View Full Version : Sobre Papas y Profecías
Spiderman
06-04-05, 10:12 PM
Por Paloma Gómez Borrero
El asunto de los papas ligados a las profecías, del que hoy les voy a hablar, siempre me ha interesado mucho, y siempre lo he seguido precisamente a través de profetas como Nostradamus, Malaquías, etc. En realidad, vivimos en una época de secularización en la que todo se explica con la ciencia; pocos son ya los que creen en curaciones milagrosas. Esto se refleja en que, por ejemplo, la gente va cada vez menos a misa, se aburre en los sermones. Además, está de moda decir que uno es laico o anticlerical. Por eso es curioso que, a pesar de todo esto, toda esta gente sea precisamente la que se sienta más atraída por el más allá o por lo sobrenatural. Eso es así, y la prueba está en que cada vez que el Papa habla del diablo o del infierno en una catequesis, sobre todo en la de los miércoles, los primeros que les dedican un montón de artículos e incluso la primera página son aquellos periódicos que se definen laicos. Por cierto que, a propósito de esto, me comentaba un corresponsal vaticanista muy prestigioso, Doménico del Río, escritor en La República, diario muy conocido en toda Italia, que una vez que el Papa habló del Maligno en una catequesis, el director le encargó escribir una página entera sobre el infierno. Entonces, alguien le dijo: «pero bueno, Doménico, ¿cómo es posible que le interese este tema a un diario como La República?», a lo que Del Río contestó: «es que no creen en el infierno, pero quizá tengan miedo de ir una vez a él».
Como digo, estamos en una época de secularización, de indiferencia religiosa, y sin embargo, nunca como ahora han prosperado los astrólogos, los magos; nunca como hoy día se han celebrado foros y congresos sobre este tema, y para ir a las consultas de los echadores de cartas o de los futurólogos casi hay que pedir cita con sobrada antelación. No hay periódico ni revista que no tenga un apartado dedicado al horóscopo, e incluso hay muchísima gente que lo consulta antes de salir de casa: «soy Leo. Voy a ver qué me dice», piensan para sí.
En honor a la verdad, bien es cierto que, aunque contra la astrología cayeron los anatemas del Concilio de Toledo, en el año 447, los del Concilio de Braga, en el año 561, la bula de Sixto V y los anatemas de Urbano VIII, también hubo muchísimos otros papas que creyeron en los astros y en las previsiones. Julio II, por ejemplo, el famoso Julio II de Miguel Ángel, el papa del que decían que estuvo más tiempo vestido con armadura que con la túnica propia de su cargo religioso, encargó a los astrólogos que eligieran el día más apto para su coronación. Pedro III, otro caso, pidió que le aconsejaran las horas mejores para convocar un consistorio y discutir con los cardenales problemas un tanto difíciles y delicados. Y León X incluso llegó a nombrar un profesor de Astrología para la Universidad de La Sapienza, la antigua universidad pontificia de Roma. Así que el arte de la profecía, o de adivinar el futuro o un gran acontecimiento, siempre ha interesado, y en este campo, yo creo que el nombre de Nostradamus es el más famoso, el más popular en el mundo entero. De hecho, siempre que se habla de este tema sale a relucir, así como siempre surgen las profecías de Malaquías cada vez que un papa muere y el cónclave se reúne para elegir al sucesor de Pedro.
No soy una experta en profecías, y sólo un poquito experta en papas, pero hoy voy a hablarles de ambos siguiendo la perspectiva vital de una ciudad como Nápoles -espero que me perdonen este pequeño paréntesis-, una ciudad maravillosa que, a pesar de tantos siglos de tragedias sufridas, siempre tiene un impresionante optimismo, ganas de sonreír, ganas de ver la vida de color de rosa. Para que se hagan una idea de lo que quiero decir, tienen una costumbre que yo creo que sería precioso poderla introducir en todas las ciudades del mundo. Recuerdo que una vez, en el barrio más pobre de Nápoles, entré a un establecimiento para tomarme un café -toda la ciudad huele a café porque es lo que necesitan sus habitantes; puedes no tener nada que comer, pero si no tienes un café, allí te mueres-, y cuando lo estaba tomando, oí que alguien entraba, se acercaba a la cajera y le preguntaba: «¿hay un café pagado?», a lo que la cajera respondió volviéndose hacia el camarero y diciéndole: «un café pagado para el señor». Pues bien, el rato siguiente transcurrió con un continuo ir y venir de gente que entraba y decía: «un café para mí y dos pagados». Llegados a ese punto, yo quería enterarme de qué era esto del café pagado, por lo que se lo pregunté a la cajera. Ella me dijo que muchas veces uno no tenía dinero para pagarse un café y, en cambio, otros sí lo tenían no sólo para pagarse el suyo propio, sino también para dejar pagado el de un desconocido. Los clientes no sabían a quién podía tocarle, por eso los camareros escribían rayitas sobre los cafés pagados; así, cuando alguien llegaba y preguntaba si había un café pagado, si efectivamente lo había, se le ofrecía gracias a una persona de la que ni siquiera conocía su aspecto. No me digan que no es una de las costumbres más bonitas y solidarias que hay.
