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View Full Version : ˇLarga vida a la reina!



Spiderman
19-10-05, 05:23 PM
Por Erika Rivero Almazán

La mesa dejó de reír.

Olivier tenía a escasos centímetros dos protuberancias entalladas por una delgada tela dorada que, aparte de revelar su forma con toda fidelidad, un zigzag de piel al descubierto remataba la obviedad de lo obvio.

¿Qué era eso?

¿Un reto?, ¿una provocación?

Los amigos, tres franceses, dos ingleses y nosotros, dos mexicanos, nos miramos a los ojos buscando una explicación de aquel desplante. No la había.

La joven mostraba su atractivo enhiesto con sus dos brazos en la cintura, sacando la cadera y sonriendo triunfante, enfundada en sus pantalones vaqueros ajustados y un sombrero de ¿cowboy?

Los segundos parecieron eternos... la sonrisa del grupo se copió en nuestros rostros como una careta emergente: las mujeres, incómodas y molestas, agraviadas. Los hombres encantados, embelesados pero nerviosos... por sus mujeres incómodas, molestas y agraviadas.

Ya digerida la provocación, nos dimos cuenta que era parte del grupo de meseros del local de moda en donde estábamos pasando una gratísima velada, cuya misión era expresamente la de vender tequila.

Como si fuera la heroína en una película de Clint Eastwood o de los hermanos Almada, sacó un caballito del cinto y sin preguntarle a Olivier, el único soltero del grupo, le rellenó el vaso con una bebida cobriza, turbulenta. Parecía todo menos tequila.

Me sentí doblemente agraviada.

La cortesía y los ademanes de buen caballero francés impidieron a Olivier negarse.

La astuta mujer siguió su infalible procedimiento de venta ahora con el inglés, dándole como elementos distractores los dorados deseos mientras le servía aquella bebida. El inglés no sonrío, pero tampoco se negó. No sabía que hacer. (Y luego dicen que no es cierto que todos los hombres son iguales).

La mujer le coqueteaba, oscilaba a propósito sus atractivos y casi estuvo a punto de rozarle la nariz.

Era obvio que la cowboy-ranchera estaba llegando demasiado lejos... La francesa, la inglesa y su servidora detectamos el peligro, lo dejamos correr, pero esto era una afrenta imperdonable.

La flema británica reaccionó con determinación.

Tomó el caballito y se lo entregó a la joven con movimiento de cabeza. Sin perder la compostura de toda dama británica, su gesto adusto y severo era más que elocuente. Directa y sin palabras.

Pero la vaquerita-ranchera resultó respondona. Ofendida porque otra jineta la tiró del caballo, rechazó el vaso, y se aferró a su silla de montar. Ella era la reina de la faena.

Fue entonces que la flema británica reaccionó con toda su furia.

La británica entonces, volteó el vaso con lentitud y dejó correr el brebaje.
La guerra estaba declarada.

Silencio.

Los hombres a un lado.

Esto era la batalla entre lugareñas y extranjeras.

Con una sonrisa, ahora cínica, la pinche vaquerita sirvió, con toda la fiesta de una gatita en celo, la siguiente bebida. Afortunadamente para mi fue para el francés. Su mujer, blanquísima y pecosa, estaba roja como un semáforo en alto. Estaba a punto de actuar. No sé que iba ha hacer, pero yo, solidaria, la iba a apoyar. Iba a demostrar que las mexicanas nunca nos rajamos. Faltaba más.

Pero no fue necesario. La sangre inglesa, herencia de la fiereza pirata, se nos adelantó.

Tomó el caballito y se lo arrojó en la cara.

El disfraz de cowboy de quinta se evaporó y la mujer mostró sus dientes apretados, herencia de su ímpetu selvático.

Los comensales de las mesas contiguas, la mayoría viajeros, ignoraron los sones del grupo musical y no perdieron el hilo de nuestra guerra de sexos.
No sé que iba a hacer la vaquera, pero no lo hizo.

Decenas de miradas de féminas ofendidas, solidarias por nuestra causa, recayeron con odio jarocho sobre la intrusa.

Todas contra una.

Tuvo que retirarse. No sin antes asegurarse que el movimiento de su trasero pescara la mirada del resto de los hombres. Era su venganza.
Los hombres todavía no sabían a ciencia cierta que había ocurrido (para variar). :D

Las risas volvieron a la mesa y la plaza volvió a recuperar su aire romántico nocturno.

La paz había vuelto. Nosotras brindamos por nuestra complicidad victoriosas.

Tuve que modificar la impresión que tenía de los ingleses. ¡Long live the Queen!