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View Full Version : Los hijos adolescentes de Europa



Bisonte
06-06-06, 08:26 PM
Los hijos adolescentes de Europa

Si a los mandatarios europeos les encantó la cumbre que celebraron con sus pares latinoamericanos en Viena fue por algo más que la presencia fugaz de la linda gualeguaychuense Evangelina Carozzo. A diferencia de lo que sucede cuando se encuentran con norteamericanos o asiáticos orientales, en aquella ocasión no tuvieron que defenderse contra quienes los tratan como políticos inútiles de países en decadencia que no sobrevivirán para ver el siglo XXII. Antes bien, pudieron darse el lujo de sermonear a los huéspedes, advirtiéndoles con unción de los peligros planteados por el populismo, la irresponsabilidad económica de quienes quieren emplear el petróleo y el gas como armas y los conflictos entre vecinos, además de manifestar su preocupación por los intentos regionales poco convincentes de remedar a la Unión Europea. Si bien Néstor Kirchner procuró sermonearlos cuando los acusó de exportar la contaminación ambiental del Viejo Mundo a las tierras impolutas del Nuevo, sus esfuerzos en tal sentido provocaron aún más extrañeza que la irrupción de Evangelina, ya que los antecedentes en la materia de su propio gobierno distan de ser impresionantes.
Las elites políticas europeas, pues, se sienten con derecho a mirar por encima del hombro a sus homólogas latinoamericanas. Las toman por inmaduras, por adolescentes que aún no han logrado valerse por sí mismas y que por lo tanto necesitan su ayuda paternal. Con todo, aunque no cabe duda de que por ahora los países prósperos de Europa aventajan por mucho a los de este lado del Atlántico en cuanto a la calidad de vida, la seguridad ciudadana, la educación, el desempeño económico y la solidaridad social, no es demasiado probable que la situación así supuesta se prolongue mucho más. Se alude con frecuencia a los "problemas estructurales" de la Argentina y de otras naciones latinoamericanas, pero son menores en comparación con los desafíos enfrentados por los europeos.
El desafío más alarmante tiene que ver con la demografía. Por motivos no muy claros que podrían estar vinculados con el colapso de la fe religiosa que daba un sentido a la vida y de confianza en la cultura propia, los europeos han perdido interés en reproducirse. Para que una población se mantenga estable, es necesario que cada mujer dé luz a por lo menos "2,1" hijos, pero hoy en día las españolas se conforman con 1,1 hijos cada una, las italianas y las rusas con 1,2 y las alemanas con 1,36, lo que significa que sin la inmigración masiva sus respectivos países se quedarán despoblados en la segunda mitad del siglo actual.
Conscientes de esta realidad, hasta hace poco los gobiernos europeos pensaban que les sería dado solucionar el problema abriendo las puertas a gentes oriundas de diversas partes del Tercer Mundo, en especial África y el Medio Oriente, con la esperanza de que andando el tiempo los inmigrantes aprovecharían una oportunidad para convertirse en buenos ciudadanos europeos, pero últimamente muchos se han dado cuenta de que el asunto no será tan fácil como imaginaban. Para su sorpresa, los inmigrantes mayormente musulmanes no quieren cambiar su fe por el agnosticismo hedonista favorecido por las elites nativas. Además, aunque sus hijos sí se rebelaron contra sus progenitores como ha sucedido siempre, al sentirse marginados algunos se declararían en guerra contra el resto de la sociedad en nombre del credo religioso ancestral, razón por la que los focos más amenazadores del islamismo militante ya no se encuentran en Afganistán o Arabia Saudita sino en los barrios de ciudades europeas como París, Londres -también conocida como "Londonistán"- y Hamburgo.
Se estima que en Europa ya hay más de veinte millones de musulmanes, de los que seis millones viven en Francia. Puede que hayan exagerado los que hablan de "Eurabia" y temen la "islamización" del continente, pero en vista de la aparente imposibilidad de integrar una minoría grande cuyos voceros autodesignados suelen ser agresivos y propensos a proclamar con fruición triunfalista que dentro de poco todos los europeos se verán obligados a someterse a los dictados inmisericordes de Alá, es de prever que los próximos años sean sumamente agitados, con más atentados terroristas y más revueltas como las de noviembre pasado cuando jóvenes de origen inmigratorio protagonizaron una especie de intifada primero en los suburbios de París y después en otras ciudades francesas.