Por otra parte, se trata de una ciudad en la que hay una desocupación enorme, aunque lo curioso es que muchos de sus habitantes tienen un oficio que nadie conoce cuál es pero que existe. De hecho, si vas a uno de los barrios más modestos, a la parte que llaman «el barrio de los españoles», a la calle Toledo, y le preguntas a un chico cuál es el oficio de su padre, te responde: «mi padre tira a campar»; es decir, tira a tirar, valga la redundancia, hacia adelante, a lo que salga, en mil trabajos misteriosos. O te responde -no sé si será por culpa de la camorra, a la que tienen mucho miedo-: «mi padre sale de casa por la mañana. No sabemos lo que va a hacer». Bueno, pues yo, como ellos, a mi manera, como periodista, salgo de casa por la mañana para ver lo que pasa en Roma y contarlo en las crónicas después, y sobre todo, para ver qué pasa en el Vaticano, para informarme de qué hará el Papa ese día, de qué programas tiene la Santa Sede, de cuándo hay un viaje de Juan Pablo II, para empezar a prepararlo. Concretamente hoy, he venido a Bilbao para hablar de profecías y de sus profetas, así que volvamos al tema que nos ocupa.
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06-04-05, 10:14 PM
Decir «profeta» significa, en general, aludir a dos cosas: una, la persona que denuncia injusticias, que grita a los potentes, que sueña con una sociedad que existe más en la utopía que en la realidad. Profeta, en este sentido, era, al menos para mí, Martin Luther King, con aquel I have a dream (Tengo un sueño). Y dos, quien adivina o predice el futuro, que prevé hechos que no han sucedido aún. Pueden considerarse dentro de este grupo, por tanto, un vidente, un mago y hasta una gitana. Antiguamente, profeta, como indica la palabra griega, significaba 'aquél que habla en lugar de', se entiende que en lugar de la divinidad, en lugar de Dios; así que el término estaba íntimamente unido al concepto místico. En las religiones orientales y en el antiguo pueblo judío, existían profetas que tenían escuelas en las que enseñaban técnicas de profecías. Y en el mismo Evangelio, a Jesús y a San Juan Bautista se les proclama «profetas».
Con el pasar del tiempo, los profetas han ido asumiendo una vocación casi apocalíptica. Desde Nostradamus hasta este último tercer secreto de Fátima, siempre ha parecido que preveían tragedias, guerras, fuego, hasta el fin del mundo, incluso, pero como voy a centrarme en las profecías relacionadas con los papas, antes de examinar lo que dictó Malaquías, haré un breve repaso a las hechas para los pontífices del siglo XX. Y comienzo con las que hizo el más célebre de todos los videntes o profetas: Nostradamus. Algunos de sus intérpretes, que son muchísimos -interpretarle es una especialidad dificilísima-, han tratado de explicar los acontecimientos que concernían a los papas. Por ejemplo, se preveía que al inicio del siglo pasado, después de la muerte del anciano papa, fuera elegido un romano de edad joven. De él iban a decir que perjudicaría la reputación de la Sede, pero permanecería largo tiempo y poseería gran autoridad. Es posible que en el anciano Papa, Nostradamus y quienes le interpretaron quisieran ver a Pío XI, que murió con 82 años y cuyo pontificado fue largo. En febrero de 1939, efectivamente, fue elegido su sucesor, un príncipe romano, Eugenio María Pacelli. Era un papa joven, tenía 63 años. Su postura frente al nazismo y al fascismo fue muy criticada, y supuso, para algunos, un descrédito para la Sede; lo hemos visto en libros y en películas que han surgido sobre la comunidad judía internacional. Pero realmente, hay que reconocer que Pío XII ayudó muchísimo a los judíos de Roma; es más, la Sede, que hoy tiene la nunciatura apostólica en Italia, es el regalo de un riquísimo judío romano, que se la regaló al Papa en agradecimiento por lo que había ayudado a la comunidad. Pío XII llevó el timón de la "Barca de Pedro" durante 19 años, hasta 1958.
