• Matemáticos reconocidos poco conocidos

    Karl Weierstraß
    (1815 - 1897)

    Maestro de Cantor, Runge,  Schwarz  y de toda una generación de matemáticos alemanes, Weierstrass es el responsable de uno de los métodos más efectivos en Cálculo: el método épsilon (nombrado así pues su notación utiliza la letra griega ε). Gracias a este método se pudieron probar varios teoremas fundamentales para el fundamento de la matemática infinitesimal lo que a la postre permitió varios de los desarrollos tecnológicos de la actualidad.

    Nacido en Ostenfelde, Westphalia (ahora parte de Alemania) , en 1828, al establecerse su familia en Paderborn, ingresó al Gimnasio Católico (institución equivalente a la educación media superior) y paso mucho de su tiempo leyendo el Journal of Pure and Applied Mathematics,  que era la revista matemática líder en Europa.  

    Mientras era profesor en el Instituto Industrial de Berlín, Weierstrass desarrollo una de las más grandes ideas matemáticas hasta el momento.  En su “Introducción al Análisis” druante los años 1859-1860, dio al mundo una rigurosa metodología para que los matemáticos trabajaran con la noción de secuencias infinitas o series que alcanzaban un límite. 

    Hasta ese momento, mucho del desarrollo del cálculo Newtoniano se basaba en ideas, nociones que se sabían verdad pero no se habían demostrado rigurosamente. El concepto de “límite infinito” aplicado a variables fijas, como en la expresión “n tiende a infinito” no se sabía realmente su significado formal.  El método épsilon resolvió esto.

    Weierstrass razonó: En lugar de que el límite estuviera definido para n como el proceso de alcanzar el infinito, por qué no definimos una secuencia infinita que tenga un límite si para cualquier épsilon  ε, siempre puedes encontrar un entero n tal que para todos los enteros m>=n, el emésimo término de la secuencia siempre estuviera a ε del límite.

    Entre los conceptos que gracias al método épsilon se pudieron formalizar se encuentran:
    + El concepto de continuidad , pieza clave para el desarrollo de la ciencia
    + El teorema de Weierstraß que trata sobre máximos y mínimos locales, y
    + Teorema de Bolzano-Weierstrass , otra pieza fundamental en la construcción de los ladrillos fundamentales del cálculo: los números Reales.

    Mucho le debe la humanidad a este gigante Alemán de las matemáticas.

  • Pol Pot, anatomía de una pesadilla



    Prólogo

    Las nuevas llegaron a Ieng Sary en Hanoi después de las 10:00 A.M.

    Un mensajero arribó con un telegrama cifrado, transmitido en código morse, desde el cuartel general del Khmer Rojo, al noroeste de Phnom Penh. Cuando las primeras palabras fueron decodificadas, Sary telefoneó a la oficina del Comité Central del Partido de los Trabajadores Vietnamitas y pidió ser puesto en contacto con Le Due Tho, miembro de la Comisión Política que el año previo había compartido el Premio Nobel de la Paz con Henry Kissinger, por terminar con la guerra en Vietnam. Tho tenía la responsabilidad última en las relaciones con los comunistas camboyanos.

    "Hemos tomado Phnom Penh", anunció orgulloso.

    Un cuarto de siglo más tarde, Sary aún se dolía con la memoria de la respuesta del líder vietnamita. "¡Ten cuidado de no ser confundido con falsos informes!", dijo Tho ácidamente. "Recuerda lo que pasó cuando nos dijiste que Takeo había caído" - una referencia a una conversación que habían tenido una semana antes, cuando Sary le informó, prematuramente, que una ciudad al sur de la capital se había rendido.

    Ieng Sary era uno de los 6 miembros de la Comisión Política del Partido Comunista Camboyano (PCC), el liderazgo supremo del Khmer Rojo. Tenía 50 años y era calvo, con una incipiente barriga. Un hombre oblicuo y manipulador, más astuto que inteligente, su suave y amplia frente, piel pálida y su ancestro parcialmente chino le daba un asombroso parecido a un miembro ultra-izquierdista de la Comisión Política del PC chino llamado Yao Wenyuan, uno de los integrantes de la denominada "Pandilla de los Cuatro", liderados por la viuda de Mao Zedong, Jiang Qing. Sary era capaz de una singular aptitud para la venganza, pero también de una gran lealtad a sus subordinados más útiles, quienes le pagaban con una devoción eterna. Él ocultaba su insinceridad tras una calculada habilidad para parecer simpático.

    Un embajador británico que, muchos años después, atendió un almuerzo con Sary y su esposa Khieu Thirith, comparó la experiencia a tener un té con Rosemary West y su marido, dos sanguinarios sádicos sexuales cuyos nombres se transformaron en Gran Bretaña en el epítome de la perversión más macabra.

