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Ver la Versión Completa : Venezuela : Palos a la democracia.


buffalo bill
08/09/06, 09:43:00
<center >http://img150.imageshack.us/img150/1425/palosdemocraciama3.jpg (http://imageshack.us)


JULIO DE 2005

Política y rayos catódicos
por Ibsen Martínez </center>


¿Cuál fue el papel de la televisión en la Venezuela democrática?, ¿qué tan decisivo fue para Chávez aparecer al aire, tras la derrota del golpe?, ¿cómo usa este medio para afianzar su poder?, ¿cuál será la consecuencia para la libertad de expresión de la "ley mordaza"? Martínez responde en este texto.

1. Los venezolanos vimos por vez primera a Hugo Chávez en cadena televisada y en horario estelar matutino.
Una burlona curiosidad por verle el rostro al tipo que había encabezado aquella sorpresiva sublevación militar cundió por todo el país en cuanto se supo que estaba ya cautivo del gobierno y que éste iba a mostrarlo, de un momento a otro, en cadena televisiva.
Dice mucho del agotamiento del pacto bipartidista que, desde 1958, gobernaba Venezuela la buena disposición hacia el golpista, que se apoderó de los televidentes muchísimo antes de que Chávez —cuyo nombre nadie, o casi nadie, había oído nunca— se dirigiese al país por televisión.
El alzamiento había logrado estremecer la autocomplacencia moral de los políticos que, desde el amanecer, desfilaban por los estudios de la televisión comercial denunciando la intentona con semblante consternado, entonación enfática y fraseo previsible.
En las urbanizaciones de clase media que circundan la base aérea "Francisco de Miranda", objeto de feroces combates desde la noche anterior, podía verse mucha gente apiñada en balcones y azoteas. Colas de autos se estacionaban en el hombrillo de los "tréboles" de autopista que ofrecían mejor vista sobre el campo de batalla.
Que decenas de civiles desarmados arriesgasen el pellejo con taimada y a la vez guasona excitación para ver un alzamiento militar desde el ring-side no era novedad alguna en América Latina. En la Argentina de los tempranos años sesenta, luego del derrocamiento de Arturo Frondizi, llegó a ser cosa de casi todos los días.
La rendición de Hugo Chávez fue lo único extraordinario que en aquellas horas los venezolanos vimos "en vivo", directo y con encendido virtualmente total.

2. La intentona golpista comenzó, sincronizadamente, en varias ciudades importantes del país, hacia la media noche del lunes 3 de febrero de 1992.
El plan contemplaba la detención del presidente Carlos Andrés Pérez en el Aeropuerto Internacional "Simón Bolívar", apenas el avión presidencial tomase tierra, de regreso de la reunión anual del Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza.
Nunca sabremos con certeza qué se los impidió, mas lo cierto es que la violenta acción golpista, desplegada al mismo tiempo en varios sitios de la capital, forzó una carrera en la alta noche cuando el bando insurrecto, tanto como el del presidente Pérez, se vieron de pronto empeñados en tratar de llegar primero que el otro a un estudio de televisión.
Los facciosos optaron por ocupar una instalación gubernamental: la vetusta Venezolana de Televisión (vtv, Canal 8), un canal de baja audiencia crónica. Fue una toma hasta la fecha inexplicablemente sangrienta y por completo fútil, pues nunca llegaron salir al aire los mensajes pregrabados con los que esperaban instigar a la población a sumarse al alzamiento.
Mientras tanto, el presidente Pérez, quien sólo por un tris había escapado vivo del asalto a la mansión presidencial, se había dirigido al palacio de gobierno, donde se vio de nuevo a punto de ser copado por tanquetas y paracaidistas rebeldes. En el último minuto logró burlar de nuevo el cerco y ganar la calle. Alcanzó a hacerlo casi al mismo tiempo que la tanqueta cuya imagen, captada por un equipo de cámaras independientes, dio la vuelta al mundo en la red cnn. Metáfora visiva de la ineptitud militar latinoamericana, la tanqueta sube la escalinata de un frontis neoclásico del palacio de Miraflores, resbalando una y otra vez sobre los peldaños de mármol mientras embiste, sin lograr derribarla, una verja de fierro.
Pérez ganó la carrera: su auto se encaminó desaladamente a las instalaciones del Canal 4 —propiedad de la Organización Cisneros— donde, desde la pequeña cabina del locutor de guardia, se dirigió al país para denunciar el golpe.
Pérez se cuidó de delatar dónde se hallaba. Su serenidad de curtido político, su continente presidencial y el modo verosímil en que hablaba de los mensajes de rechazo al golpe y de solidaridad hacia su gobierno, que según él acababa de recibir de parte de George Bush padre ¡y de un Fidel Castro "hondamente preocupado"!, llevaban a pensar que hablaba desde algún estudio improvisado en palacio.
Así, apenas pasada la una de la mañana, la televisión asestó un revés decisivo a la intentona de Chávez: aunque había sido correteado por toda Caracas por los rebeldes y hablaba desde la cabina de un canal privado, virtualmente Pérez seguía al mando y en palacio.