La fantasía de los intérpretes de Nostradamus también se ha desplegado con la muerte del papa Juan Pablo I. Su fallecimiento 33 días después de su elección provocó, y saben ustedes que han corrido ríos de tinta al respecto, que su muerte haya estado envuelta en conjeturas. La verdad es que ha hecho las delicias de todos los amantes de las novelas más policiacas y sensacionalistas. Se sospechó que había sido envenenado por prelados de la curia, por considerarle excesivamente progresista. Yo sólo puedo decirles que soy muy amiga de la sobrina de este papa y que en su familia no tienen ninguna duda de que su muerte fue causa de un trombo que de la pierna le subió al corazón y lo paralizó. Es más, ya había tenido una trombosis cuando era cardenal de Venecia y ya la había sufrido cuando estaba de viaje en Brasil; incluso el propio médico le advirtió de que podía repetirse y ser mortal, con lo cual tenía que cuidarse en extremo, tomarse muchísimos anticoagulantes para que no se repitiera. Por si fuera poco, tenía muchos antecedentes familiares de trombosis y muerte instantánea. Es decir, Juan Pablo I fue elegido al día siguiente de que los cardenales entraran en el cónclave, en muy poco tiempo, y le durmieron en la paz del señor probable y casi seguramente con esa trombosis que ha levantado tanta polémica y que ha hecho, como ya he mencionado, las delicias de quienes gustan de las novelas policiacas.
Y otro caso. Nostradamus, en el siglo VI, afirma: «después del descubrimiento de la tumba del gran romano, será elegido, al día siguiente, un nuevo papa. En ningún caso está confirmado por el Senado. Su sangre está envenenada por el Santo Cáliz». Y ahora, he aquí la explicación que dan sus intérpretes: «la tumba de San Pedro, en los subterráneos de la Basílica, fue descubierta bajo el pontificado de Pablo VI».
Fue un descubrimiento muy interesante que había sido encargado a una extraordinaria arqueóloga estudiosa del pontificado y de la época del apóstol Pedro. En un nicho situado bajo la Basílica, había un lugar donde aparecía escrito que allí estaba la tumba de Pedro. Además, había unos huesos, un trozo de púrpura y, sobre todo, la devoción cultivada a lo largo de los siglos de que allí estuvo enterrado el apóstol. Empezaron a hacer estudios, todo coincidía, pero la verdad es que era más devoción que otra cosa.
También se pidió que se hicieran con la NASA una serie de pruebas, especialmente las del Carbono 14. Al final, los resultados de las investigaciones indicaban que aquellos huesos pertenecían a un hombre que había vivido en la época de Cristo, que tenía que ser un hombre que murió muy mayor y de manera violenta, y que tenía que ser pescador o estar en contacto con el mar, sobre todo con el Mar Muerto, por la sal que tenía en los huesos. Con todos estos datos, con los que la arqueóloga había descubierto a través del polen y también a partir del trozo de púrpura, que significaba que aquellos restos eran de una persona muy estimada, muy prestigiosa, muy importante en la época, Pablo VI declaró, no obligado a creer en ello, eso sí, que podían ser los restos del primer papa, de San Pedro.
Después de Nostradamus, existen muchos otros textos que los expertos en profecías tienen en gran consideración; entre otros, los que escribió un fraile franciscano que vivía de limosnas. Se llamaba Fratre Ángelo y habitaba en el Estado pontificio a finales del año 1700. Las visiones de este fraile se centran en el final del segundo milenio, es decir, a finales del siglo XX. Escribió que llegaría un día en el que el símbolo del papa se derrumbaría bajo el peso de fuentes y palacios, para marcar una época distinta. Entonces, el sucesor de Pedro dejaría Roma, dejaría la Sede, porque también su vida estaría en peligro. Sin embargo, el papa regresaría más tarde.
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06-04-05, 10:20 PM
Son otras muchas las profecías que aluden a este hecho y afirman, por ejemplo, que Pedro saldrá de Roma, surcará los mares, caminará llevando a la espalda las redes del pescador, que la sede papal permanecerá vacía durante 12 lunas, es decir, durante un año, y que quedará al otro lado de las aguas. Los intérpretes entendían estos augurios, hasta hace unos años, como la conquista del mundo por parte de la Unión Soviética. Ahí entra la famosa anécdota de Stalin, que cuenta que los caballos de los cosacos beberán en las fuentes de la Plaza de San Pedro. Desde luego, ahora que ha caído el Telón de Acero, los expertos en descifrar la profecía tendrán que ir pensando en otros acontecimientos o en otros destructores.