    Pero eso era un disgusto provocado por el paso del tiempo, en una época en que la imagen de los líderes del Khmer Rojo se había vuelto inseparable de las abominaciones que su régimen había cometido. A comienzos de 1970, durante la heroica era del comunismo indochino, Sary y sus camaradas estaban montados sobre la ola del futuro, simbolizando para los radicales del mundo, y para millones de simpatizantes en Occidente, la esperanza de un mundo más democrático y justo.

    El malestar de Sary fue breve. Unas pocas horas más tarde, Tho arribó en persona, lleno de sonrisas, acompañado por ayudantes acarreando enormes ramos de flores - con una solicitud, deslizada hábilmente entre las congratulaciones del liderazgo Vietnamita: que las nuevas autoridades camboyanas permitieran el paso libre a través de su territorio, a las tropas Vietnamitas rumbo al sur, para la ofensiva final contra el régimen pro-Estadounidense en Saigon.

    La solicitud fue aceptada. Aquel día, el 17 de abril de 1975, los Khmer Rojos podían permitirse el ser generosos, mientras saboreaban un triunfo que era aún más gratificante porque había sido logrado antes que sus despectivos aliados vietnamitas.

    Ellos habían capturado a Phnom Penh, como nunca se cansarían de repetirlo, sin ayuda externa. Los funcionarios estadounidenses aseguraron que el asalto final sobre la capital camboyana había sido liderado por unidades regulares vietnamitas, respaldadas por artillería pesada, pero, como mucho de lo que los estadounidenses decían en aquella época, era mentira. Ninguna unidad principal vietnamita combatía en Camboya desde 1973.

    EEUU había arrojado más de 500 mil toneladas de bombas sobre las bases de la resistencia camboyana, y había gastado cientos de millones de dólares respaldando al corrupto e incompetente régimen anticomunista del Mariscal Lon Nol, quien había arrebatado el poder en 1970 al gobernante hereditario del país, el Príncipe Sihanouk. Pero no había resultado. Los Khmer Rojos se decían a sí mismos - orgullosamente - que sus tropas campesinas, sin educación, habían derrotado todo lo que el más poderoso poder militar en la tierra había podido arrojar contra ellos.

    La soberbia es un molesto mal en todo despotismo, en cualquier parte del mundo. Años después, los funcionarios del Khmer Rojo, incluyendo al mismo Ieng Sary, al contemplar las ruinas de la visión utópica a la que habían dedicado sus vidas, argumentarían que la misma velocidad de su victoria en 1975, habían plantado las semillas de su propia destrucción. Como un jefe de aldea Khmer Rojo lo planteó: "El tren iba demasiado rápido y no había quien pudiera hacerlo torcer rumbo".

    Pero aunque que esto sea cierto en cierto grado, tal razonamiento es auto-justificativo. Hubo muchas causas para la tremenda tragedia que cayó sobre Camboya en el ultimo cuarto del siglo XX, y demasiados actores sobre los cuales la responsabilidad debería ser compartida. El exceso de confianza de los nuevos lideres del país, sobre todo de su principal líder, el hombre que se transformaría en Pol Pot, fue sólo un elemento entre muchos y, en la época de la victoria del Khmer Rojo, fue genialmente ocultado.

    Pasaría otro año completo antes que la secreta figura que había guiado a los comunistas camboyanos a la victoria, emergería de la clandestinidad y tomaría el nombre por el cual sus compatriotas - y el resto del mundo - lo recordarían.

    Incluso en aquel entonces lo hizo a regañadientes. Por dos décadas había operado bajo múltiples alias: Pouk, Hay, 87, Gran Tío, Hermano Mayor, Primer Hermano - para continuar años más tarde como 99 y Phem. "Es bueno cambiar tu nombre", dijo una vez a uno de sus secretarios. "Mientras más te cambias de nombre, mejor. Confunde al enemigo". Luego añadió, en una frase que se transformaría en un mantra del Khmer Rojo: "si preservas el secreto, media batalla ya esta ganada". El arquitecto de la pesadilla camboyana no era un hombre que le gustara trabajar a campo abierto.