3. Asegurado ya el Palacio de Miraflores, y después de casi dieciocho horas de zozobra y confusión, al amanecer del martes, el gobierno aseguraba que la rebelión de los paracaidistas había sido sofocada en Maracaibo, Maracay y Valencia. En realidad, las cosas no pintaban tan bien.
Aunque las municiones rebeldes escaseaban y casi todos los grupos se habían rendido, se luchaba aún en la capital. La red radial de provincia insistía en hablar de focos todavía irreductibles. El día bien podría terminar sin que cesaran los combates y, con la general incertidumbre acerca de lo que ocurría en las guarniciones de provincia, se hacía imperioso que el jefe de los alzados —detenido ya, en efecto— se dirigiese al resto de los suyos y los intimase a la rendición.
Si, como sugiere Isaiah Berlin en un ensayo famoso, la filosofía de la historia tolstoiana tiene un ápice de verdad, entonces lo cierto es que la fatalidad se hizo presente cuando, contrariando órdenes muy claras, impartidas por Pérez —hombre avezado al poder de los medios—, de mostrar a Chávez despojado de insignias y esposado, su ministro de Defensa, excusándose en la premura del caso, prescindió de grabar previamente, tal como le ordenaron, la alocución del jefe insurrecto, que, en rigor, no estaba dirigida al país en pleno sino solamente a los sublevados.
En consecuencia, los militares pusieron ante las cámaras al joven oficial rebelde que todo el mundo ansiaba ver y escuchar. Chávez pronunció entonces la que quizá haya sido la alocución más corta en la moderna historia política venezolana. También la más productiva, electoralmente hablando.
Comenzó con un "Buenos días a todo el pueblo de Venezuela". Seguía un "mensaje bolivariano" a sus compañeros, imponiéndoles de que "lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital". Agradecía su lealtad, su valentía y su desprendimiento, y terminaba diciendo: "Ante el país y ante ustedes [sus compañeros], asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias."
Sólo 169 palabras, de las que la empobrecida e impaciente mayoría recordaba al día siguiente una sola frase, que los mentideros y la calle repetían sentenciosamente como un mantra: "por ahora..."