Y a propósito de "caídas" históricas, creo que no ha habido ninguna audiencia más importante y más extraordinaria que el encuentro entre Mijail Gorbachov y Juan Pablo II, poco antes de caer el muro de Berlín. Parecía una utopía que Europa pudiera respirar con dos pulmones; la verdad es que aquel día, aquella mañana de diciembre, cuando vimos entrar en la Plaza de San Pedro el coche de Mijail y Raisa Gorvachov, con la bandera de la Unión Soviética, con la hoz y el martillo, a través del arco de las campanas, y pasar al patio de San Dámaso para encontrarse con el Papa, supuso que muchos tuvieran que restregarse los ojos para comprobar que no estaban soñando. Gorbachov estuvo con Juan Pablo II durante 60 minutos, y eso, en una audiencia, es muchísimo tiempo. Hablaron en ruso; el Papa tenía un intérprete, un jesuita polaco que había vivido durante muchísimos años en un campo de trabajo de Siberia con su familia y que hablaba ruso perfectamente. A Gorbachov le impresionó, según me dijeron, esa frase de «Europa no puede permitirse respirar con un solo pulmón; tiene dos pulmones y tiene que respirar con ellos». Cuando se abrió la puerta después de aquellos 60 minutos de coloquio y se procedió a la audiencia pública, vimos que entre ambos realmente había sintonía, simpatía, un diálogo constructivo. La prueba fue que durante los discursos oficiales, Gorbachov se dirigió al Papa llamándole «Santidad», lo que, de por sí, fue una cosa que nos llamó mucho la atención teniendo en cuenta que en el primer viaje a Méjico del pontífice años antes, el presidente de gobierno del país quiso darle la bienvenida a título personal, en el aeropuerto, y le dijo: «Bienvenido, señor Papa». No quiso llamarle «Santidad», cosa que Gorbachov sí hizo. Y no sólo eso, sino que también le invitó a Rusia y le prometió una pronta libertad religiosa para su país, hecho cierto pocos meses después, cuando se aprobó con un único voto de abstención. Cuando ya salían de aquel encuentro, mientras iban por el pasillo del palacio apostólico, pudimos escuchar a Gorbachov decirle al Papa: «Santidad, soy un ateo no practicante» -todavía hoy estamos dándole vueltas a qué es lo que quería expresar con aquella frase-, y otra serie de cosas como: «me siento muy feliz por encontrarme hoy ante la autoridad moral más grande que tiene el mundo, y me siento orgulloso porque es un eslavo», a lo que Juan Pablo II contestó: «señor presidente, somos dos eslavos que la Providencia ha traído a este lugar para ver si conseguimos construir un mundo de paz». Con estas bonitas palabras terminó esa profecía que anunciaba, podríamos decir, la caída del muro de Berlín.
Como decía, los intérpretes, hasta hace unos años, creían que todo significaba la conquista del mundo por parte de la Unión Soviética, pero existen profecías parecidas, como aquélla latina que se descubrió hace un siglo en la ciudad de Piacenza, cuyo autor es una persona desconocida y habla de un papa procedente de Turquía que traerá la paz y la concordia al mundo después de cinco años de terribles guerras; profecía que hasta la fecha, por cierto, nadie ha podido descifrar. O como otro texto datado en 1600, de un anónimo padre capuchino, que se conoce como La profecía del papa ortodoxo porque prevé la elección de un ortodoxo como sucesor legítimo de Pedro. Éste cuenta que deberá combatir contra un extraño y no mejor identificado anticristo místico.
Ya he dicho que, en realidad, las profecías estudiadas cada uno las interpreta un poco a su manera, ya que son bastante complicadas; sin embargo, entre todas las de Nostradamus, existe una que todos concuerdan en adjudicársela al pontificado de Juan Pablo II. A Dios gracias, hasta ahora no se ha cumplido, no se ha adivinado. Ésta aconseja al romano pontífice que no se acerque a la ciudad bañada por dos ríos; «allí -escribe-, tu sangre y la de los que te acompañan correrá. Todo ocurrirá cuando la rosa florezca». Entonces, absolutamente todos los que interpretaban a Nostradamus decidieron fechar esta profecía en octubre de 1986, coincidiendo con el viaje de Juan Pablo II a la ciudad de Lyon ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, la ciudad de Lyon estaba llena de rosas que habían florecido y porque está bañada por dos ríos, el Ródano y el Saona. Así que aquel viaje nos lo pasamos preguntándonos qué pasaría, y el hecho de que nada más llegar a la ciudad nos encontráramos con que los periódicos de aquel día titulaban la noticia de la llegada del pontífice con un «Nostradamus matará al Papa» fue tremendo. Es más, al día siguiente, que estaba programado ir de un lado para otro, los titulares franceses decían: «todavía no ha muerto». Me contaron que incluso el cardenal de Courtrai, cuando estaban comiendo en el apartamento pontificio, después de este viaje a Francia, le preguntó a Juan Pablo II si conocía esta profecía de Nostradamus, a lo que contestó riendo: «sí que la conozco. La conozco muy bien, y cuando fui a Lyon también la conocía, pero tengo que decir una cosa: Roma también está bañada por dos ríos, el Tiber y el Aniene, y de verdad le puedo asegurar, Eminencia, que para el Papa no hay lugar más peligroso que la Plaza de San Pedro».