    Durante los 5 años de guerra civil que enfrentó a los comunistas con el gobierno de derecha de Lon Nol, la mayoría de la gente, tanto dentro del país como fuera, estaban convencidos que el movimiento era liderado por Khieu Samphan, un intelectual de izquierda con una reputación de incorruptibilidad, quien había ganado un amplio respaldo popular como campeón de la justicia social, en la época cuando Sihanouk estaba aún en el poder. Él se había unido a la guerrilla en 1967 y - tras el derribo del Príncipe tres años más tarde - se transformó en el principal portavoz del Khmer Rojo. Como Ministro de Defensa nominal y Comandante en Jefe del Ejército de la Resistencia, Samphan viajó a Beijing para reunirse con Mao. Él leía los comunicados detallando el progreso de la guerra, y en 1973, cuando Sihanouk - habiendo concluido una improbable alianza con sus ex-enemigos comunistas - visitó las "zonas liberadas", Samphan actuó como anfitrión.

    Pero esto sólo era una cortina de humo. El poder yacía en las manos de otros, cuyos nombres eran desconocidos fuera del círculo interno del propio liderazgo comunista.

    Nuon Chea, por ejemplo, había llamado la atención del gobierno colonial en 1950 como un miembro del movimiento Issarak, peleando por la independencia contra los Franceses, quienes habían establecido un protectorado sobre Camboya casi un siglo atrás. Pero en aquellos días él era llamado Long Rith. Nunca nadie hizo la conexión entre Rith y un distinguido comerciante Khmer - empleado por una casa comercial chino-camboyana - que viajaba por todo el país en las décadas de 1950 y 1960, ostensiblemente vendiendo materiales de construcción. Y mucho menos nadie, ni el gobierno de Sihanouk ni el de Lon Nol, identificaron a "Nuon" como el segundo al mando del Khmer Rojo.

    ¿Y quién había escuchado de Saloth Sar, quien en 1971 había sido nombrado simplemente como uno más entre 90 "intelectuales patrióticos", unidos a la causa revolucionaria?

    Un profesor con ese nombre había frecuentado "círculos progresivos" y había llamado la atención de la policía de Phnom Penh 20 años atrás, y subsecuentemente figuraba en una lista negra de supuestos subversivos. Pero no había nada que sugiriera que el era algo más que otro maestro decepcionado del gobierno. Incluso cuando el nombre de Sar brotó de nuevo en 1972, como Jefe del Directorio Militar del Frente del ejército guerrillero - entre paréntesis junto al de Nuon Chea, el Jefe del Directorio Político - se presumió que eran solo dos entre tantas figuras secundarias, mas o menos anónimas, de la opaca jerarquía del Khmer Rojo. Durante la visita de Sihanouk a las áreas en poder de la resistencia, las fotografiás muestras a Sar sentado como un simple cuadro mas, a un lado, inclinado atentamente hacia adelante, escuchando a las estrellas de la ocasión, Khieu Samphan y otro ex-parlamentario - Hu Nim - exponiendo ante su fascinado visitante real las perspectivas de la cercana victoria. En otras fotografías, Sar es apenas visible, en segunda fila, durante una representación teatral o en los extremos más lejanos de un grupo de bienvenida.

    Como un director hollywoodense haciendo una fugaz aparición de incógnito en una de sus propias películas, Saloth Sar, el ex-profesor de escuela, se deleitaba en aparecer como lo que no era - un rostro sin nombre en la muchedumbre, a quien cualquiera miraba, pero nadie recordaba. 10 años antes le había dicho a un seguidor:

    "El enemigo nos busca... por todos lados. Son como vendedores de fideos desmenuzando puerco. Desmenuzan desde arriba y los lados. El enemigo está tratando de desmenuzarnos, pero nos pierden el rastro (no logran hacerlo)... Eso significa que el enemigo es débil. El enemigo debe perder y nosotros debemos ganar".

    Recordó - con su característica y gentil sonrisa - que la policía de Sihanouk, durante los años 50: "sabía quién era yo; pero no sabía qué era yo".

    A medida que las fuerzas del Khmer Rojo avanzaban hacia la victoria en abril de 1975, aquella fanfarronada aún era válida. En todo el país, probablemente menos de 200 camboyanos - miembros del Comité Central del PC Camboyano, comandantes de división y sus lugartenientes, cuadros de confianza y ordenanzas personales, incluyendo su doctor y sus guardaespaldas tribales - sabia que era Sar, e incluso entonces, en la mayoría de los casos, no bajo su nombre. Uno de los agentes secretos de Lon Nol se acerco a Sar en 1974, pero no se dio cuenta de su importancia. La CIA sabia que existía pero fracaso en conectarlo con el misterioso "Pol", a quien la agencia había identificado como lider del movimiento comunista Khmer. Era difícilmente sorprendente que algunos cuadros medios dentro del propio PCC permanecieran ignorantes de la identidad de su líder hasta casi 2 años después de la victoria comunista.