4. El cataclismo político que provocó aquella fugaz aparición de Chávez en la pantalla bastaría por sí solo para explicar la obsesión que lleva a Chávez a pretender someter los medios de prensa, en especial los radioeléctricos.
Ahora que lo conocemos mejor, sabemos que, aun sin mediar la reforzadora escena primitiva del "rendido-que-triunfa" en medio minuto de exposición mediática, la actitud de Chávez respecto de la libertad de expresión revela la misma esquizofrenia del izquierdista latinoamericano que, al tiempo que invoca proverbiales estudios de Mattelart o Bourdieu en apoyo de una mayor democratización del acceso a los medios, celebra que un canal estatal se ponga abusivamente al servicio de la facción política gobernante, cuyo rasgo más distintivo es el personalismo caudillista.
Y que se acose sin tregua, con leyes mordaza, con extorsiones tributarias e intimidaciones parajudiciales, a los medios privados, a los periodistas independientes y a los activistas de la oposición.
Las miles de horas de cadenas televisivas que, arbitrariamente y en innumerables ocasiones, Chávez ha impuesto a sus compatriotas para "contrarrestar" los mensajes de la televisión de la "oligarquía" y el Imperio, son congruentes con una concepción de la vida social según la cual el "máximo líder del proceso" es el único vocero de una política cuya meta declarada es lograr "la unidad de los venezolanos", a condición de que ésta se consolide únicamente en torno a Hugo Chávez y todo lo que él tenga a bien disponer.
La retórica de los hoy múltiples canales "estatales" venezolanos exalta, para contento de Ignacio Ramonet y sus epígonos latinoamericanos, las más parvas trivializaciones que pueda aportar el multiculturalismo académico estadounidense, al tiempo que difunde, sin excepción, todos los tópicos de lo que los franceses llaman "altermundismo".
A los figurantes de esos programas que se dicen "de contraflujo informativo" les gusta ufanarse de que hacen una televisión "alternativa y de gestión comunitaria". Sin embargo, la verdad es que la televisión pública venezolana —que debería estar al servicio de todos los ciudadanos, sin distingo político— se ha convertido en un aparato de agitación y propaganda gubernamentales, en el que Chávez tiene la responsabilidad agitativa, y sus paniaguados la de propagandistas.
Abundan en ella programas "de opinión y debate" en los que la opinión de los invitados siempre resulta unánime y, obsecuente e infaltablemente, coincide con la de Chávez. Favorece esa televisión "alternativa" un grotesco "humorismo" de paredón y estiércol, que diariamente halaga los peores reflejos de la intolerancia política. Hasta el irrisorio despropósito de una telenovela con nombre alusivo a un "programa social" del gobierno —Amores de barrio adentro— responde al designio de imponer un consenso favorable en torno a la persona de Chávez. Doy aquí a la palabra "consenso" el mismo sentido que emana de la penetrante observación que ha hecho el extraordinario productor de la tv pública estadounidense Bill Moyers.
Moyers es un acerbo crítico de la televisión en general, y la acusación mayor que tiene contra ella es que es una "fábrica de consensos", alcanzados, a menudo, gracias a la mentira descarada y al torpedeo inmisericorde de toda idea disidente y medianamente compleja.
"La televisión —afirma Moyers con conocimiento de causa, pues durante años produjo el noticiario de una de las grandes redes privadas estadounidenses— no es buen vehículo para el debate de ideas, en especial de ideas políticas. Lejos de lo que pueda pensarse, la tv es más bien un agente antidemocrático, pues sólo sabe obrar obnubilando al televidente, fragmentando la realidad para consumo interesadamente dirigido. Tal como ha sido utilizada hasta ahora en todo el planeta, la televisión no sabe ofrecer sino falsas y simplistas ideas de la realidad para construir consensos que, con frecuencia, sólo favorecen a una minoría privilegiada de la población."
En la tarea de componer y difundir los temas de un consenso en torno suyo, Chávez no ha escatimado los ingentes recursos de un petroestado populista.
Para empezar, él mismo se ha constituido, desde hace seis años, en "ancla" de un maratónico programa dominical que es la metáfora más apta de la vocación autoritaria y personalista del régimen: Aló, presidente, paroxismo del talk-show, pretende vindicarse como una rendición semanal de cuentas ante el pueblo, una advocación televisada de la "democracia directa" tan cara a los autócratas. Lo cierto es que ha estimulado con descaro, en cada comicio efectuado en el país, incluyendo el referéndum de 2004, las más desvergonzadas prácticas de ventajismo electoral.
Aló, presidente, merced al indudable carisma de su dicaz protagonista, demuestra cuán fácilmente la televisión pública puede convertirse en vehículo de la fulminación moral del adversario, del falseamiento interesado de la memoria histórica de un país y del uso calculado del resentimiento.

5. La otra "fábrica de consensos" ha sido la televisión privada. El más destructivo de esos consensos "por encargo" fue el consenso en contra de la política y los políticos.
Según Teodoro Petkoff, respetado político y editor venezolano, el fenómeno tendría en parte su origen en la retórica liberal que en los años noventa hizo del Estado "el enemigo principal" y, en consecuencia, también lo fueron los principales oficiantes del Estado: los políticos. Por extensión, la política. Y peor aún, todo lo político.
Para hablar con justicia, convendría advertir algo que Álvaro Vargas Llosa señala en su libro Rumbo a la libertad (Buenos Aires, Planeta, 2004): muchas de las reformas "neoliberales" que en América Latina se emprendieron en los años noventa no entrañaron, para buena parte de los políticos que las adoptaron, más que una gesticulación sin mayor compromiso programático.
Pero la clase política, encerrada en sus guetos, ayuna de ideas propias, desmoralizada por sus rutinarios yerros y su indecible corrupción, fue presa de un estupor que le impidió reaccionar contra el destazamiento moral de que fue objeto, casi sin excepciones, por medio de una prensa cuyos propietarios eran, a menudo, no sólo pésimos empresarios, sino beneficiarios del mismo clientelismo populista que fustigaban.
La radio y la televisión privadas, duele admitirlo, contribuyeron, sostenida y deliberadamente, al descrédito de la democracia y alentaron con ello la ilusión de una mesiánica salida de fuerza.