Él se refería, naturalmente, al momento terrible del atentado que sufrió aquel 13 de Mayo, día de audiencia general y, además, de la Virgen de Fátima, cuando un terrorista turco le disparó. Fue un verdadero milagro que no pudiera cumplir su misión, que era la de asesinar al Papa; empezando por el propio Juan Pablo II, todos afirmaron que parecía obra de la Virgen cuya festividad se celebraba aquel día. Tanto es así que el pontífice volvió al santuario de Fátima al año siguiente, para darle las gracias y poner en su corona la bala que le extrajeron del estómago. Cuando el cardenal vicario de Roma fue a la cárcel para tratar de saber por qué había atentado contra el Papa, quién había detrás de aquellos tiros, el asesino no sabía a quién se refería al hablar de una tal Fátima. «¿Quién es esa Fátima? Yo tiré a matar y sé matar», le dijo al cardenal. Para él, Fátima era un nombre más de mujer; muy querido, eso sí, porque creo que es la hija del profeta islámico. En cualquier caso, del atentado les puedo decir una cosa curiosa: este atentado era un complot. El brazo armado de la Unión Soviética era Bulgaria. Este turco, al que se le había pagado muchísimo dinero, ya había matado en su país -había atentado contra el director de un periódico de Estambul- y vuelve a intentar matar en la Plaza de San Pedro. Llega allí y ya tiene su sitio en primera fila. Sabe el punto exacto por el que puede escapar después, en el momento de confusión tras haber disparado al Papa, y en el que hay, además, un coche. Un coche que le esperaba y que perfectamente le hubiera servido para huir entre el tumulto.
Detrás del asesino, se había colocado una monja regordeta, italiana, a la que tomaron declaración en el posterior juicio. Esta monja contaba: «yo estuve investigando todo el tiempo cómo podía ver al Papa cuando se acercara al sector donde estábamos nosotros, porque me había tocado este chico joven, alto, que no me lo dejaba ver bien. Además, yo pensaba: "no puede ser católico, parece un moro (efectivamente, sus rasgos son los propios de un turco, de un islámico)"». Pues bien, cuando esta mujer estaba haciéndose con un huequecito para ver al Papa, vio que el joven que tenía delante levantaba los brazos con una pistola y disparaba. Juan Pablo II estaba de pie en el jeep, haciendo el recorrido por los distintos sectores de la Plaza. Entonces, tras el disparo, la monja se agarró al brazo del sujeto y le dijo: «¿qué ha hecho?, ¿está usted loco?», a lo que él respondió apuntándola para disparar. Sin embargo, por suerte, la pistola se le encasquilló y sólo le pudo dar un fuerte golpe que la tiró al suelo. Lo sorprendente es que, desde el suelo, ella se agarró a los pies del turco, lo que permitió que llegara un carabinieri y, luego, la gendarmería vaticana para detenerlo. Desde luego, si no llega a ser por esa religiosa franciscana, quizás no hubieran detenido al autor de los hechos; hubiera podido escapar y hubiera sido casi imposible encontrarle. El dato realmente curioso, y por eso les he contado todo esto, es que nuestra protagonista se llama Sor Lucía, como la Lucía de Fátima, la vidente.
A propósito de este atentado, se hizo pública una profecía de San Juan Bosco. Me la dieron a mí personalmente, fotocopiada de una página de una vieja biografía del santo. Contaba que la noche del 30 de mayo de 1862, San Juan Bosco estaba relatando a un grupo de chicos el sueño que había tenido -por lo visto, le encantaba introducir la narración de sueños propios entre sus métodos educativos, hacerse un poco el misterioso; incluso hacía juegos de mano para distraer a los chicos y hacerles una catequesis más amena-. En aquella ocasión, se trataba de un sueño en el que aparecía el mar en tempestad. El mundo combatía en una gran batalla en la que numerosas naves enemigas rodeaban la Barca de Pedro; le lanzaban bolas y lenguas de fuego. De repente, el papa caía herido de gravedad, e inmediatamente, todos aquellos que estaban junto a él trataban de socorrerle y lograban levantarle. Yo no digo nada, pero es fácil que ustedes puedan ver cierto paralelismo con lo que pasó en aquella plaza. A partir de ese momento, el sueño resulta muy confuso; hay una sobreposición de tiempos, de acontecimientos, típica del género profético. De todas formas, lo que sí vio fue a ese papa al que, mucho tiempo después, dispararon.
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06-04-05, 10:29 PM
También existe otra profecía relacionada con el intento de asesinato de Juan Pablo II. En esta ocasión, se trata de un santo contemporáneo, muy querido en Italia y en otros muchos países: el padre Pío de Pietralcina, capuchino. El padre Pío es una figura extraordinaria a la que acaban de beatificar hace muy poco; sufrió la aparición de estigmas que desaparecieron inmediatamente después de morirse, como pudo comprobar un médico que le quitó las vendas que llevaba, tuvo fenómenos de bilocación que pudo presenciar muchísima gente, por los cuales, mientras le estaban viendo decir misa, también le estaban viendo confesar en uno de los confesionarios del Santuario de San Giovanni Rotondo, y además tuvo curaciones inexplicables para la ciencia.