    El 17 de abril de 1975, Saloth Sar estaba en el cuartel general de vanguardia del Comite Central del PCC, una franja de espesa jungla agujereada por cráteres de bomba de los B-52s, cerca de una miserable aldea llamada Sdok Toel, al sur de la antigua capital real Camboyana, Oudong. Las condiciones eran espartanas. Los cuadros vivían en chozas de bambú con techos de hojas de palma, construidas sobre troncos y abiertas a los elementos por los cuatro costados. La choza de Sar estaba bajo las amplias ramas de un árbol banyan, cuyas anchas hojas verde oscuro proporcionaban protección contra reconocimientos aéreos. No tenía muebles ni cama, sólo una estera para dormir sobre el piso. Una segunda choza, treinta yardas mas lejos, era ocupada por Khieu Samphan.

    Aquel día, mientras la radio crepitaba trayendo noticias de la recientemente "liberada" Phnom Penh, ellos recién habían almorzado al mediodía. Fue una ocasión de bajo perfil, comedida, "totalmente diferente del modo que habría sido en Occidente", recordó Samphan. "Evitábamos mostrar nuestros sentimientos... No queríamos felicitarlo. Simplemente dijo que había sido una gran victoria que el pueblo camboyano había ganado solo. Eso fue todo". Un guardaespaldas confirmó dicho relato. "No hubo nada especial", recordó. "Fue como cualquier otro día".

    Unas pocas semanas después, la mesura daría paso al apocalipsis.

    El 17 de abril se transformó en el día que "2.000 años de historia camboyana terminaron" y los camboyanos comenzaron a construir un futuro "más glorioso que Angkor", cuyos reyes, en la cúspide de su poder en el siglo XIII, habían reinado sobre un imperio que abarcaba desde Malasia hasta Laos, desde Vietnam hasta Burma. El nuevo régimen revertiría la larga decadencia que se había extendido desde entonces. Construiría socialismo "sin tomar como referencia ningún modelo existente", dijo Ieng Sary a un periodista. El PCC lideraría Camboya a lo largo de caminos donde "ningún país en la historia había transitado nunca antes".

    Seria imposible, así como inútil, tratar de encontrar el momento justo en el cual empezó el descenso de Camboya a la locura. Como un vampiro medieval, creció de una mescolanza de causas e ideas diferentes. Pero uno puede preguntarse con justicia en que punto la pesadilla se volvió irreversible. En otoño de 1974, cuando fue tomada la decisión de evacuar Phnom Penh? O el 19 de abril de 1975 - dos días después de la caída de Phnom Penh - cuando Sar expuso por vez primera a la Comisión Política, la engañosamente simple línea de una nueva política que deseaba crear: "construir y defender"? O en enero de 1976, cuando el Comité Central del PCC aprobó formalmente la abolición del dinero?

    La respuesta mas plausible es ninguna de estas, sino una conferencia de trabajo del liderazgo, cuyo secreto estuvo tan estrechamente guardado que por un cuarto de siglo después, nadie fuera de 20 o más participantes sabía que había tenido lugar.

    Los líderes del Khmer Rojo se reunieron en mayo de 1975 en la Pagoda Plateada, el más sagrado de los santuarios Budistas dentro del Palacio Real en Phnom Penh, en una época cuando el régimen aún estaba evaluando su futuro curso. Una nueva moneda había sido impresa, pero debería circular o debería suspenderse su circulación? La capital había sido evacuada, pero debía permanecer vacía permanentemente o sólo por un tiempo? ¿Qué papel se le asignaría al Príncipe Sihanouk, aún en el exilio en Beijing? ¡Qué políticas deberían ser adoptadas para enfrentar las perceptibles amenazas de los vecinos más grandes y poderosos de Camboya, Tailandia y, sobre todo, Vietnam?

    La pagoda, construida a inicios del siglo por el bisabuelo de Sihanouk, el Rey Norodom, es más poderosa en simbolismo que antigüedad. Su empinado y pulido techo, cubierto con tejas doradas y verdes, con vigas doradas elaboradamente talladas y coronadas con espigadas puntas, es el epitome de la tradición Khmer. Pero el denominado Buda Esmeralda - en su salón central - fue manufacturado por el artista Frances Lalique; y su base de piedra, cubierta de mármol Italiano. La incongruente veranda, ornamentada con falsas columnas Griegas, fueron añadidas 1960. Allí, los líderes de la nueva Camboya durmieron, a campo abierto, como escolares en un campamento de verano, sobre camastros de hierro, con listones de madera traídos de un hospital cercano. El hecho que ahora ellos eran quienes tenían el poder, parecía no haber cambiado nada. En sus mentes, aún eran guerrilleros combatiendo una guerra en la jungla.

