Origen y formación de Cataluña

LA MARCA HISPÁNICA

La fecha fundacional de la Marca Hispánica data de 795, aunque esa expresión no aparece documentada hasta 821. Previamente se formó el Reino de Aquitania, al frente del cual Carlomagno puso a su hijo y sucesor Ludovico Pío. El Reino de Aquitania fue encargado de establecer la Marca Hispánica.

Tras la recuperación de Gerona (785) siguió la conquista de las zonas de Ausona, Cardona, Casserras (798), Alto Segre, Urgel, Pallars y Ribagorza. En 801 fue sitiada Barcelona, que se rindió un año más tarde. Las campañas posterióres de Ludovico Pío contra Tortosa, Tarragona y Huesca, realizadas entre el 806 y el 811, fracasan.

La reconquista franca quedó paralizada y por Marca Hispánica se entiende exclusivamente a la zona catalana con límites en el Llobregat, Solsona, Cardona (o zonas montañosas cercanas), ampliada paulatinamente hacia el Segre y el Noguera Ribagorzana por un lado, y el Noya por otro.

La zona atrae a muchos cristianos que huyen de la represión de Abd Al-Rahman.

Los territorios conquistados fueron divididos en condados, al frente de los cuales el rey de Aquitania puso hombres de confianza o delegados, Condes, cargo que no era vitalicio ni hereditario. Normalmente los condes de la Marca no eran francos, sino visigodos o galo-romanos; estos personajes solían proceder de Aquitania, y, más concretamente, del Condado de Tolosa y de la Septimania cuya población no era franca sino galo-romana o, incluso, visigoda en parte. Según el Marqués de Lozoya (Historia de España, Ed. Salvat) parece que la mayoría de los condes de la Marca Hispánica “pertenecían a famosas familias de “godos renegados” que habían aceptado el dominio franco de la Galia”. Por ejemplo, el primer conde de Barcelona, Bera, era visigodo. En 817 el conde Bera fue nombrado “Marchio” (marqués) de la Marca, con lo que el Condado de Barcelona empezó a adquirir cierta importancia sobre los demás.

La base étnica de la población de la Marca Hispánica hizo honor a su nombre y fue abundantemente hispánica desde su origen. Apenas existió presencia franca, salvo la imprescindible para garantizar el control político.

Los condados en que se dividió la Marca Hispánica fueron los de Rosellón, Gerona, Ampurias, Besalú, Ausona, Urgel, Cerdaña, Barcelona y Pallars.

En toda esta área territorial los árabes dominaron un máximo de ochenta años; en algunas de estas zonas, como la alta montaña pirenaica, parece que la presencia musulmana fue prácticamente nula; parece que la sede episcopal de Urgel no sufrió interrupción alguna.

Durante su primer siglo de existencia la Marca Hispánica se va organizando según moldes romano-visigodos-francos. No todo, ni mucho menos, fueron moldes francos. Ya Carlomagno había creado un régimen especial para la Septimania y la Marca Hispánica, llamado “Régimen Hispano”. Carlomagno respetó la legislación propia de la Septimania y de la Marca Hispánica, fundada en el “Forum Judicum” visigodo, basado a su vez en el derecho romano y en las costumbres.


EL CONDADO DE BARCELONA

Los primeros condes de la Marca Hispánica carecen de interés; se poseen escasos datos sobre ellos, a duras penas se ha podido confeccionar una cronología incompleta.

El primero en adquirir cierta relevancia histórica es el conde de Barcelona Wifredo el Velloso (878-897) de origen visigodo, fue hijo del conde Sunifredo de Urgel. En 870, Wifredo había sido nombrado conde de Urgel-Cerdaña en sustitución del conde Salomón, recientemente fallecido.

La gran extensión de los dominios de Wifredo, su personalidad, y el hecho de que Barcelona fuera la única ciudad importante de la Marca, y que su conde ostentara normalmente el título de Marques (Marchio), es decir, encargado de la defensa de la frontera, hizo que el Condado de Barcelona adquiriera una especial relevancia.

Hizo progresar la reconquista con la toma de Ripoll y de los condados de Manresa, Osona y los campos de Tarragona. Reconquistó varias plazas de gran importancia estratégica, como Montserrat, construyó y fortificó castillos para organizar la defensa del territorio, repobló varias comarcas (Cardona, Osona) con hispani regresados del otro lado de los Pirineos.

En los territorios que gobernó lo izo en nombre del rey franco, del cual fue vasallo.

