Desgracia y muerte han tocado a quienes se atrevieron a gobernar y vivir en ese histórico inmueble

NIDIA MARIN.(Primera parte)

Palacio Nacional EMBRUJADO



A Maximiliano de Habsburgo la primera noche en Palacio Nacional se le subieron las pulgas provenientes de las bodegas y hubo de dormir en una mesa de billar, después se fue al Castillo de Chapultepec y la última noche la pasó en el Cerro de las Campanas; a Martín Cortés (hijo de Hernán), único particular propietario, lo arrestaron en sus salones después de una conspiración para apoderarse de la Nueva España; Benito Juárez murió de un infarto en el propio Palacio; a Madero lo asesinaron en las caballerizas, porque en sus pasillos le dio un bofetón en el rostro a uno de los guardias y temían el escándalo popular si lo sacaban a la calle; y Pascual Ortiz Rubio, en 1930, cuando salía por uno de los portones, acompañado por su familia, fue herido por Daniel Flores, partidario de Vasconcelos.
Más allá de las reumas y el enfriamiento de vejiga que pudieran sufrir sus habitantes por la humedad de los vetustos muros; más allá de las constantes cuarteaduras que padece el edificio con cada temblor, al Palacio Nacional, aseguran las consejas populares, los brujos aztecas le echaron la sal.
Desde que Hernán Cortés se aposentó en la residencia oficial de los emperadores y tácitamente sacó a patadas a Moctezuma Xocoyotzin, tres brujos se encomendaron a Tezcatlipoca y lanzaron una maldición contra quienes habitaran o gobernaran desde ahí. Hoy, algunos dicen que fue la "Maldición de la Malinche".
Lo cierto es que a muchos les ha ido mal y no vivieron para contarlo. Otros metieron la pata sentados en la silla (que aseguran también está maldita), por lo que más tarde, después de que Pancho Villa Ðese día con quepí, saco militar con charreteras y botas de "Los Dorados"Ð, entre broma y broma se sentara en la roja y aterciopelada silla, de filos dorados y águilas bicéfalas en las patas, ante la azorada mirada del charro Zapata, el propio Emiliano diría, "deberíamos de quemarla para acabar con sus ambiciones". Y Eufemio Zapata remataría: "¡Es que esa silla está embrujada, cuanto hombre se sienta en ella se vuelve malo!".
Como fuere, ese sitio ha sido, de acuerdo con la descripción de don José María Marroqui: "Habitación de los emperadores durante el dominio de los príncipes mexicanos; propiedad particular de los conquistadores españoles; asiento en seguida de los gobiernos de éstos, vino a ser de nuevo palacio imperial bajo el cetro de Agustín de Iturbide y mansión de las autoridades de la República en la última época".
Además, el doctor Marroqui a finales del siglo XIX escribió: "Los virreyes han cedido su lugar a los presidentes; los togados, rodeados de tanto respeto y autoridad, han dejado de transitar por unas escaleras donde los esperaban largas filas de litigantes que les manifestaban su veneración haciendo prueba de la flexibilidad de sus columnas vertebrales y en su lugar las frecuentan diputados y senadores, que aunque ejercen un poder más elevado no son tratados con igual acatamiento. Todo ha variado: las localidades, los nombres, las personas; quizá habremos llegado al término de las mutaciones y afirmándose el sistema político, no tendremos materia para nuevos artículos de Almanaque en los años sucesivos, refiriendo las mutaciones que tenga que sufrir este edificio en consecuencia de las autoridades que lo habiten".
Pero como dice el poema de Rafael Alberti: "Se equivocó la paloma/ se equivocabaÉ".
EXTRANJEROS
LO HABITARON
En el lugar por excelencia de la historia de México vivieron 67 extranjeros. Además de Cortés y su hijo Martín, los 63 virreyes de la Nueva España, durante unos días Maximiliano de Habsburgo (mientras acondicionaban el Castillo de Chapultepec) y durante nueve meses el general estadunidense Winfield Scott, con todo y la bandera de las barras y las estrellasÉ hasta que inevitablemente nos robaron territorio, se resolvió el asunto y el general José Joaquín Herrera tomó posesión de la Presidencia, pero trasladó su gobierno a Mixcoac, en tanto salían las tropas norteamericanas.
Curiosamente, con los invasores llegados del otro lado del Bravo no operó la maldición, y lo más que se llevaron fue el desprecio, mediante el apodo de "gringos", surgido de una canción que entonaban, según don Antonio del Valle Arizpe: "Los envanecidos vencedores iban por calles y plazas cantando esta canción; jamás se les caía de los labios la infeliz tonadilla. Green grow the bushes (lo que en su idioma significa: "crecen los arbustos verdes"), decían las primeras palabras; por lo que la gente de la ciudad, al oír repetir tanto y a todas horas esa abominable canción de green grow, llamó gringos a los norteamericanos, haciendo de las dos expresiones una sola, que pronunciaban a su manera. Esta es la versión de la palabra despectiva".
Pero decíamos que en el añejo Palacio Nacional habitaron, además, aproximadamente 50 Presidentes o encargados del Poder Ejecutivo y despachó la mayoría de los mandatarios mexicanos. Historias de muchos sinsabores se escribieron entre sus muros horadados, constantemente, por las balas de arcabuces españoles, de fusiles franceses, estadunidenses y revolucionarios, por los cañonazos procedentes de la Ciudadela o ennegrecidos por las quemazones en las revueltas populares.
Por aquellos rumbos nunca ha habido tranquilidad. Por ejemplo, cuando al grito de "¡Muera el Virrey y el corregidor!" los rebeldes indios quemaron el palacio en 1692, don Carlos de Sigüenza y Góngora escribió: "Como eran tantos los que en esto andaban y la materia tan bien dispuesta, entrando los oficios de los escribanos de provincia, que también ardían, no hubo puerta ni ventana baja en todo palacio, así por la fachada principal que cae a la plaza como por la otra que corresponde a la Plazuela del Volador, donde está el patio del tribunal de cuentas y en ellos oficios de gobierno, juzgado general de los indios y la capilla real, en que no hubiese fuego".


Hubo sus remansos, como los de 1708 y 1711, cuando se estrenaron el palacio virreinal dos obras musicales: El Rodrigo y La Parténope, ambas de Manuel Sumaya
Pero en general, el jaleo ha sido la tónica. Durante la Decena Trágica, el general Mondragón disparó el primer cañonazo, e hizo blanco, contra la puerta de Palacio.
A lo mejor no es maldición, sino destino, pero lo cierto es que quienes han ejercido los mandatos han sufrido la gota gorda, mientras que muchos que quisieron gobernar México también quedaron marcados. Las muestras son múltiples y variadas.
A todos los caudillos que por ahí pasaron, así fuera sólo de visita, los asesinaron: Madero, Carranza, Zapata, Villa y Alvaro Obregón.