    Sólo Saloth Sar escogió dormir en otro lado. Sus ordenanzas hicieron una cama para él, con una red contra mosquitos, sobre la plataforma al centro del santuario, normalmente ocupado por estatuas de Buda.

    Los templos Budistas camboyanos raramente inspiran asombro y exaltación, como las grandes catedrales Cristianas lo hacen. Con adoradores ausentes, la Pagoda Plateada es un lugar ordinario. Pero es suelo sagrado. Sihanouk vivió allí como un monje durante su año de ordenación en 1947, cuando la divinidad de su sangre era ritualmente afirmada. En el patio central, se yerguen cuatro stupas blancas, delicadamente talladas y elevadas, conteniendo las cenizas de los reyes muertos. Una colina artificial simboliza el Monte Kailash, el Paraíso Budista. El círculo interior de muros está rodeado por una galería cubierta, de 600 yardas de longitud, decorada con frescos describiendo el Reamker, la versión Khmer del Ramayana, una trágica épica de guerra entre las fuerzas del bien y el mal. Un ex-profesor les explicó a Samphan - y a algunos de los otros líderes - el significado de las diferentes escenas en los cuadros, las cuales son más crueles y más violentas que el original Indio.

    La elección de Sar donde dormir, reveló más de lo que él sabía. En ningún lugar de la capital camboyana, las memorias de las glorias pasadas y las visiones de las grandezas futuras se funden con mayor facilidad. Ningún líder camboyano, sin importar cuán determinado esté a purgar el pasado, puede pasar sus días en un lugar tan saturado de identidad nacional, y permanecer insensible a la morada de la historia y el legado de la raza Khmer.

    En este ambiente surrealista, los árbitros de la revolución más radical del mundo tomaron la fatídica decisión, tras 10 días de discusión, de desbandar el denominado frente unido conformado con los seguidores de Sihanouk y otros grupos no-comunistas, que los habían ayudado a ganar el poder; sacrificar las relativamente moderadas políticas que tal alianza implicaba; y en vez de eso, efectuar el salto - el "extremadamente maravilloso, extremadamente asombroso, prodigioso salto", como la expresión Khmer lo define - de instalar, de un solo golpe, el comunismo total, sin compromisos ni concesiones. La suerte había sido echada.

    Mientras Sar soñaba sus terribles - y terriblemente engañosos - sueños, el pueblo camboyano miró hacia el alucinante golfo entre la visión y la realidad.

    Los habitantes de Phnom Penh, así como muchos de los intelectuales urbanos que se habían unido a la causa del Khmer Rojo, habían esperado que el fin de la guerra traería el retorno a la normalidad. Revolución, si - pero paz y una vida civilizada también.

    Thiounn Thioeunn, el Ministro de Salud del Khmer Rojo, y su esposa, Mala, eran herederos de dos de las más ricas familias aristocráticas de Camboya. Mala gustaba de decir - sólo a medias en broma: "nadie poseía más que nosotros, excepto posiblemente el Rey". Ellos detestaban a Sihanouk, a quien veían como un despreciable playboy. Su deserción hacia los Khmer Rojos cuatro años antes, habría sido el equivalente - en términos camboyanos - como si una pareja Kennedy se hubiera unido a las filas de al-Qaida. Sar había dejado claro para todos que la familia contaba con su protección personal. Thioeunn eran un hombre caprichoso, casi sobrenatural, cuya vida giraba en torno a su trabajo como cirujano. Había nombrado a su hija mayor Genevieve, por el automóvil que era la heroína epónima de un musical de los 50s, protagonizado por Kenneth More y Kay Kendall. El día que Phnom Penh cayó, Genevieve estaba sirviendo como enfermera en un hospital militar de campaña, no lejos del cuartel general en Sdok Toel. "Todos celebramos", recordó. "Todo el mundo comenzó a hablar de lo que haríamos cuando viéramos a nuestros familiares de nuevo, y como, ahora que la guerra había terminado, habría reconciliación nacional". Mala, con los pies mas en la tierra, pensó en sus ancianos padres: "me dije a mí misma, les haré un gran pastel, con montones de ron en él, y lo disfrutaremos juntos".

    Para cuando se le permitió a los Thiounn volver a la ciudad, 10 días después, Phnom Penh ya era un lugar de desolación, y el ron era la última cosa en sus mentes. En vez de retornar a la casa de su familia, una inmensa mansión de estilo colonial cerca del palacio, fueron llevados a un edificio de departamentos tipo barracas, en el ex-Hospital de la Amistad Khmer-Sovietica, donde encontraron que el director político del Khmer Rojo había ordenado que todas las camas y sillas desaparecieran. "El lujo envenena la mente", les dijo.