Después de una revuelta de Bernardo de Gotia contra el rey Carlos II el Calvo (877) y su sucesor Luis el Tartamudo, al cual los rebeldes se negaron a reconocer, Bernardo de Gotia fue desposeído de sus cargos, y Wifredo fue nombrado Conde de Barcelona, Gerona y Ausona, sin ser desposeído del Condado de Urgel, que confió a su hermano Miró.

La época de Wifredo coincide con la Capitular de Quercy y con el desmoronamiento del Imperio; con el inicio del feudalismo. Los señores feudales aprovecharon las circunstancias y se convirtieron en verdaderos reyezuelos, independizándose cada vez más de la lejana Corte Real. Fue este un hecho generalizado en todo el Imperio y no un hecho exclusivo del Condado de Barcelona. Estas circunstancias fueron aprovechadas por algunos condados para proclamarse efectivamente independientes, tales como baja Borgoña (Arles) en 877, la alta Borgoña (Dijon) en 888, Saboya en el siglo siguiente, etc. Pero los condados de la Marca Hispánica, incluido el de Barcelona, no se les ocurrió o no les interesó declararse independientes.

Wifredo fue el primer conde hereditario de Barcelona y, por lo tanto, el fundador de la dinastía condal barcelonesa.

El hijo de Wifredo llamado Wifredo II, o también Borrell I, heredó los condados de Barcelona, Gerona y Ausona; otro hijo, Miró, los de Cerdeña, Besalú y Conflet; y un tercer hijo, Sunifredo, el de Urgel. Se iniciaba así la nefasta costumbre de la dinastía condal barcelonesa de división de posesiones.

En el condado de Barcelona sus primeros sucesores fueron, pues, Borrell I (898-912), Suniario o Sunyer (912-954), hermano del anterior; Miró I (954-966) y Borrell II (954-992) hijos ambos del anterior.

Probablemente el primer conde que intentó una autonomía real de la Marca Hispánica fue Borrell II, que trató de seguir los pasos de navarros y aragoneses nadando entre las aguas del califato y los restos del imperio; también como ellos trató de hacerse súbdito del Papa en lugar del rey.

Era Borrell II hombre ambicioso y con indudable experiencia política, primero en solitario, como conde de Urgel, y luego de Barcelona, Gerona y Ausona, junto a Mirón, al parecer la personalidad dominante. Pero al morir su hermano decidió poner en marcha sus planes y asegurarse un dominio más allá del Llobregat. Para ello quería crear una provincia eclesiástica propia, pidiendo al Papa que liberase a sus obispos de la dependencia del arzobispado de Narbona, pero no lo consiguió.

Las dificultades episcopales no impidieron que Borrell II se entregara a su sueño de poder político. Para ello puso en marcha una doble estrategia: ruptura paulatina con los francos, soliviantando al pueblo de Barcelona contra el Imperio, y paz con el califa de Córdoba, Al Hakem II.Pero en el 976 Al Hakem II murió, y el hombre fuerte en Córdoba, califa en nombre del califa, se llamaba Almanzor. Durante algunos años dejó creer a Borrell II que lo consideraba un aliado, mientras el conde barcelonés iba rompiendo amarras con la corte carolingia. Cuando consideró que la población de Barcelona estaba suficientemente alejada de la obediencia a su rey Lotario, en el 985 lanzó una de sus clásicas ofensivas fulminantes y entró a sangre y fuego en la Marca Hispánica.

Borrell II pidió ayuda a su rey legítimo, pero éste dejó que el vanidoso Borrell probara sus propias fuerzas ante un ejército enemigo. El resultado fue terrible. Almanzor saqueó a conciencia los campos en torno a Barcelona. No hubo piedad para los vencidos. Barrios enteros fueron saqueados, los barceloneses murieron o fueron capturados y enviados a Córdoba como esclavos. Finalmente, la ciudad entera fue entregada a las llamas, ardiendo en su interior todos los documentos y bienes guardados allí.

Destruida Barcelona, Almanzor procedió a una sistemática devastación de la Marca Hispánica.Borrell II pidió de nuevo ayuda a los francos, pero éstos, sumergidos en los habituales problemas sucesorios, no mostraron especial conmiseración por un conde desleal.

Borrell II dedicó sus últimos años a lamentar sus desbocadas ambiciones, a recuperar cautivos y a reconstruir lo que pudo, monasterios sobre todo. Sus descendientes heredaron una autonomía de hecho, pero arruinada.