Como es natural, a muchos europeos "nativos" no les gusta para nada lo que está ocurriendo. Aunque en un esfuerzo tardío por prevenir el avance de movimientos neofascistas los gobiernos de países como Francia, Alemania, Holanda y Dinamarca se han puesto a discriminar entre aquellos inmigrantes que en su opinión se dejarían asimilar y los que se aferrarían a las costumbres de sus países natales, a esta altura no hay mucho que puedan hacer para impedir que haya reacciones violentas contra los resultados menos felices de una estrategia inmigratoria que nunca contó con el apoyo de la mayoría de los europeos.
La convivencia entre las distintas comunidades que habitan Europa sería menos difícil si las economías europeas disfrutaran de salud excelente y por lo tanto pudieran asegurar a todos un empleo bien remunerado, además de estar en condiciones de financiar los costosos esquemas benefactores que se crearon después de la Segunda Guerra Mundial cuando parecía inconcebible que un día habría más jubilados que menores de edad. Sin embargo, en muchos países el crecimiento, cuando se da, es tan letárgico que se ha difundido la sensación de que los buenos tiempos ya se han ido para siempre. El espectro de la "argentinización" ronda por Italia, donde se calcula que entre el 2001 y el 2006 el nivel de vida se redujo el siete por ciento y la productividad cayó todavía más. En Francia la situación no es tan grave, pero la incapacidad reciente del gobierno del presidente Jacques Chirac de lograr una reforma modesta de la legislación laboral debido a la resistencia de los estudiantes universitarios sirvió para intensificar aún más el pesimismo imperante entre los ya convencidos de que ni su país ni otros de la Unión Europea podrán competir jamás con los Estados Unidos por un lado y, por el otro, con potencias emergentes como China y la India.
Como no pudo ser de otro modo, el desánimo que sienten tantos europeos cuando piensan en el porvenir de su parte del mundo está estimulando corrientes emigratorias. Por lo pronto, se trata de un fenómeno de elite, limitado a quienes tienen dinero. En la actualidad, entre 300.000 y 400.000 franceses, por lo común jóvenes de muy buena formación, viven en el Reino Unido donde les es más fácil abrirse camino que en su propio país, mientras que los Estados Unidos sigue siendo la meca de los más ambiciosos. Pero no sólo es cuestión de dinero y de oportunidades profesionales. Desde el asesinato por un islamista del cineasta Theo van Gogh en Ámsterdam en noviembre del 2004, muchos holandeses han decidido trasladarse a lugares más seguros en Australia, Canadá, Nueva Zelanda y los Estados Unidos.
Aunque la Argentina no figura en un sitio muy alto en la lista de destinos posible de los asustados por las profecías de quienes suponen que, por una combinación de esterilidad voluntaria, la inmigración masiva de comunidades que no son famosas por su tolerancia y la imposibilidad política de reformar un "modelo social" que está resultando cada vez menos sostenible, a Europa le aguarda un futuro negro, hay señales de que para algunos está resultando atractiva. Hace poco, se informó que europeos están comprando tantas propiedades en Buenos Aires que ayudan a aumentar los precios. Los motivos no son meramente especulativos: incluyen el deseo de contar con la opción de poder vivir en un país de perspectivas menos lúgubres que las vislumbradas por quienes temen que, luego de un período largo de tranquilidad insólita, Europa corra el riesgo de sufrir convulsiones autodestructivas equiparables con las de la primera mitad del siglo pasado.
Hace apenas cinco años, decenas de miles de jóvenes argentinos, persuadidos de que el país se hundía, acaso para siempre, hicieron cola frente a consulados europeos y agencias de turismo porque creían que las tierras de sus abuelos les serían más generosas. A menos que para asombro de muchos Europa consiga solucionar sus problemas más importantes, lo que en vista del bajón demográfico parece poco probable, las tendencias migratorias se revertirán. Así, pues, la Argentina, además de países como Chile, Uruguay y Brasil, podría estar por recibir una inyección mayúscula no sólo de sangre nueva sino también de conocimientos y capitales. ¿Sería capaz de aprovechar tal oportunidad en el caso de que se presentara? Siempre y cuando sus dirigentes actúen con sensatez, no debería serle demasiado difícil hacerlo. l

Por JAMES NEILSON | Ilustración: Pablo Temes.


http://www.noticias.uol.com.ar/edicion_1534/tesis.htm