    A pesar del alto rango de Thioeunn y su privilegiada relación con Sar, Mala sólo pudo ver a sus padres una vez, meses más tarde - por unas pocas horas - en una pequeña ciudad de provincia. Tiempo después, ambos murieron de hambre.

    Durante finales de la primavera e inicios de verano en 1975, las columnas de evacuados continuaron deambulando por el país. El colega de Khieu Samphan, Hou Yuon, cuyo modo frontal de expresarse había comenzado a enfadar a la alta jerarquía, observó una procesión interminable de habitantes urbanos desplazándose trabajosamente a lo largo de la bombardeada ciudad de Skoun, 50 millas al noreste de Phnom Penh, a comienzos de Mayo. La visión de las fogatas, ardiendo en la oscuridad del camino, lo horrorizaron. "Aquella gente estaba virtualmente destruida", le dijo a Nuon Chea mas tarde. "No es normal, no es razonable, evacuar a todos de esa manera. Lo que la Comisión Política ha hecho es incorrecto".

    Dos meses mas tarde, el pueblo camboyano aun seguía en ruta. Un intérprete chino recordó las "largas líneas, cargando sacos de pertenencias e útiles de cocina" rumbo al sur, hacia el puerto de Kompong Som, en Julio. El hambre ya había aparecido; luego seguiría la hambruna. La violencia era al mismo tiempo caótica y sistemática. El asesinato se había transformado en rutina, la herramienta administrativa de primera instancia. Todo aquel que hubiera tenido una alta posición en el caído régimen pro-estadounidense de Lon Nol, oficiales con el rango de teniente para arriba, altos funcionarios civiles y policías, arriesgaban la muerte. Lo mismo para quienes no lograban encajar en el esquema de cosas según el Khmer Rojo.

    Los expertos chinos en ayuda humanitaria, que habían conocido Phnom Penh en épocas anteriores, y ahora retornaban para proporcionar "asistencia fraterna" al nuevo gobierno comunista, encontraron la ciudad irreconocible. "Las calles estaban vacías", informó el interprete. "No vimos a nadie. Algunas de las puertas de las casas estaban con candado; otras estaban abiertas de par en par. En las fábricas y ministerios todos vestían de negro. Todos tenían sandalias hechas de neumáticos, y una bufanda cuadriculada - una krama. Tratábamos de iniciar una conversación con ellos... Pero todo lo que brotaba de sus bocas era pura propaganda".

    Para los estudiantes camboyanos que retornaban del exterior fue infinitamente más enervante:

    "Lo que vi fue algo mas allá de toda imaginación (escribió un retornado). La gente (que nos recibió) en el aeropuerto no eran como seres humanos. Podrías haber pensado que eran objetos, autómatas de otro planeta. Pertenecían a una raza que era indefinible, neutra, fantasmas envueltos en oscuridad de algún lugar muy lejano. Físicamente, se parecían a mi, iguales al resto de nosotros... Su apariencia era asiática, camboyana. Pero era sólo apariencia. En cualquier otro sentido, no había nada en común con nosotros... (Cuando éramos llevados a la ciudad) ninguno de nosotros dijo una palabra... ¿Era esto, entonces, la nueva Camboya, la nueva sociedad de equidad y justicia, sin ricos ni pobres? ¿Era esto la revolución?".

    Durante los tres siguientes años, un millón y medio de personas, de una población de 7 millones, sería sacrificada durante la construcción de las ideas de Saloth Sar. Una importante minoría fue ejecutada; el resto murió de enfermedades, exceso de trabajo y hambre.

    Ningún otro país ha perdido una proporción tan grande de ciudadanos, en una hecatombe única, políticamente inspirada, provocada por sus propios líderes.

    Es fácil, pero sin sentido, el condenar a Pol Pot y sus seguidores como Nazis o Maoistas, trayendo una pesadilla de ideas extrañas imperfectamente comprendidas, sobre una tierra supuestamente gentil y serena. Es comprensible, pero no ayuda en nada, hablar de genocidio: la palabra conlleva la magnitud del horror de lo que sucedió en Camboya pero permite que el régimen de Pol Pot sea subestimado, demasiado convenientemente, como una aberración única. Tales términos crean una amalgama perniciosa, obscureciendo una realidad que fue al mismo tiempo más banal y mucho más siniestra.

    La brutal escala de la muerte en "Kampuchea Democrática", como la Camboya del Khmer Rojo fue oficialmente reconocida, es parte de su macabra fascinación. Pero más allá de las estadísticas de la crueldad humana, yacen asuntos más preocupantes.