Alrededor del año 1010 el Conde Ramón Borrell III saqueó Córdoba, devolviendo la visita de Almanzor a Barcelona en tiempos de Borrell II, y al parecer volvieron con un importante botín.

A Borrell II sucedió Ramón Borrell III (992-1018) y a éste, su hijo Berenguer Ramón I (1018-1035). Ambos carecen de interés.

El hijo de este último, Ramón Berenguer I el Viejo (1035-1076) heredó los condados de Barcelona y Gerona. La prácticamente olvidada Reconquista fue reemprendida por este conde con la eficaz colaboración de los demás condes de la Marca, así como la de los condes de Carcasona, Tolosa, Foix, Narbona y Comenges. Logró ensanchar los dominios hacia el Segre, Ribagorza y campo de Tarragona.

La historiografía nacionalista le ha atribuido un Código de usos y costumbres de Barcelona, basados en el derecho romano y en el “Forum Judicum” visigodo, que se conoce con el nombre de “Usatges”. Sin embargo tras las investigaciones de Fernando Valls Taberner, la historiografía actual estima que, como resultado del cambio feudal que introdujo nuevos usos y costumbres, probablemente se efectuó, a mediados del siglo XI, una primera redacción de algunas normas jurídicas que, compiladas y ampliadas en el siglo XII (en tiempos de Ramón Berenguer IV) formaron el Código Usatici Barchinonae, traducido al catalán en el siglo XV y rebautizado entonces con el nombre de “Usatges de Barchinona”.

Ramón Berenguer I dejó conjuntamente como herederos a sus dos hijos Ramón Berenguer II (1076-1082), llamado “Cabeza de Estopa”, y Berenguer Ramón II (1076-1096) llamado el “Fraticida”, aunque existían ciertos privilegios en favor del primero.

A Berenguer Ramón II se le imputa el asesinato de su hermano el 6 de diciembre de 1082 en una cacería entre Sant Celoni y Hostalrich. Este conde conquistó Tarragona, convertida en un montón de ruinas. Se enfrentó con el Cid que le venció y le hizo prisionero, debiendo pagar un fuerte rescate. Se alistó en la primera Cruzada, muriendo oscuramente en Palestina.

A este le sucedió, Ramón Berenguer III el Grande (1096-1131), que fue el más sobresaliente de los condes barceloneses, solo superado quizá, en algunos aspectos, por su hijo. Era hijo de Ramón Berenguer II, Cabeza de Estopa.

Siendo entonces las Baleares un nido de piratería musulmana determinó su conquista, para la cual pidió ayuda al Papa. Se concentró en Barcelona una poderosa fuerza naval compuesta esencialmente por naves de Pisa y Barcelona. Ramón Berenguer III fue el jefe de la expedición que, entre 1114 y 1115, conquistó brillantemente Mallorca e Ibiza. Conquista efímera, empero, ya que se perdió poco más tarde.

La recién conquistada Tarragona fue cedida en feudo al Obispo de Barcelona San Olegario. Elevada a la antigua dignidad de sede metropolitana, el Papa Gelasio II nombró a San Olegario Arzobispo de Tarragona (1118). Las diócesis catalanas pasaron a integrarse en la nueva provincia eclesiástica restaurada, desgajándose de la de Narbona.

Ramón Berenguer III recuperó el señorío de Carcasona, obtuvo el Condado de Besalú (1111), y el de Cerdaña (1117), así como el de Provenza (1113).

En las disposiciones testamentarias Ramón Berenguer III dividió sus posesiones entre sus dos hijos: Ramón Berenguer IV heredó los condados de Barcelona, Carcasona y Rasés; su segundo hijo Berenguer Ramón heredó Provenza, Arles y los vizcondados de Milhau, Gavaldán y Carlat.


UNIÓN DEL REINO DE ARAGÓN Y EL CONDADO DE BARCELONA

El 11 de agosto de 1137 Ramiro II rey de Aragón firmó en Barbastro un documento por el que cedía a Ramón Berenguer IV el gobierno del reino (pero no la dignidad real) con la condición de que fueran respetados sus leyes, usos y costumbres; al mismo tiempo Ramón Berenguer IV aceptaba el compromiso matrimonial con Petronila, niña entonces de unos dos años.

Se considera comúnmente que la unión del Reino de Aragón y el Condado de Barcelona se produjo desde el momento en que Ramón Berenguer IV se hizo cargo de la gobernación de Aragón, es decir en 1137.