6. ¿En qué ambiente legal actúan los medios en Venezuela hoy día?
Una reforma ad hoc al Código Penal, aprobada a toda máquina por la Asamblea Nacional el año pasado, se aparta de la doctrina universal que prescribe despenalizar los llamados delitos contra el honor cuando el "agraviado" es un funcionario público. Esa ley mantiene imputados y sujetos a juicio a muchos periodistas venezolanos.
La reforma, cuyo articulado es deliberadamente vago, permite a un juez castigar discrecionalmente con multas y prisión de hasta quince meses cualquier cosa —una cacerolada, un artículo de prensa, un comentario exasperado en un programa de tv— que se interprete como difamación, desacato o irrespeto a la majestad de los cargos públicos y sus ocupantes.
So capa de velar por la salud mental de nuestros niños y adolescentes, ha sido aprobada también una ley "de responsabiliad social" de los medios radioléctricos, conocida como "ley mordaza". Diabólicamente ambigua y con penas desproporcionadas, la "ley mordaza" induce a los medios a la autocensura, pues nadie sabe a ciencia cierta si los chistes de la tv de trasnocho contra Chávez pueden traer consigo un citatorio. Socarronamente, la ley consolida la responsabilidad del medio, del entrevistador y de los invitados a un programa de opinión.
En consecuencia, los noticiarios y los programas de opinión privados han venido despidiendo a las figuras hasta ahora más irritantes para el régimen, "bajando el tono". Cada día más, optan por temas ecológicos, de salud, gastronomía, entretenimiento y estética femenina.
Las denuncias sobre todo tipo de violaciones a la libertad de expresión, y de acoso y agresiones contra medios y periodistas, presentadas por Human Rights Watch o Reporteros sin fronteras, no han sido desmentidas, sino tan sólo desechadas como tendenciosas por el gobierno de Chávez. Las medidas cautelares exigidas desde 2002 por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en pro de periodistas y medios amenazados han sido sistemáticamente ignoradas.
A cambio de todo esto, se ha anunciado una iniciativa a la medida del ego del máximo líder de la revolución continental y de los inagotables recursos de un petroestado: la creación de Tele Sur, una red televisiva de "contraflujo informativo", modelada, según sus directivos, por la red Al Yazeera. Venezuela posee el cincuenta por ciento de los intereses que teóricamente comparte con los gobiernos de Cuba, Uruguay y Argentina.
Pero el grueso de las erogaciones lo hace nuestro país: unos dos millones y medio de dólares para empezar. Los servicios informativos estarán a cargo nada menos que de la ecuánime y desprejuiciada agencia Prensa Latina. -


SOBRE EL AUTOR
Ibsen Martínez
(Caracas, 1951) es narrador, guionista y periodista. Es autor de El mono arrullador de los manglares (Grijalbo, 2000).

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buffalo bill
08/09/06, 11:31:00
<center>MARZO DE 2005

Chávez, el regreso de los caudillos
por Alberto Barrera Tyszka y Cristina Marcano
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El escritor Alberto Barrera Tyszka y la periodista Cristina Marcano están por publicar, en Random House Mondadori, una biografía de Hugo Chávez, donde documentan aspectos desconocidos de la vida del caudillo y sus ansias de poder. Presentamos un fragmento de este libro necesario.


