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View Full Version : La transexual que casi me amó.



Lenon
19-08-11, 04:33 AM
(Extracto de un artículo que finalmente fue desestimado en la Revista)

Una larga historia que, por temor a aburriros, obviaré, terminó llevándome a Granada. Ciudad en la que acabé solo y sin dinero. Al caer la noche no puede hacer otra cosa que ir a un alberque para transeúntes regentado por Asuntos Sociales, donde me acogieron dos señoras de sonrisa sintética y voz impersonal. Una de ellas era bizca y fea, y la otra, aunque un poco más agradable a la vista, la observación detenida y pausada de sus turgencias mamarias y de sus sinuosas y sugerentes ondulaciones pélvicas no invitaba en absoluto a la exploración dactilar con fines no reproductivos.

Rápidamente, las asistentas me ubicaron en un cuarto amueblado con dos camas de litera y una pequeña mesa. De la pared colgaba un cuadro de San Judas Tadeo, patrón de las causas difíciles y desesperadas. Me asignaron el colchón superior de una de la camas. Justo debajo, en la misma cama, ubicaron a un jonki del que su aspecto andrajoso, desaliñado y desfasado, delataba un terrible deterioro personal, que se traducía en un cuerpo y una mente destrozados de tanta mierda como se había metido por la venas a lo largo de su vida. La litera de enfrente estaba ocupada por una libidinosa transexual en la parte de arriba, y un ladrón de poca monta en la de abajo. “De haber estado mi ex jefe hubiésemos montado el aquelarre perfecto”, me dije a mi mismo con amarga ironía. De la transexual puedo decir que casi con toda seguridad se había operado, pues en sus exuberantes carnes apenas quedaba ya algún vago vestigio de su pretérita, primigenia y errada masculinidad.

En cuanto nos acostamos advertí que el susodicho transexual me miraba de soslayo en tono más bien lascivo, sugerente y provocador; el ladrón, por su parte, no quitaba ojo de mi mochila. Pero lo peor de todo aconteció a continuación. Súbitamente, el jonki que había permanecido callado, casi en estado catatónico, rompió su silencio y corto ni perezoso comenzó a vociferar: “Esta noche tengo ganas de matar a alguien” ¡Dios, había salido de Guatemala y me había metido en Guatepeor! ¿Cómo podía quedarme dormido con tantos peligros acechándome a tan corta distancia? Más que un cuarto para dormir aquella habitación súbitamente se había convertido en un microcosmos que invitaba a seguir sufriendo. Incomprensiblemente y contra todo pronóstico, presa de una inconsciencia extraña en mí hasta el momento presente y de una negligencia absoluta, dejé caer la cabeza sobre la almohada y me quedé dormido como un tronco, a sabiendas de que el jonki podía matarme en cualquier momento, la transexual podía meterse entre mis sábanas y el ladrón podía quitarme las pocas pertenencias que portaba en la mochila. Pero, ¿qué le importaba nada de todo eso a aquel cuya consciencia había quedado suspendida en un dulce y regenerador sueño? ¿No es acaso el sueño una muerte discontinua? Gracias a Dios no fue así como puede comprobar a eso de las tres de la madrugada cuando un alarido de dolor, un aullido lastimero, un berrido inconsolable, un grito compungido y amargo, emitido por las cuerdas vocales del ladrón, me despertó. Sobresaltado y patidifuso, la escena que presencié insitu fue la siguiente: la transexual finalmente eligió las sábanas del ladrón y yacía bajo ellas como su madre la trajo al mundo; el jonki por su parte, enajenado y fuera de sí, había asestado una certera puñalada al pie izquierdo del ladrón en cuanto éste bajo la guardia abrumado por los curvilíneos encantos y la boca penedinámica de la transexual. Ocurrió lo mejor para mí, lo que me eximio y libró de todos los peligros acechantes: El ladrón como buen amigo de lo ajeno al final se había quedado con todo: sexo transexualico con puñalada incluida. Situación que me había permitido dormir a pierna suelta durante varias horas tras muchas semanas de insomnio y sueño agitado. Ciertamente la realidad supera la ficción en la mayoría de las ocasiones. Quedaba claro y patente que, descartado el jonki a tenor de su estado de demencia absoluta, la tranxesual se encontró inmersa en la tesitura y la difícil disyuntiva de elegir para su goce corporal entre tan sólo los dos subespecimenes de la raza humana urbanita y asfáltica que quedaban en la habitación: el ladrón y yo. Casualmente y por suerte para ella, ambos de genero masculino. Mi subsiguiente y pronta defenestración en la elección de compañero precoital en favor del ladrón obedeció a la aplicación de estrictos criterios de pragmatismo y economía, aplicados con celeridad por la transexual, que prevalecieron en todo momento en detrimento mio y la empujó a decidirse por el amigo de lo ajeno, entendiendo que, a la postre, éste podría ofrecerle una vida mucho más azarosa, trepidante, intrépida, disoluta, divertida y holgada que la de un tipo como yo que de forma fortuita e imprevista había aparecido a última hora en la habitación muy ligero de equipaje y abrumado de estrés, y que, en el fondo, sólo deseaba disolverse entre la multitud granadina y hundir su ser en el más profundo anonimato y olvido. Un falacia lógica al fin y al cabo, pero ¡qué le vamos a hacer!, muchas personas gustan de engañarse a sí misma, cosa que en este caso a mi me vino bastante bien porque me exoneró de una relación no buscada que me hubiese obligado a reconsiderar y revisar todos y cada uno de mis prejuicios y cánones sexuales.

Presté declaración a la policía en calidad de testigo ocular de lo ocurrido, aunque no tan ocular como podría parecer a primera vista, ya que un dulce sueño me mantuvo al margen de lo acontecido tal y como expliqué a uno de los agentes. Seguidamente di dos besos a la transexual que se encontraba muy nerviosa tras el incidente. Besos a los que ella correspondió muy gentilmente a la vez que anotó su número de teléfono en una de las correas de mi mochila. Cargué mi mochila a la espalda y me marché de allí. Mi mayor deseo consistía en caminar por aquellas calles de mi juventud exclusivamente acompañado de mi nueva compañera la soledad y de nadie más.