Muchos historiadores se refieren a ella utilizando la expresión de “unión de Cataluña y Aragón”, expresión que no es correcta, ya que durante el mandato de Ramón Berenguer IV el Condado de Barcelona no era el único de la Marca Hispánica; fuera de su órbita seguían existiendo en igualdad de condiciones, los condados de Pallars Jussá, Rosellón, Pallars Subirá, Ampurias y Urgel. Cataluña estaba pues inconclusa en tiempos de Ramón Berenguer IV. Incluso cabe notar que para ir de Barcelona a Aragón Ramón Berenguer IV debía atravesar un territorio que no estaba bajo su jurisdicción. Pero además, no se puede utilizar propiamente la palabra Cataluña en 1137 por la sencilla razón de que dicha palabra no era aún conocida. Cataluña se gestó desde el siglo IX, pero no nació hasta finales del XII y se formó en el XIII.

Ramón Berenguer IV no utilizó jamás el título de Rey, ni tan siquiera después de efectuado el matrimonio canónico con Petronila (1551) o después de la muerte de Ramiro II (1154); adoptó títulos tales como Príncipe o dominador de Aragón (“dominator regni aragonensis”). Ramiro II cedió a Ramón Berenguer IV el reino, o sea la función real y el gobierno, pero no el título, ya que Ramiro no abdicó. Conservó él el título de rey que, a su muerte (1154) heredó su hija Petronila. Esta lo cedió en vida a su hijo Alfonso II, dos años después de la muerte de su marido.

Ramón Berenguer IV colaboró con Castilla, Génova y Navarra en la reconquista de Almería (1147) que era entonces “un nido de piratas”. Ayudo a pacificar el Mediterráneo lo que facilitó la conquista de Tortosa (1148). Un año más tarde reconquistó Lérida. En 1154 fueron reconquistados los reductos de Ciurana y Mequineza, terminando así la Reconquista del suelo catalán, en la que invirtieron 436 años desde su conquista por los musulmanes, y 359 años desde la fundación de la Marca Hispánica.

Ramón Berenguer IV y Alfonso VII de Castilla concertaron en 1151 el Tratado de Tulidén por el que, a cambio del vasallaje al rey castellano, heredado de Ramiro II de Aragón, se reconocía a Ramón Berenguer el derecho de reconquista de los reinos musulmanes de Valencia, Denia y Murcia.

En un viaje hacia Turín, Ramón Berenguer IV, enfermó y murió en Borgo San Dalmazzo (Piamonte) el 6 de agosto de 1162, a los 47 años de edad. Su cuerpo fue enterrado en Ripoll.

El hijo y sucesor de Ramón Berenguer IV era Ramón, que pasó a llamarse Alfonso.

Alfonso II el Casto reconquistó Caspe, Calanda, Alfambra, Valderrobles (1169) y Teruel (1171). Ayudó a Alfonso VIII de Castilla a reconquistar Cuenca, y en 1179 firmó con el rey castellano el Tratado de Cazorla, por el que se rectificaba el de Tudilén (1151), que había fijado los límites de reconquista entre Castilla y Aragón. A Aragón le correspondieron Valencia, Játiva y el reino de Denia, señalado como límite de reconquista la divisoria entre los ríos Júcar y Segura, por el puerto de Biar. Quedaba sin efecto el vasallaje del rey de Aragón al de Castilla, a cambio de la reconquista de Murcia que pasaba a Castilla.

Alfonso II murió en Perpiñán el 25 de abril de 1196, siendo enterrado en el Monasterio de Poblet que, desde entonces fue Panteón Real. Fue un paladín de la concordia entre los reinos hispanos. Su reino lo heredó su hijo Pedro II el Católico.

Pedro II fue a Roma, donde fue coronado por el Papa, juró fidelidad a la Santa Sede y puso su reino bajo la protección de la Sede Apostólica. Quedó establecido que las futuras coronaciones reales se efectuarían en Zaragoza por el Arzobispo de Tarragona (Bula de 17 de junio de 1206).

Pedro II intervino e hizo un magnífico papel en la Batalla de las Navas de Tolosa. Al año siguiente (1213) las tropas aragonesas fueron atacadas en Muret, escaramuza decisiva de la llamada cruzada albigense, por las tropas de Simón Monfort que vencieron y mataron a PedroII.

Esta derrota marcó el inicio del dominio de los reyes franceses sobre Occitania, que en 1219 conquistaron y dominaron completamente la zona; y el fin del dominio aragonés en el sur de Francia y del sueño de un reino pirenaico.