    Por qué tantos intelectuales camboyanos respaldaron un movimiento que resultó ser tan espantoso? ¿Por qué tantos ex-cuadros del Khmer Rojo, gente educada, racional, incluso con familiares asesinados por el régimen de Pol Pot, aún mantienen que fue un gran patriota, cuyos méritos sobrepasan sus fallas? ¿Por qué la revolución del Khmer Rojo llegó a tan implacables e insoportables extremos? Los regímenes comunistas en otros lados han buscado nivelar las disparidades de ingresos; hacer de la ley un instrumento de política; monopolizar la prensa; limitar el movimiento del campo a las ciudades; y controlar los vínculos postales y telefónicos con el resto del mundo. Pero los camboyanos escogieron soluciones más radicales y más demenciales. Dinero, tribunales, diarios, correos y telecomunicaciones - incluso el concepto de ciudad - fueron todos simplemente abolidos. Los derechos individuales no fueron eliminados en favor de los colectivos, sino extinguidos todos juntos. La creatividad individual, la iniciativa, la originalidad fueron condenadas per se. La conciencia individual fue sistemáticamente demolida.

    No hay respuesta clara para tales preguntas, y al grado que dichas respuestas existen, éstas ofrecen escaso consuelo - para camboyanos y extranjeros por igual.

    18 meses después de la muerte de Pol Pot en 1998, cuando los últimos de sus ejércitos guerrilleros habían abandonado sus armas y la paz había retornado a Camboya, después de tres décadas de guerra, una muchacha de 17 años se sentó en una tienda, en uno de los mercados de Phnom Penh, y ordenó una sopa de arroz para ella y su sobrina de 3 años. Una mujer bien vestida, acompañada de varios guardaespaldas, apareció por detrás de ella, la agarraron del pelo y la empujaron al suelo, donde los hombres la patearon y golpearon hasta que se desvaneció. Dos guardias abrieron cuidadosamente un jarro de vidrio, conteniendo 3 litros de ácido nítrico, el cual vaciaron sobre la cabeza y el torso de la mujer. El dolor la hizo recuperar su conciencia y comenzó a gritar - salpicando con ácido a uno de los guardias, quienes huyeron en un auto esperando. La gente de una casa cercana la bañó en agua, pero para cuando llegó al hospital, ya tenía quemaduras de tercer grado sobre el 43% de su cuerpo.

    Tat Marina había sido una joven actriz asombrosamente hermosa, que trabajaba en videos de karaoke. El año previo había llamado la atención de un ministro de gobierno camboyano, Svay Sittha, quien la había seducido e instalado en un barato departamento, como su amante. El ataque fue llevado a cabo por la esposa de Sittha, Khoun Sophal, a quien una amiga estadounidense la describiría como "el espíritu más gentil que podrías imaginar; una persona verdaderamente encantadora".

    La joven sobrevivió, su cabeza y cuerpo de la cintura para arriba marcado por una enorme cicatriz. Sus atacantes nunca fueron interrogados, mucho menos acusados de ningún crimen.

    Decenas de adolescentes camboyanas son desfiguradas - y en muchos casos cegadas - en ataques con ácido, efectuados por esposas de ricos. Las ancianas camboyanas dicen que Tat Marina y chicas como ella "roban los maridos de otras mujeres" y tienen lo que merecen. Los hombres las tratan como objetos desechables, "como papel higiénico, para ser utilizado y botado a la basura".

    Las similitudes con las atrocidades del Khmer Rojo son asombrosas. Un modo para tratar de entender por qué los comunistas camboyanos actuaron como lo hicieron, es entrar en la mente de una mujer bien educada e inteligente, que se venga vertiendo ácido sobre la cabeza de una joven, observando cómo devora su cuerpo y toda esperanza de felicidad en su vida. ¿Qué puede ser más odioso que destruir el futuro de un joven? Los Khmer Rojos, al menos, podían argumentar que actuaban por una causa, no por maldad personal. Pero el resultado fue esencialmente el mismo. Fue la visión de Orwell sobre el futuro: "una bota para siempre aplastando un rostro humano".

    Durante cualquier suceso violento, sea una guerra o una revolución, gente inocente sufre. Los funcionarios estadounidenses hablan de "daño colateral"; los maoistas hablan de quebrar huevos para hacer una omelette. En la Kampuchea Democrática, el "daño colateral" no conoció fronteras. Todo lo que estuviera fuera de la "revolución" se transformó en un blanco legítimo y necesario.

