Spiderman
06-04-05, 09:57 PM
Una protesta y un protestante
Por Salvador Guerrero
Número 44
Andrés Manuel López Obrador merece toda nuestra atención como todos aquellos mexicanos que aspiran a la Presidencia de la República. Lo mismo puede decirse de sus afirmaciones y actitudes.
Se ha demostrado históricamente que el liderazgo político resulta frecuentemente de la polarización de la opinión pública. Sabemos que esa polarización a su vez es consecuencia de la movilización de emociones solo esporádicamente asociadas con “razones” y con alta frecuencia disociados de “razones” aceptables para la mayoría.
Hasta ahora AMLO, controversial como es, en general había instrumentado una estrategia de polarización que le ha permitido impedir la debacle que incluso desde el PRD se pronosticó después de los escándalos iniciados en marzo de 2004. La polarización encontró su mejor expresión en la existencia de un presunto y real complot como espacio de atrincheramiento ante la rotunda evidencia de actitudes ilegítimas e ilegales en dos colaboradores del aspirante presidencial. Aquella habilidad parece haberse menguado considerablemente. Un ejemplo de ello podría ser la irritación que causó en el político tabasqueño, la abrumadora cobertura del fallecimiento del Papa y la consecuente minimización de la atención concedida a la muy relevante decisión de la Comisión Instructora de la Cámara de Diputados de enviar al pleno el dictamen a favor de su desafuero.
El descontento de AMLO con la cobertura periodística tiene cierta razón solo en el sentido de que el 100 por ciento de cobertura no hace justicia a que el 90 por ciento de la población mexicana es católica. Aunque “católica” significa también “universal” eso no autorizaría al privilegio concedido a la abrumadora extensión de los recursos desplegados para dar seguimiento al deceso de ese extraordinario y conservador personaje del siglo XX y principios del XXI. Cierto.
Sin embargo, la irritación doble de AMLO- generada por el encendido de la maquinaria para su desplazamiento de la disputa por la presidencia y, más que eso quizá, por el aplastamiento del inicio originalmente planeado para su estrategia mediática de defensa, podría tener un simple y sencilla origen. Este es, simultáneamente celestial y secular. AMLO no solo es parte de la minoría mexicana que prefiere el béisbol al fútbol sino que pertenece a otra minoría, esta vez, confesional:
Es protestante.
En esa condición su disposición a la crítica de “lo católico”, acreditada por su pertenencia a otro rito religioso podría ser el fundamento de su parcialmente justificada critica a la cobertura universalizante del fallecimiento del Papa. AMLO es amigo de la jerarquía diocesana en su proyecto pragmático de construcción de su candidatura. Ecumenismo y pragmatismo político son en su caso uno solo. Sin embargo, inevitablemente, en el caso de su crítica a la cobertura del fallecimiento de Juan Pablo II deja ver un nerviosismo y una irritación que un amplio sector de la sociedad no va a considerar bienvenida. Toda minoría debe ser plenamente respetada en sus derechos. Por otro lado, no hay razón mediática, política, “de campaña”, para que una minoría asuma como universales, a su vez, sus propios valores y desde ahí censure los valores de otra comunidad, particularmente si esa operación es visible ante la sociedad y puede ser articulada para el desplazamiento del más aventajado político protestante que tenemos en México.
Por Salvador Guerrero
Número 44
Andrés Manuel López Obrador merece toda nuestra atención como todos aquellos mexicanos que aspiran a la Presidencia de la República. Lo mismo puede decirse de sus afirmaciones y actitudes.
Se ha demostrado históricamente que el liderazgo político resulta frecuentemente de la polarización de la opinión pública. Sabemos que esa polarización a su vez es consecuencia de la movilización de emociones solo esporádicamente asociadas con “razones” y con alta frecuencia disociados de “razones” aceptables para la mayoría.
Hasta ahora AMLO, controversial como es, en general había instrumentado una estrategia de polarización que le ha permitido impedir la debacle que incluso desde el PRD se pronosticó después de los escándalos iniciados en marzo de 2004. La polarización encontró su mejor expresión en la existencia de un presunto y real complot como espacio de atrincheramiento ante la rotunda evidencia de actitudes ilegítimas e ilegales en dos colaboradores del aspirante presidencial. Aquella habilidad parece haberse menguado considerablemente. Un ejemplo de ello podría ser la irritación que causó en el político tabasqueño, la abrumadora cobertura del fallecimiento del Papa y la consecuente minimización de la atención concedida a la muy relevante decisión de la Comisión Instructora de la Cámara de Diputados de enviar al pleno el dictamen a favor de su desafuero.
El descontento de AMLO con la cobertura periodística tiene cierta razón solo en el sentido de que el 100 por ciento de cobertura no hace justicia a que el 90 por ciento de la población mexicana es católica. Aunque “católica” significa también “universal” eso no autorizaría al privilegio concedido a la abrumadora extensión de los recursos desplegados para dar seguimiento al deceso de ese extraordinario y conservador personaje del siglo XX y principios del XXI. Cierto.
Sin embargo, la irritación doble de AMLO- generada por el encendido de la maquinaria para su desplazamiento de la disputa por la presidencia y, más que eso quizá, por el aplastamiento del inicio originalmente planeado para su estrategia mediática de defensa, podría tener un simple y sencilla origen. Este es, simultáneamente celestial y secular. AMLO no solo es parte de la minoría mexicana que prefiere el béisbol al fútbol sino que pertenece a otra minoría, esta vez, confesional:
Es protestante.
En esa condición su disposición a la crítica de “lo católico”, acreditada por su pertenencia a otro rito religioso podría ser el fundamento de su parcialmente justificada critica a la cobertura universalizante del fallecimiento del Papa. AMLO es amigo de la jerarquía diocesana en su proyecto pragmático de construcción de su candidatura. Ecumenismo y pragmatismo político son en su caso uno solo. Sin embargo, inevitablemente, en el caso de su crítica a la cobertura del fallecimiento de Juan Pablo II deja ver un nerviosismo y una irritación que un amplio sector de la sociedad no va a considerar bienvenida. Toda minoría debe ser plenamente respetada en sus derechos. Por otro lado, no hay razón mediática, política, “de campaña”, para que una minoría asuma como universales, a su vez, sus propios valores y desde ahí censure los valores de otra comunidad, particularmente si esa operación es visible ante la sociedad y puede ser articulada para el desplazamiento del más aventajado político protestante que tenemos en México.