Corría el año de 1999. Jesús Urdaneta todavía estaba alfrente de la Dirección de los Servicios de Inteligencia cuando el presidente Hugo Chávez le habló y le dijo: "ese viejo vagabundo me tiene harto, metiéndose conmigo. Encárgate de eso, ¿sí?" Se refería al sociólogo argentino Norberto Ceresole, a quien desde ese momento se le dieron 48 horas de plazo para abandonar el país. No era la primera vez que era forzado a salir de Venezuela. Cuatro años antes, el 14 de junio de 1995, durante el gobierno de Rafael Caldera, fue detenido por la policía política y expulsado del país. En aquel entonces fue acusado de asesorar a Hugo Chávez Frías. Paradójicamente, el mismo Chávez era el que sentía cuatro años después que su ex asesor le era incómodo. En muy poco tiempo, Ceresole pisaba de nuevo el aeropuerto de Maiquetía y era obligado a cruzar la frontera. Aunque el escenario había cambiado drásticamente, el motivo fue el mismo en ambos casos: injerencia en la política interna. Una vez a favor de Chávez, otra vez en su contra.
Norberto Ceresole contaba otra versión de lo ocurrido. Sostenía que en medio de su segunda expulsión se encontraba el tema judío: "el judaísmo me ataca y me destruye", afirmó. Sin duda alguna, no se trata de un personaje sencillo. En su historial destaca el estar ligado a la fracción de la "izquierda libertaria" del grupo Praxis en Argentina, en los años sesenta. Se sabe que poco después fue asesor del presidente peruano Juan Velazco Alvarado (1968-1975). En 1976 huyó a un exilio europeo. A su regreso, según informes de prensa, se vinculó con grupos de la derecha militar, como los "carapintadas". También vivió y trabajó en la Unión Soviética. Se le ha relacionado tanto con las dictaduras militares de su país como con distintos gobiernos árabes. Sus opiniones en más de una ocasión generaban conflictos. Por ejemplo: "Las madres de la Plaza de Mayo son la vanguardia de la acción del Estado de Israel, de la inteligencia de Israel, en América Latina".
Ceresole y Chávez se conocieron en Buenos Aires en el invierno de 1994. Los presentó una periodista argentina que trabajaba en la ciudad como corresponsal de un periódico mexicano. La empatía fue inmediata. Luego volvieron a encontrarse en Colombia y, a finales de 1994, en Venezuela. Hicieron juntos alguna gira por el interior del país, viajando en una camioneta destartalada. "Y vi actuar a Chávez, y vi actuar al pueblo con Chávez, la enorme adhesión popular que tenía. Estamos hablando de un Chávez sin un centavo. De un Chávez con lo puesto y sin equipo. Sin nada". De esos tiempos, se le atribuye a Norberto Ceresole haber sembrado en el ex golpista una teoría que, sustentándose en la unión del ejército y del pueblo en un movimiento cívico-militar, justifica la necesaria concentración del poder en un solo jerarca. Después del triunfo electoral, expresó esa misma tesis de esta manera: "La orden que emite el pueblo de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 es clara y terminante. Una persona física, y no una idea abstracta o un 'partido' genérico, fue 'delegada' —por ese pueblo— para ejercer un poder. [...] Hay entonces una orden social mayoritaria que transforma a un antiguo líder militar en un caudillo nacional".
Mucho se habló, durante aquel 1999, de la existencia de dos chavismos enfrentados: uno democrático, representado por la figura de José Vicente Rangel, y otro militarista, cuyo vocero principal habría sido Norberto Ceresole. Acusado, sin embargo, de neofascista, antisemita y loco, el sociólogo argentino terminó alejado del país. Murió en Buenos Aires en 2003. Aun así, en lo que aparenta ser su derrota, resulta bastante factible confirmar que algunas de sus propuestas calaron muy bien dentro del proceso venezolano y dentro del desarrollo personal de Hugo Chávez. En la fórmula del sociólogo argentino, publicada formalmente en Madrid en el año 2000, se establece que el caudillo garantiza el poder a través de un partido cívico-militar, que funge como intermediario entre la voluntad del líder y la masa. El modelo lleva el nombre de "posdemocracia" y destaca, entre sus valores, el mantenimiento de un poder concentrado, unificado y centralizado.
La historia venezolana representa un caldo de cultivo muy propicio para este paradigma: el 67% de los gobiernos venezolanos, entre 1830 y 1999, fueron liderados o estuvieron dirigidos por personas ligadas al mundo militar, caudillista o pretoriano. También el caso particular de Hugo Chávez ofrece un territorio ideal para todo este andamiaje que legitima el caudillismo personalista y la hegemonía militar como única esperanza, como la gran solución política. Dos meses después de haberse juramentado como presidente, en una disertación sobre la "fusión cívico-militar", afirmó: "Creo que esa es una de las vertientes fundamentales o de las líneas fundamentales del desarrollo nacional, del desarrollo de un proyecto nacional en todos los órdenes".
Chávez jamás ha renunciado a la simbología castrense. Al juramentarse como nuevo presidente, obtuvo también, como lo establece la Constitución y de manera instantánea, el cargo de comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional. Probablemente para un ciudadano proveniente de la vida civil este hecho no tendría la misma significación que tuvo para Chávez. La democracia lo devolvió al ejército. Fue como un atajo para un meteórico ascenso dentro de su carrera militar.
Cuando llega al poder, esta circunstancia se hace evidente: desde la implementación de planes sociales administrados y gerenciados por los distintos cuerpos de la Fuerza Armada, hasta el uso del uniforme en algunas de sus actuaciones o alocuciones oficiales. También desde las constantes referencias a la historia y a la vida castrense, hasta la activación de la formación premilitar obligatoria en la educación secundaria del país. Basta con asomarse a la conformación de su equipo de gobierno para tener una idea de un nuevo protagonismo en las funciones públicas en el país:

A comienzos de 2002 el vicepresidente era militar, igual que el responsable de los planes agrícolas en el Sur del Lago. Estaban en manos de militares el Ministerio de Infraestructura, la Oficina Central de Presupuesto, la Corporación Venezolana de Guayana, el Instituto Agrícola Nacional, el Fondo de Desarrollo Urbano, PDVSA [Petróleos de Venezuela], CITGO [refinería y red de catorce mil gasolineras en Estados Unidos], las aduanas del Seniat, el Banco del Pueblo, el Banco Industrial de Venezuela, el Fondo Único Social. El poder económico. También controlaban las comunicaciones y los medios de comunicación del Estado: el Metro de Caracas, el aeropuerto de Maiquetía, Avensa y el Setra, Conatel [Comisión Nacional de Telecomunicaciones], Venpres [agencia estatal de noticias], Venezolana de Televisión y el Ministerio de la Secretaría. Dirigían la seguridad del país: la División de Inteligencia Militar, la Disip [Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención], la Dirección de Extranjería y el viceministerio de Seguridad Ciudadana del Ministerio de Relaciones Interiores. Eran gobernadores en los estados Táchira, Mérida, Trujillo, Cojedes, Lara, Vargas y Bolívar. Por supuesto, ocupaban en el Ministerio de Relaciones Exteriores los cargos de ministro, viceministro, varios directores generales y numerosos embajadores, los de Perú, Bolivia, Ecuador, Brasil, El Salvador, España, Malasia... Militares son también varios diputados, el secretario general de organización del MVR [partido oficialista], el presidente de Inager [Instituto Nacional de Geriatría], el INCE [Instituto Nacional de capacitación y educación] y la dirección general del Instituto Nacional de Deportes.

El proceso de militarización de los espacios tradicionalmente civiles se ha profundizado. Según el diario El Universal, más de cien uniformados, en su mayoría activos, ocupan cargos directivos y de confianza en las empresas del Estado, en servicios e institutos autónomos y nacionales, fondos gubernamentales, fundaciones y comisiones especiales. Y para las elecciones regionales de octubre de 2004, catorce de los 22 candidatos propuestos por el oficialismo, y designados a dedo por Chávez, provenían del mundo militar.
La vida social venezolana ha vuelto a entrar en un contacto mucho más directo con el ámbito castrense. Hasta en el lenguaje se cuelan elementos que vienen de los cuarteles. En sus campañas Chávez organiza a sus seguidores en "patrullas" que deben levantarse "al toque de la diana" para ir a las urnas a librar "la batalla" y "derrotar al enemigo". En una cadena nacional, el 28 de noviembre de 2002, le advierte al país: "cuando hablo de revolución armada no estoy hablando de metáforas; armada es que tiene fusiles, tanques, aviones y miles de hombres listos para defenderla". No se trata de simples sutilezas. Para el año 2001, Venezuela contaba con más generales y almirantes que México y Argentina en conjunto. Para el año 2004, violando lo que establece la Constitución Nacional, ya 120 civiles han sido juzgados por Tribunales Militares. Visto a la distancia, más de un analista lee en esta historia el guión inveterado de Norberto Ceresole, el proyecto de una Fuerza Armada transformada en partido político, en gerencia pública, en protagonista de la sociedad.