    No fue simplemente que la vida no tuviera valor; el matar se transformó en un acto sin consecuencias. Un país entero fue puesto al servicio de un ideal distópico que renegó de todo lo que fuera humano. Y la pregunta que todos los camboyanos incesantemente demandan una respuesta es: ¿Por qué? ¿Por qué horrores así descendieron sobre nosotros? ¿Por qué tuvo que pasar esto aquí?

    La premisa no declarada es que los horrores llegaron desde afuera - de los bombardeos estadounidenses sobre las aldeas camboyanas a comienzos de los 70; del Maoismo; del estalinismo; del legado de la Revolución Francesa, trasmitido por los profesores coloniales; de las mentes viciosas y deformadas de un pequeño grupo de hombres perversos.

    Los camboyanos - no sólo el actual gobierno, dominado por ex-Khmer Rojos que no tienen interés alguno en remover el pasado - pero la nación como un todo, son extrañamente reluctantes a observar co mayor profundidad. Hacer eso requeriría un grado de auto-examen para el cual no están preparados y el cual, instintivamente, prefieren evitar. Hasta un grado que la gente quiere un juicio, cuya meta sea condenar a los peces grandes, los perpetradores - "ellos"; pero "no nosotros" - los peces pequeños.

    Nadie quiere hacer "sopa de camarones", como reza el dicho camboyano. Los camarones - los ladronzuelos y asesinos - abundan en toda aldea. El holocausto que consumió Camboya requirió de una tan enorme proporción de la población, que uno tiene que preguntarse cómo se habrían comportado las víctimas, si los papeles se hubieran invertido.

    La pregunta "¿Por qué?" debe ser replanteada.

    La pregunta principal es: ¿qué tiene la sociedad camboyana que permitió - y continúa permitiendo - que la gente dé su espalda a todo lo que ellos saben de gentileza y compasión, bondad y decencia; y cometa crueldades inenarrables, aparentemente sin conciencia de la magnitud de sus actos, y ciertamente sin ningún remordimiento? Es una pregunta que uno puede hacer, en mayor o menor medida, sobre los alemanes (y otros) durante la época de los Nazis; los ruandeses; los turcos (en Armenia); los serbios (en Bosnia); los bosnios (en Serbia); los israelíes en Palestina y los palestinos en Israel; sin mencionar todas las organizaciones terroristas que ocupan el alto piso moral, inspirados en el fundamentalismo islámico.

    La explicación no yace en alguna anormalidad cromosomática, alguna predisposición genética a la violencia, una "Curva de Bell" neuropática por parte de las naciones involucradas. Los camboyanos - o si es el caso - los ruandeses, no son biológicamente más predispuestos a la crueldad que los estadounidenses o los europeos occidentales. Las causas tienen sus raíces en la historia - que crea las condiciones para las naciones, para buscar remedios extremos a males percibidos; en geografía - que genera presiones que parecen justificarlas ("lebensraum", dijo Hitler - "supervivencia nacional", dijo Pol Pot); en cultura - que erige o falla en erigir prohibiciones morales o intelectuales contra ellos; en el sistema político y social - que permite o niega al individuo el derecho a actuar según sus propias luces.

    Sin embargo, el contexto no es todo. El mal es el mal.

    El individuo, cualquiera sea el contexto, tiene una responsabilidad personal. El mal, en este nivel, consiste en ignorar deliberadamente lo que uno sabe que es correcto. Mientras mas débil el código moral, mas fácil se vuelve hacer el mal. Jacques Vergues, un abogado radical Francés que, como un estudiante en los 50s, fue amigo de muchos de los futuros lideres comunistas camboyanos, sostiene que lo que distingue al hombre de los animales, es el crimen. La naturaleza, que no conoce ley humana, es salvaje. Sólo el hombre es criminal. O, para ponerlo en términos del Viejo Testamento, sólo el hombre es malvado. Cuando contemplamos lo que sucedió en Camboya, estamos mirando no alguna exótica historia de horror, sino la oscuridad, los lugares perversos de nuestras propias almas.

    Historia, cultura, geografía, política y millones de individuos han - todos - jugado su parte en la pesadilla camboyana, aunque en diferentes medidas. Lo mismo es cierto para todas las otras tragedias, lo cual explica el porque la particular agonía de un pequeño y distante país tiene un mayor significado, sobre el cual aquellos que crean políticas y guian la opinión publica, harían bien en ponderar. Eso es razón suficiente para contar la historia del hombre que se transformó en Pol Pot. Porque si hay una lección que valga la pena retener de las tribulaciones de la Guerra Fría y las miserias que trajo consigo, es la locura de buscar simples respuestas a tan complicadas preguntas. Es una lección que los gobiernos aún no muestran signos de aprender.[/SIZE]

    Pol Pot: Anatomy of a Nightmare
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