Pero aparte de todos estos detalles, todos sus biógrafos coinciden en contarnos -y nadie lo ha desmentido todavía- la conversación que mantuvo con un sacerdote joven llamado Karol Woijtila, que fue a visitarle a ese convento de San Giovanni a primeros de noviembre de 1947, desobedeciendo, incluso, lo que le habían dicho sus superiores. Éste estudiaba entonces en el Angélicum, en Roma, y yo creo que se sentía muy atraído por la fama del capuchino, quien desde joven, desde que le aparecieron aquellos estigmas, era considerado todo un santo y recibía numerosas visitas que deseaban conocerle personalmente-y ahora que ya le han beatificado, no saben ustedes la cantidad de gente que ha venido a la ceremonia, procedente de los rincones más perdidos de Italia-.
Parece ser que era un hombre brusco, de un carácter bastante difícil, pero el caso es que nada más ver a Karol Woijtila, le dijo: «tú llegarás a ser papa después de un brevísimo pontificado, pero tu reinado será breve y lo quebrará la violencia y la sangre». Hombre, breve, lo que se dice breve, no ha habido nada más breve, efectivamente, que el pontificado de Juan Pablo I, de 33 días de duración; ahora bien, de ahí a que también sea breve el pontificado de Juan Pablo II... Desde luego, el pobre padre Pío se equivocó con este dato; 22 años no significan, ni mucho menos, brevedad, así que no podemos calificarlo como adivino ***(La conferencia fue en el año 2000)***. Quizá lo que sí era cierto es que, desde la fecha de su elección a la realización del famoso complot por parte de la Unión Soviética, se iba a tratar de un tiempo breve, como vaticinaron algunos intérpretes, porque, efectivamente, tras dos años y medio de reinado, el Pontífice sufrió el intento de asesinato. Entonces, los que así lo vieron si se puede decir que acertaron, aunque ya se trate de matizaciones del mensaje inicial.
De todos modos, parece ser que Juan Pablo II también ha abatido otro mal augurio en su visita a la ciudad colombiana de Popayán, que fue destruida por un terremoto el Jueves Santo de 1983. El Papa viajó allí en Julio de 1986, es decir, tres años más tarde de semejante suceso, y la historia relativa al vaticinio es muy curiosa. Dicen que todo es obra de un famoso jesuita del siglo XVII que vivió en dicha ciudad, Bartolomé Marqués Polo, autor de una serie de epigramas proféticos bastante enigmáticos. Uno de ellos ocurrió en Popayán y se fue transmitiendo de padres a hijos, por lo que entró a formar parte de la tradición popular colombiana. Lo que dicho augurio contaba era que Popayán quedaría arrasada en un día de Semana Santa, y como así sucedió, la fama de adivino del padre Bartolomé corrió por toda Colombia y se empezó a temer que se cumpliera la segunda parte de la profecía, en la que se decía que, tras la reconstrucción de la ciudad derruida, llegaría un hombre vestido de blanco que sentiría un inmenso dolor en el pecho y cuya túnica se mancharía de sangre. Por eso, durante el viaje de Juan Pablo II, la gente no dejó de rezar para que esto último no ocurriera. Gracias a Dios, estuvo en Popayán, edificaba sobre las ruinas de aquel terremoto, y la verdad es que no tuvo lugar ninguna desgracia; ahora bien, hay que tener en cuenta que la catedral había seguido en pie después del terremoto, con lo cual, la ciudad no había sido destruida totalmente. Quizá eso de la catedral medio destruida y no completamente arrasada es lo que le ha salvado al Papa.
Les contaré una anécdota precisamente vinculada a esa visita de Juan Pablo II a la ciudad colombiana, ya que nos da una bonita idea de cómo defiende los derechos de los que no tienen voz, de los más pobres, de los desheredados. Tenía que recibir la bienvenida del pueblo indígena --que allí es numerosísimo-; en concreto, de uno de ellos, Guillermo Tenorio. A éste, su gente le había pedido que tuviera el valor de denunciar lo que hacen con ellos; la matanza de varios sacerdotes, la destrucción de sus campos, que les obligan a plantar coca, que a sus niños les tienen horas y horas pisando descalzos las hojas de coca para sacarles el ácido más rápido --por lo que imagínense el panorama; esos pobres niños tienen sus piececitos llagados y sangrantes todo el día, y para soportar semejante dolor, les drogan. Se convierten en auténticas piltrafas humanas a los pocos años- y otra serie de abusos. Guillermo Tenorio aceptó hacerlo, porque era para lograr el bien de su pueblo.
Entonces, al presentar el discurso de bienvenida, al empezar a leerlo, de pronto, dejó el papel a un lado y comenzó a denunciar los hechos. No había dicho más que unas cuantas frases cuando alguien le advirtió: «cuidado, Tenorio, que tienes familia». Acorralado por el miedo, calló sus quejas y volvió otra vez al discurso oficial. Terminado el discurso, era el turno del Papa, que debía saludarles y comenzar el suyo propio; pero lejos de hacer lo esperado, para asombro de todos los presentes, Juan Pablo II les dijo: «estoy muy contento y agradezco la bienvenida que me dais; sin embargo, quisiera que volviera Guillermo Tenorio para que siga relatando lo que no le habéis dejado terminar de contar». Así fue como el Papa, si bien no delante de todos sí en una entrevista personal con Guillermo, pudo enterarse de lo que allí ocurre.
