de su exclusiva propiedad, controlando las Filipinas en el oeste y la casi totalidad de su orilla este, desde Chile hasta California.

Pero la injerencia de otras naciones no fue la principal razón de esta expedición. Fue fundamentalmente el carácter científico de las exploraciones francesas e inglesas lo que provocó una respuesta de los intelectuales españoles. Era evidente el deseo de emular los viajes de Cook y La Perouse a través de un océano que durante dos siglos y medio fue considerado como un mar español.

El historiador británico Felipe Fernández-Armesto señala que “La monarquía [española] de la época dedicaba al desarrollo científico un presupuesto incomparablemente superior al del resto de naciones europeas”.

El imperio del Nuevo Mundo era un vasto laboratorio para la experimentación y una inmensa fuente de muestras. Carlos III amaba todo lo referente a la ciencia y la técnica, de la relojería a la arqueología, de los globos aerostáticos a la silvicultura. En las últimas cuatro décadas del siglo XVIII una asombrosa cantidad de expediciones científicas recorrieron el imperio español. Expediciones botánicas a Nueva Granada, México, Perú y Chile reuniendo un completo muestrario de la flora americana. La más ambiciosa de aquellas expediciones fue un viaje hasta América y a través del Pacífico por un súbdito español de origen napolitano, Alejandro Malaspina.

El objetivo de Malaspina y Bustamante era realmente ambicioso. Aspiraban a dibujar un cuadro razonado y coherente de los dominios de la monarquía española. Para ello, no sólo contaba con los trabajos de sus colaboradores, sino que también investigó en los materiales de los principales archivos y fondos de la América española.

A través de sus diarios y escritos, tuvieron cabida los distintos aspectos de la realidad del imperio, desde la minería y las virtudes medicinales de las plantas hasta la cultura, y desde la población de la Patagonia hasta el comercio filipino. De esta forma culmina, siguiendo los principios de la Ilustración, la experiencia descubridora y científica de tres siglos de conocimiento del Nuevo Mundo y la tradición hispana de relaciones geográficas y cuestionarios de Indias. Y lo hacen bajo una fórmula característica del período, pues, imbuido del credo cientifista y naturalista de la Ilustración, lo que hizo Malaspina en realidad fue componer una verdadera física de la Monarquía.



Expediciones científicas ilustradas española más importantes del siglo XVIII


Misión Geodésica a Perú (1734), expedición hispano-francesa de La Condamine, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, para la medición del meridiano terrestre.

Pacífico Norte (diez campañas entre 1774 y 1792 -Juan José Pérez, Dionisio Alcalá Galiano, Cayetano Valdés, Juan Francisco de la Bodega-).

Pacífico Sur (1770 -Felipe González de Haedo, Domingo Boenechea Francisco Antonio Mourelle-).

Expediciones de Límites, que aprovechaban la potencialidad científica del deslindamiento de las posesiones españolas y portuguesas en Sudamérica, sujeto a distintas interpretaciones científicas y diplomáticas: Francisco Fernández de Bobadilla, Apolinar Díaz de la Fuente y Pehr Löfling a la cuenca del Orinoco (éste último con los médicos y botánicos catalanes Benito Paltor y Antonio Condal y los dibujantes Bruno Salvador Carmona y Juan de Dios Castel).

Félix de Azara a la colonia de Sacramento (Apuntamientos para la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y río de la Plata, 1802 y Voyages dans l'Ámerique Méridionale, 1809).

Real Expedición Botánica a los reinos de Perú y Chile o Expedición Botánica al Virreinato del Perú (1777-1786, de Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón Quinología o tratado del árbol de la quina o cascarilla, 1792, Flora peruviana et chilensis, 1798-1802).

Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1782-1808, José Celestino Mutis Instrucción relativa a las especies y virtudes de la quina, 1792, El arcano de l quina, 1828, Flora de Nueva Granada -sólo láminas-);

Real Expedición Botánica a Nueva España (1787-1803, Martín Sessé y José Mariano Mociño Flora Mexicana y Plantae Novae Hispaniae -inéditas-).
Expedición a Chile y Perú de Conrado Heuland y Cristián Heuland (hermanos Heuland), enviados por José Clavijo y Fajardo, director del Real Gabinete de Historia Natural.

Expedición a Cuba de Joaquín de Santa Cruz, conde de Mopox, y Baltasár Boldó (informe entregado en 1802).

La expedición de Alejandro Malaspina (1789-1794, José Bustamante, cartógrafo Felipe Bauzá, naturalistas Tadeo Haenke, Luis Née y Antonio Pineda, pintores José Guío, José del Pozo, Fernando Brambila, Juan Ravenet y Tomás de Suria) cuyos problemas políticos con Godoy provocaron la incautación y olvido de sus materiales recopilados, que no condujeron a ningún resultado prácticos en España; triste destino que por una circunstancia o por otra, fue compartido por buena parte de los hallazgos de estas expediciones, lo que indica la escasa receptividad que la sociedad y el sistema productivo español tenía hacia innovaciones y descubrimientos, hecho mucho más decisivo que la cambiante voluntad de los gobiernos ilustrados que los impulsaban o el entusiasmo de los científicos que los emprendían.

Al menos una de estas expediciones sí tuvo un éxito indiscutible: la expedición de la vacuna de Francisco Javier Balmis (1803-1806, José Salvany).

Otros, más bien de espionaje que científicos, fueron los viajes africanos de Domingo Badía, disfrazado como Alí Bey (Plan de Viaje al África, 1801, Voyages d'Ali-Bey en Afrique et en Asie pendant les années 1803-1807, 1814, versión castellana de 1836).