En este reinado se inició el uso oficial de la denominación Cataluña, de una forma clara. Al instaurar la Paz y Tregua se dice: “Haec est pax quam dominus Petrus…constituit per totam Cataloniam, videlicet a Salsis usque ad Ilerdam”. (Esta paz que el Señor Pedro constituye por toda Cataluña, evidentemente del Salces sin interrupción a Lérida).

A Pedro II le sucede su hijo Jaime I, nacido el 2 de febrero de 1208.
Jaime I quedó huérfano de padre y madre (1213), en ese momento se hallaba bajo la custodia de Simón de Montfort en Carcasona. Gracias a la intervención papal (Pedro II había puesto a su reino y familia bajo la protección de la Santa Sede) el niño fue entregado en Narbona (1214) al legado pontificio Pedro de Benevento, quien lo confió a los Templarios que se cuidaron de su educación en su castillo de Monzón.

El legado papal organizó la Regencia nombrando Procurador o Regente al Conde Sancho, tío abuelo de Jaime (era hijo de Ramón Berenguer IV) y un Consejo de Regencia compuesto por magnates aragoneses y catalanes. En 1218 el Conde Sancho renunció a la Regencia; el Papa nombró entonces una nueva Regencia presidida por el Arzobispo de Tarragona.

A los 16 años Jaime I tomó las riendas del poder.

En 1229 emprendió la conquista de Mallorca. En 1231 se le sometió Menorca como tributaria. En 1235 conquistó Ibiza. Valencia en 1238. Con la conquista de Biar, Xixona y Altea, en 1245, daba fin a la Reconquista asignada por el Tratado de Almizra, firmado el año anterior, que fijó definitivamente la frontera en la divisoria de los ríos Júcar y Segura. No obstante reconquistó el Reino de Murcia (1266) que, sometido por Fernando en 1243, se había sublevado contra su sucesor Alfonso X el Sabio.

Jaime I, en lo referente a la Reconquista, fue consecuente con anteriores pactos de sus antecesores; es una prueba más de que nunca dejó de estar latente una idea definida de reunificación peninsular.

Su política de paz con los reyes cristianos movió a Jaime I a buscar un acuerdo con Francia. Aunque podía alegar muy fundados derechos de algunas tierras del Sur de Francia concertó con Luis IX de Francia el Tratado de Corbeil (1258) por lo que los reyes franceses renunciaban a sus remotos derechos sobre algunos territorios catalanes (los de la antigua Marca Hispánica) y Jaime I renunciaba a sus derechos sobre parte de Occitania.

En su testamento dejaba el reino dividido en dos: Aragón, Valencia y Cataluña, para su hijo Pedro, con el título de rey de Aragón; Baleares, Rosellón, Cerdaña y Montpellier, para Jaime, con el título de rey de Mallorca.

Murió en Valencia el 27 de julio de 1276 y fue sepultado en Poblet.


SOBRE LA ÉPOCA DE LA FORMACIÓN DE CATALUÑA

Jaime I había logrado que los tres Condados de la Marca Hispánica que aún permanecían separados del Condado de Barcelona, el de Ampurias, el de Urgel y el de Pallars Subirá se le declararan vasallos. Ahora si puede considerarse que el Condado de Barcelona representa a toda Cataluña; que dicho condado es sinónimo de Cataluña.

Por otra parte la palabra catalán, como nombre gentilicio, había parecido por primera vez en el reinado de Alfonso II, así como la voz Cathalonia como nombre territorial, aparecido documentalmente en 1176.

En tiempos de Pedro II aparece también dicho nombre en un documento relacionado con la proclamación de la Paz de Dios en el que se lee: “Haec est pax quam dominus Petrus…constituit per totam Cataloniam, videlicet a Salsis usque ad Ilerdam”. (Esta paz que el Señor Pedro constituye por toda Cataluña, evidentemente del Salces sin interrupción a Lérida).

En documentos posteriores, en tiempos de Jaime I, aparecen dichas palabras con cierta frecuencia.

A partir de Jaime I se puede hablar pues de Cataluña; no antes. Esto lo reconoce implícitamente, e incluso taxativamente, algunos historiadores nacionalistas que, impropiamente, se refieren a Cataluña a partir de Wifredo el Velloso. Así Ferrán Soldevila se refiere a las constituciones de “Paz y Tregua” de 1173 en que Alfonso II manda instituir la paz y tregua “en dicha tierra mía, de Salses hasta Tortosa y Lérida con sus términos”. Y añade Soldevila: “es decir, dentro de los límites de lo que más tarde será comprendido con el nombre de Cataluña”. Reconoce pues que en 1173 no existía aún Cataluña.