Y ahora, dejando las anécdotas aparte, me gustaría hablarles de las profecías de Malaquías ¿Cuántas veces hemos hablado de este personaje y sus augurios, siempre relacionados con los papas? Cada vez que un pontífice muere y en el cónclave se elige al sucesor, todos echamos mano de lo que escribió Malaquías. Sus profecías están reunidas en un volumen no muy grueso. Son 111 lemas muy breves que escribió en latín y que están dedicados, cada uno de ellos, a un pontífice, comenzando por Celestino II, que vivió en el siglo XII, y llegando hasta el fin del mundo, según él. Cada una de las frases latinas deben identificar a un papa en concreto, o bien referirse a un acontecimiento particular, o estar relacionadas con algo muy característico de cada uno de los pontificados.
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Spiderman
06-04-05, 10:36 PM
Este Malaquías era un monje irlandés que fue consagrado obispo y que vivió entre el año 1094 y el año 1138. Era muy amigo de San Bernardo, quien precisamente escribió su biografía. Se cuentan de él mil leyendas, como, por ejemplo, que el papa Inocencio II le llamó para que acudiera a Roma en el año 1131 y que durante el viaje, San Pedro en persona le entregó la lista de sus sucesores. O como que las profecías se las dictó una voz de ultratumba durante una terrible tempestad que le pilló cuando iba en el barco. En todo caso, lo cierto es que sus augurios se publicaron por primera vez bajo el título Profecía de Sumos Pontífices, 1500 , en un libro editado en Venecia. Hasta entonces, se narraban, pero no habían salido nunca a la luz pública. Como escritos, tan sólo se podían encontrar en algunos libros, en algunos de esos documentos que hay en el Vaticano o en el archivo secreto.
Desde Celestino II a Gregorio XIV, los lemas se relacionan con el nombre de la familia del papa en cuestión, con el nombre del bautismo, con el título cardenalicio o con el país de origen del pontífice. A partir de Gregorio XIV, todas estas profecías se vuelven mucho más enigmáticas, están envueltas en una cierta incertidumbre, o por decirlo de otra forma, no tienen mucha lógica. Hay quien piensa que surgieron durante la época en la que se hacían "quinielas" sobre el posible cardenal elegido. Era una especie de "lotería papal", en la que se apostaba hasta con dinero quién sería el nuevo papa. Y esto resultaba tan escandaloso que Pío IV, con una constitución llamada In eligendis, prohibió todas estas apuestas el 9 de octubre de 1562, así como también lo hizo Gregorio XIV con otra fechada el 21 de marzo de 1591. Este último se lamentaba de que la elección del nuevo papa fuera turbada por todas estas apuestas y loterías, por lo que lanzó el anatema de la excomunión contra los responsables e incluso confiscó los bienes de todos aquellos que habían pagado esas apuestas.
Pero mejor terminemos repasando algunas de las profecías de Malaquías. La primera de ellas, la referida a Celestino II, dice lo siguiente en latín: ex castro tiberis, y es curioso porque Celestino II, nace precisamente, en la ciudad del castillo que está sobre el río Tiber. Piensen que esta profecía viene antes de que el Papa sea elegido, o sea, cuando es cardenal.
Por su parte, los dos papas valencianos, los dos únicos papas valencianos que hemos tenido, tienen en su escudo un buey, la casa Borja; pues bien, el lema de Calisto III, que era Alonso Borja, dice: bos pascens, y efectivamente, en su escudo, como digo, aparece un buey que pasta en un prado. San Vicente Ferrer le predijo estas palabras que están escritas en la biografía de éste: «recuerda, Alonso, que estas llamado a ser un orgullo para tu patria y para tu familia. Recibirás la máxima autoridad que puede tener cualquier mortal, así que consérvate virtuoso toda la vida». Y la verdad es que virtuoso, precisamente virtuoso, no se conservó; debemos decir que los Papas, en aquella época, eran un poco frívolos. También aparece el buey en el escudo de Alejandro VI, el otro Borja, Rodrigo Borja, y su lema reza: bos albanus. Pues bien, este papa fue cardenal y obispo de la ciudad de Albano aparte de tener en su escudo el buey.
Cuando llegamos a Alejandro VII, que vive como papa entre el año 1665 y el año 1667, que instituye en Roma el Monte de Piedad, comprobamos que en su escudo tiene tres colinas con una estrella en la cúspide. Según Malaquías sería el papa montium custos, o sea, que coincide bastante con dicho escudo.