***
La raíz original del poder de Chávez reside en el vínculo afectivo y religioso que establece con los sectores populares del país. Es lo que el teórico Peter Wiles, refiriéndose al populismo en América Latina, ha denominado "contacto místico con las masas". Chávez siempre está cerca. Es un símbolo que no ha sido devorado por los protocolos del poder. Siempre rompe la supuesta solemnidad de los actos. Es capaz de acabar con la pompa oficial con tal de ir a abrazar a una viejita que le grita o cargar a un niño. Por donde pasa hay gente humilde con un pequeño papel en la mano, una petición de auxilio, que él o sus escoltas toman y guardan. Chávez toca a la gente. Se detiene. Pregunta nombres, datos de vida. Siempre parece sinceramente interesado en el otro. Chávez habla desde ellos. Se propone como uno más, como cualquiera. Incluso después de seis años en la presidencia, con un sobrepeso de más de quince kilos, vistiendo ropa de marca y usando relojes Cartier, el vínculo se mantiene con bastante fervor.
En ocasiones, se muestra como una víctima de sus propios lujos, como aquella vez que ordenó que no le compraran más trajes. Y, en honor a la verdad, parece tentarlo más la vanidad que el goce de los bienes materiales. Algunos de sus adversarios reconocen en él escasa ambición por las posesiones combinada con una auténtica sensibilidad social. Pero ahí, nuevamente, parecen confundirse el Chávez personal con el público. Con frecuencia recuerda que no tiene nada. Casi franciscano, añade que no desea nada, que no necesita nada. Ya en plan de bolero: le basta con el amor del pueblo. Aunque haga uso de enormes recursos para promocionarse y mantenerse en el poder, y ofrezca dádivas como si las estuviera sacando de su propio bolsillo.
Se trata de un discurso muy empático, que conmueve, que genera confiabilidad y fidelidad. Pulsa los sentimientos escondidos, los miedos, los resentimientos; acude a las diferencias, a las experiencias de rechazo, a la injusticia, y construye desde ahí una voz, un plural del cual, sin embargo, él es el protagonista. No nos quieren. La oligarquía nos desprecia. Siempre se han burlado de nosotros. Les damos asco. Gran parte de su retórica parece desarrollarse con énfasis parecidos a los de los predicadores de las llamadas iglesias electrónicas. Habla con sencillez, poniendo siempre ejemplos; se explica a través de anécdotas, maneja a la perfección los códigos populares. También, en el territorio del habla, sabotea la supuesta solemnidad oficial, desdeña las formas. Se muestra espontáneo. Popularmente espontáneo. "Él —dice su colaboradora Maripili Hernández— cree profundamente en el ideal que predica. Lo vive, lo sufre, lo trabaja todos los días. A diferencia de lo que mucha gente cree y dice, que es un charlatán, honestamente no lo creo. Él cree a pie juntillas lo que dice y creo que se va a morir para hacer todos los esfuerzos que estén a su alcance para lograr lo que dice".
Nedo Pániz muestra una versión muy distinta, al relatar una anécdota de cuando Hugo Chávez no era presidente y los dos viajaron juntos a Colombia. Estaban invitados a un acto en la Quinta de Bolívar, de Bogotá, en el que Chávez pronunciaría un discurso y Pániz le sugirió llevarle un presente a la presidenta de la Sociedad Bolivariana. "Entonces Chávez tomó un puño de tierra de un patio, cerca del hotel, y lo metió en una cajita. Una vez allá se lanzó un discurso inflamante. Y en un momento sacó la cajita y dijo que esa tierra la había traído especialmente desde el Campo de Carabobo [donde Bolívar dirigió la batalla que liberó definitivamente a Venezuela del dominio español]. Era una farsa, pero la gente estaba emocionada. Mucha gente lloró."
Pero si algo ha logrado transmitir el presidente es que le importan los demás, que él sí se preocupa realmente por los pobres. En palabras de José Vicente Rangel: "Es un hombre de lenguaje sencillo. Esa es la conexión con la calle. Chávez salió del estereotipo del político. No es populachero, no banaliza el lenguaje, ha logrado rescatar el lenguaje popular y colocarlo en el centro del discurso presidencial. Es uno más del pueblo". De manera constante recuerda su historia, su origen humilde y rural. No sabe inglés y, públicamente, se burla de su propia y precaria pronunciación. Se autoproclama como un hombre feo, popular, sin propiedades, sin educación para las altas galas, sin otra ambición que el cariño sencillo, que el servicio a los más necesitados. Su eslogan durante todo 2004 fue más allá de la representación para pasar al terreno de la definición directa: "Chávez es el pueblo". Desde esta perspectiva, su existencia, su conquista y su disfrute del poder es ya para muchos un triunfo, una victoria.
La académica Patricia Márquez señala que "muchas personas que durante años se han sentido excluidas ahora se conciben como integrantes de un proyecto de cambio, que creen abarca por lo menos una transformación de las reglas del orden social y político". Y Chávez es, simbólica y afectivamente, la garantía de ese cambio, la encarnación de la esperanza para salir de la miseria, aunque la pobreza haya aumentado 17.8% durante su gobierno, según las cifras oficiales. Su figura funciona como sagrado intermediario entre los millones de dólares del Estado petrolero y los sueños de la mayoría de la población secuestrada por la miseria. Sin embargo, durante los primeros cuatro años de su gobierno las expectativas populares no parecen obtener respuestas concretas. La mayoría de los cambios representan conquistas políticas, pero los programas de ayuda social no resultan eficientes. Todo lo contrario: empiezan a parecerse demasiado a las prácticas de los gobiernos anteriores, asfixiados por el clientelismo, la burocracia y las denuncias de corrupción. Todo ese panorama cambió en 2003, cuando comenzaron a implementarse las llamadas Misiones: un conjunto de planes de asistencia social, de ayuda a los pobres, que todavía permanecen en medio de una gran polémica.