No obstante ni Jaime I ni ningún rey de Aragón utilizó ningún título relacionado con Cataluña. Los títulos oficiales de Jaime I eran: Rey de Aragón, Valencia y Mallorca, Conde de Barcelona y Señor de Montpellier.


HISPANIDAD DE CATALUÑA

Cataluña se forma lentamente desde el siglo IX al XIII en el seno de la Marca Hispánica, y como consecuencia del feudalismo. Su herencia básica y sus elementos étnicos son hispanos. Hay algo de influencia franca, pero en tan escasa dosis que se hace imperceptible. En todo caso la influencia recibida de la incipiente Francia fue occitana, no franca. Y no olvidemos que Occitania no empezó a afrancesarse hasta después de la derrota de Muret en 1213.

La futura Cataluña formó parte del país que los griegos llamarón Iberia y los romanos Hispania; formó parte de la Hispania romana y visigoda, del Reino Visigodo español. Sus raíces son pues profundamente hispanas.

La idea de la reunificación hispana estuvo siempre latente durante la Reconquista. Los primeros reyes de Asturias y León se consideraban herederos de la tradición visigoda y reivindicaron la antigua unidad hispana. Ante el hecho consumado de la formación de diversos reinos cristianos, los reyes de todos los reinos pretendieron adoptar el sistema imperial como medio de lograr aquella unidad nacional.

El inicio de la formación de Cataluña tiene sus raíces en la Reconquista, además de en el feudalismo. No existe duda de que propios y extraños tenían conciencia entonces de que la futura Cataluña formaba parte de Hispania.

Carlomagno y sus inmediatos sucesores crearon un régimen especial de privilegio, el llamado “régimen de los hispanos”. El territorio Hispano pirenaico conquistado a los árabes por los francos fue llamado con el significativo nombre de MARCA HISPÁNICA.

Eginhard, Secretario y Cronista de Carlomagno, se refiere repetidas veces a la hispanidad de la futura Cataluña con frases como: “Aquel mismo verano fue capturada Barcelona, ciudad de Hispania”. También el cronista Fontanelle se refiere a “Barchinonae, urbem Hispaniae”.

El Papa Anastasio IV promulgó un decreto (1154) por el que asignaba a la recién reconstituida sede metropolitana de Tarragona las Diócesis de Zaragoza, Huesca, Pamplona, Tarazona, y Calahorra, además de las catalanas. Dichas diócesis formaron parte de la provincia eclesiástica tarraconense hasta bien entrado el siglo XIV en que se constituyó la Archidiócesis de Zaragoza. Nótese que entonces, siglo XII, la provincia eclesiástica tarraconense comprendía diócesis no sólo de Aragón y Cataluña (aún no nata), unidos desde 1137, sino también del reino independiente de Navarra. Si no fuera por su tronco común hispano, ¿cómo podía una Archidiócesis estar compuesta por diócesis de diversos reinos?

En el campo catalán existió también total conciencia de la españolidad de Cataluña.
Ya los Usatges llaman a Ramón Berenguer I “Hispaniae subjugator” (dominador de Hispania).

Jaime I en sus cónicas refiriéndose a su padre “Nuestro padre el rey Pedro fue el rey más franco de cuantos hubo en España” (Crónica, 6). Hablando del noble catalán Guillem de Cervera dice que era “de los más sabios hombres de España”. Se refiere a sus fuerzas militares como “la fuerza que es de las mejores de España”. En otro capítulo (el 392) dice que Cataluña “es el mejor reino de España” y “la más honrada tierra de España”. En repetidas ocasiones se refiere Jaime I a los “cinco reinos de España”, eso es León, Castilla, Navarra, Aragón y Portugal.

Lo mismo acontece en la Crónica de Bernat Desclot. Refiriéndose a la batalla de las Navas de Tolosa narra los sucesos en los que intervinieron “los tres reyes de España, de los cuales uno de ellos fue el rey de Aragón” (Cap. IV).
Narra Desclot un viaje de Jaime I a Alemania para entrevistarse con el Emperador. Se presenta a la Emperatriz diciendo: “Yo soy un Conde de España al que llaman Conde de Barcelona”. El emperador dice a su séquito: “…han venido dos caballeros de España, de la tierra de Cataluña” (Cap. VIII).