Luego, pasamos de montes, bueyes, etc., a otros símbolos. Como el de la rosa, representado con Clemente XIII. De él, antes de ser elegido, Malaquías dice que será rosa umbrie. Como el del oso, representado con Clemente XIV, que tenía en su escudo pontificio, antes de ser elegido papa, porque el escudo lo tienen ya como obispos, un oso que va corriendo. En este caso, Malaquías ya había predicho que sería elegido un papa ursus velox.
Pío VI tuvo que peregrinar a Austria para negociar con el emperador José II , y por orden del general Napoleón, fue obligado a abandonar Roma y exiliarse en Francia, donde falleció. Malaquías advirtió que ése que sería elegido papa resultaría ser un peregrinus apostólicus. Pío VII, como ocurrió con su predecesor, también será apresado por Napoleón. Su emblema era un águila imperial, y Malaquías advierte que será elegido un papa águila rapax. Con respecto a Pío XII, que ya entra dentro de los que más o menos todos hemos conocido, durante su pontificado, se hizo todo lo posible para que el lema coincidiese. Se ha explicado de muchas maneras y cada uno lo puede ve como quiera, pero lo que Malaquías predijo de él fue: pastor angélicus.
Eso sí, con el que realmente se siente que nunca había acertado tanto una profecía de Malaquías fue con Juan XXIII. Él dijo de este cardenal de Venecia: pastor et nauta, y nunca mejor dicho, puesto que procedía de dicha ciudad lagunar, a la que quería tantísimo que cuando fue elegido papa, uno de los regalos que mejor conservó fue uno que le recordaba a su Venecia querida: un nacimiento hecho en cristal de murano que habían encargado y pagado entre todos los gondoleros venecianos. Cada vez que pasaba ante él, le rezaba para que sus queridos gondoleros tuvieran mucha salud.
Pablo VI, por su parte, en su escudo tiene tres flores. Malaquías dirá: flos florum. De Juan Pablo I, el papa de los 23 días, Malaquías dice: de meditate lune, y efectivamente, dura el cambio de una luna. Y de nuestro Juan Pablo II, dijo: de labore solis, que podría traducirse como la fatiga del sol. Vamos a pensar que el sol nace en el Este; lux ex oriente, como mencionó este papa cuando sobrevolamos por vez primera el cielo de Rusia. Íbamos camino de Corea en el viaje del 6 de octubre de 1989. La ruta era mucho más corta si se atravesaba el cielo de la Unión Soviética, y el avión papal tuvo permiso para sobrevolarlo porque Gorbachov lo autorizó.
Pues bien, esto de la luz viene de Oriente corresponde a un papa que también viene del Este y cuyo pontificado se desarrolla en los años del gran terremoto político.
Según las profecías de Malaquías, todavía quedarían dos papas. Uno sería de gloria olive, la gloria del olivo, lo que se ha interpretado de muchas maneras. Hay quien dice que puede ser un papa de origen judío, que haya sido un judío converso; que puede ser un papa que se una a los judíos, que pueda ser un papa experto en la Biblia, y por eso se hablaba tanto del cardenal Martini, el jesuita cardenal arzobispo de Milán, que es uno de los grandes biblistas y un hombre que ama tanto Tierra Santa que ha dicho que querría ser enterrado en Jerusalén, o que puede ser un papa que venga de una tierra rica en olivos, con lo cual, teniendo en cuenta que hay muchísimos lugares donde la riqueza del aceite del olivo es abundante, como yo digo en broma, puede ser papa hasta el cardenal de Jaén si anteriormente le hacen obispo.
Del segundo papa, Malaquías dice: Petrus secundus o Petrus romanus. Sinceramente, no creo que acabe el mundo con este papa, ni muchísimo menos, pero sí podría tratarse de un cambio, de la llegada a un concepto distinto del papado. Decía Doménico del Río que quizá este próximo papa viva en una tienda de campaña, en la Plaza de San Pedro, en vez de en el palacio apostólico,con lo que se entraría en un concepto totalmente distinto y muy alejado de la gloria del papado. Sea como sea, sobre este último papa, Malaquías indica acontecimientos apocalípticos y prevé el fin del mundo. «La última persecución de la Santa Romana Iglesia estará en la cátedra de Pedro, Pedro Romano, quien guiara sus ovejas entre muchas tribulaciones. Superadas éstas, la ciudad de las siete colinas quedará destruida y el terrible juez vendrá a juzgar a su pueblo». Ya les digo que no le creo, pero al menos hay que concederle el beneficio de la duda. San Pablo, en la Primera carta a los tesalonienses, dice: «hermanos, no despreciéis las profecías».Ahora bien, como deberíamos terminar la charla con algo de optimismo, les recuerdo que el beato Juan XXIII advirtió en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II: «no escuchéis a los profetas de desgracias y desventuras».
Le Rouge
07-04-05, 10:13 AM
¡Excelente texto Spider!
Spiderman
07-04-05, 11:41 AM
Gracias, D2...
:015:
Spiderman
07-04-05, 11:46 AM
Por cierto, aún investigo al cardenal adicto a las aceitunas...
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