El primero de esos planes se llama Barrio Adentro y está destinado a atender los problemas de salud en las grandes barriadas populares de las diferentes ciudades del país. Los protagonistas de este plan son médicos voluntarios cubanos que se mudan a vivir a esos sectores y, desde ahí mismo, en pequeños ambulatorios, se ocupan de los problemas clínicos que puedan surgir. La propuesta ofrecía dos grandes ventajas: enfrentar in situ algunas emergencias, pudiendo ofrecer una solución médica más eficaz y, a la vez, descongestionar y aliviar el servicio —por lo general bastante deficiente— de los grandes hospitales públicos. Además, obviamente, otorgaba a las comunidades una mayor sensación de seguridad, de tranquilidad frente a cualquier urgencia clínica. Como contraparte, el hecho de que los médicos fueran cubanos reforzó el miedo de cierto sector social ante lo que consideraba una avanzada del proyecto castrocomunista de Hugo Chávez. No ayudó el hecho de que el gobierno ignorara cualquier trámite legal con la Federación Médica de Venezuela y permitiera el ejercicio profesional de los galenos, sin control de ese gremio, sin ninguna supervisión académica.
A este plan le siguieron, de manera escalonada, una serie de programas educativos. Primero la Misión Robinson, un plan de alfabetización bautizado con el seudónimo usado por Simón Rodríguez, maestro de Simón Bolívar. Luego se crearon la Misión Sucre y la Misión Ribas, tomando los apellidos de dos próceres de la guerra de independencia, dedicadas a atender a aquellas personas que no habían podido estudiar, o que se habían visto obligadas a abandonar sus estudios de primaria y secundaria. La siguiente, Misión Vuelvan Caras, que tomó su nombre de una expresión de batalla del héroe llanero de la independencia José Antonio Páez, es un proyecto para combatir el desempleo y promover la autogestión. Otra de las misiones tiene que ver con la comercialización de alimentos y consiste en el establecimiento de una red de mercados populares, llamados Mercal. La Misión Miranda es más específica: otorga beneficios a todas las personas que formaron parte de la Fuerza Armada Nacional.
Cuando ya no había más operativos sociales que ofrecer, Chávez acuñó un término grandilocuente para englobarlos a todos. "Queremos acabar la pobreza y hay que darle poder a los pobres. Estamos en el nacimiento del nuevo poder. Es un poder que deja atrás el concepto de la oligarquía y de la plutocracia. Sólo así habrá vida", señaló al anunciar, con tono de pastor protestante, que el 24 de diciembre de 2003 lanzaría la Misión Cristo, que contendría a todas las misiones y cuya finalidad sería acabar con la pobreza para el año 2021.
La crítica general a todo este proyecto se centra en tres aspectos fundamentales: es populista, es discrecional y no cuenta con ningún control social. Luis Pedro España, sociólogo que durante años se ha dedicado a la investigación del tema y que en la actualidad coordina el Proyecto Pobreza de la Universidad Católica Andrés Bello, sostiene que las Misiones, como los otros planes sociales del gobierno, parecen diseñadas más como instrumentos de permanencia en el poder que como programas eficaces para combatir la pobreza en el país. Todos se sustentan en el pago de becas-salarios a los participantes, funcionan dentro de un sistema de filiación partidista, de fidelidad al gobierno, y no tienen ningún tipo de auditoría en ninguno de sus niveles de ejecución. Por eso, según algunos especialistas, los resultados oficiales no gozan de demasiada credibilidad. No hay manera de saber cuántas personas participan en las Misiones, cuántos recursos se invierten en ellas, qué resultados se obtienen. La única fuente posible de información es el mismo gobierno. A esto también hay que agregarle los análisis que apuntan que se ha creado un Estado paralelo al Estado que ya existe. En vez de solucionar los graves problemas de la educación o la salud públicas, se han creado nuevas estructuras, generando otra administración y otro presupuesto, de manera desigual y descontrolada, provocando que tarde o temprano sea inviable el funcionamiento de ambas instancias. Al parecer, la mayor eficacia de estos programas ha sido electoral.
El inicio de las Misiones coincide con una tendencia a la baja en la popularidad de Hugo Chávez. El repunte fue inmediato. Pocos meses después, un estudio de la firma Alfredo Keller y Asociados ubicaba la aceptación popular del presidente en un 46%, destacando el efecto esperanzador de los operativos: aunque sólo 15% manifestaba haberse visto beneficiado por ellos, 85% mantenía la ilusión de que, en algún momento, le tocaría algo de esa nueva "repartición de recursos" que promueve el gobierno. Aquí, nuevamente —y aun salvando la eficacia de rating de este programa—, aparece una línea que dialoga con las propuestas de Norberto Ceresole. "La clase media y la clase alta odian el populismo porque eso implica repartir. Pero los que venimos de la clase baja decimos ¡viva el populismo! Eso nos dignifica [...] Cada dólar que le demos al pueblo es un dólar que no le daremos al Fondo Monetario Internacional. Por lo tanto, viva el populismo. No hay otra forma de revolución en América Latina que esa."
Lo cierto es que, para muchos, el triunfo de Chávez en el referéndum revocatorio de 2004 está irremediablemente ligado a la distribución de dinero e ilusión a través de las Misiones. Después de una intensa campaña en la que, según denuncias de la oposición, el presidente se habría valido de los recursos del Estado e incurrido en ventajismo electoral con la aquiescencia de un Consejo Nacional Electoral mayoritariamente favorable, 5.6 millones de venezolanos (59.06% de los votantes) decidieron el 15 de agosto que Hugo Chávez se mantuviera en el poder. -



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