Pedro Navajas
10-02-09, 06:14 PM
El pederasta y sus protectores
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Martes, 10 Febrero, 2009
Me puedo imaginar la escena: un viejo de 68 años, con una niña de 15. A ella le han hecho creer que él es un santo, casi un Dios. El sexagenario la llama a su cuarto, con cualquier pretexto y allí la convence de que necesita penetrarla, por el bien de Dios o de la Iglesia, o simplemente la penetra por la fuerza. Ni siquiera usó un condón para protegerla de un posible embarazo. Quizás porque él, además de todo, es un irresponsable. Quizás porque la Santa Madre Iglesia lo prohíbe. El acto es abominable, ominoso, despreciable, criminal. Podría seguir con los adjetivos, pero no tiene sentido. Para mí, la evidencia existente antes de que se conocieran estos hechos, ya era apabullante. Lo que hizo hace 20 años no es más que la repetición de lo que le hizo a otros pobres muchachos y probablemente a muchos y muchas más que no se atrevieron a denunciarlo.
El vocero de los Legionarios se atrevió a decir que “lo que haya sucedido queda entre él y Dios y el juicio misericordioso de Dios, así que vamos a dejarlo hacerse cargo del asunto”. Más allá de que un mínimo de coherencia supondría que, si todo se lo dejamos a Dios, ahora ningún miembro de los Legionarios tiene derecho a juzgar a otra persona por lo que hizo, lo cierto es que sería la mejor manera para ellos de deslindarse de su propia responsabilidad. Me parece que, por el contrario, la jerarquía católica y los dirigentes de la Legión de Cristo tienen que entender que el problema es institucional, no sólo de una persona. Han favorecido una cultura de la obediencia ciega, del apego a los bienes materiales, del culto a la personalidad, de la doble moral, de la hipocresía fariséica, dejándole poco espacio al cristianismo.
¿Por qué nadie metió a la cárcel a este conocido pederasta? ¿Por qué la impunidad? La respuesta es simple y aterradora: porque hubo muchos que se negaron a ver la evidencia y otros que, conociéndola, la ignoraron o la ocultaron y encubrieron a tan siniestro personaje. Que no quepa la menor duda: estas personas fueron cómplices de dichos actos y deberían ser castigadas, tanto por las leyes eclesiales como por las civiles. Era muy fácil señalar a sus víctimas, luego acusadores, como enemigos de la Iglesia o de la Legión de Cristo. Cubiertos bajo el manto de la religión o de altos puestos de autoridad, quienes sabían de los crímenes de Marcial Maciel lo protegieron de muchas maneras. Como con tantos otros sacerdotes pederastas, muchos antepusieron la institución eclesial a las personas, a las víctimas. Que nadie se engañe: si los dirigentes de la Legión admitieron públicamente “la doble vida” de su fundador, no fue por un afán de justicia ni mucho menos para pedir perdón a las muchas víctimas, fue para limitar los daños en la orden religiosa.
La lista de los encubridores debe ser larga y podría llegar hasta las más altas esferas de la Iglesia. Es simplemente imposible que un hombre como Maciel haya hecho lo que hizo durante tantos años, sin que más de alguno se enterara. Se requiere que muchos hombres y mujeres guarden un silencio cómplice. Es claro que Benedicto XVI, desde que tomó control en el Vaticano, e incluso antes de su ascenso a la silla pontificia, tomó decisiones encaminadas a aislar y castigar al fundador de los Legionarios.
Desafortunadamente, no se puede decir lo mismo de Juan Pablo II, quien durante todo su pontificado arropó a Marcial Maciel. Quizás algún día sabremos si el Papa Karol Wojtyla también fue engañado por otros, o si, estando consciente de los crímenes de Maciel, prefirió ocultarlos, “por el bien de la Iglesia”. Sería una buena razón para que su propia causa de beatificación se detuviera. Debajo de él, sin embargo, hubo muchos funcionarios de la Curia romana que seguramente tuvieron mucha información en sus manos. Dentro de la Legión el número de personas que sabían lo que estaba sucediendo tenía que ser alto. El hombre ni estaba solo ni podía hacer lo que quería sin la ayuda de otros.
Pero la lista no se agota allí. Sigue con todos aquellos que, por complicidad ideológica o por ceguera, apoyaron económica y políticamente a Maciel. Me refiero a los empresarios que, cuando se comenzó a saber la verdad, trataron de impedir a toda costa que ésta se develara. Esos que bloquearon a muchos medios de comunicación y trataron de amordazar a periodistas o a sus empresas para que no divulgaran los crímenes del viejo pederasta. Y atrás de ellos están muchos políticos que se aliaron al fundador de los legionarios porque vieron en él al hombre de poder en la Iglesia. Todos ellos, inmersos en nuestra cultura de la impunidad y el encubrimiento, prefirieron cerrar los ojos y voltear la mirada ante los crímenes de Maciel.
No estamos entonces frente a las fechorías de un hombre que con su muerte elimina la posibilidad de justicia en este mundo. Estamos frente a una institución que debería asumir su responsabilidad en estos hechos y ante muchas personas que, en conciencia, ahora no podrán decir que no sabían. Todos estos encubridores quisieran que el asunto terminara con la muerte y la condena de Maciel. Pero esto no podrá terminar realmente hasta que sus encubridores y protectores pidan perdón a las víctimas, expíen sus culpas, paguen sus crímenes y transformen a la institución que les permitió cometerlos.
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Martes, 10 Febrero, 2009
Me puedo imaginar la escena: un viejo de 68 años, con una niña de 15. A ella le han hecho creer que él es un santo, casi un Dios. El sexagenario la llama a su cuarto, con cualquier pretexto y allí la convence de que necesita penetrarla, por el bien de Dios o de la Iglesia, o simplemente la penetra por la fuerza. Ni siquiera usó un condón para protegerla de un posible embarazo. Quizás porque él, además de todo, es un irresponsable. Quizás porque la Santa Madre Iglesia lo prohíbe. El acto es abominable, ominoso, despreciable, criminal. Podría seguir con los adjetivos, pero no tiene sentido. Para mí, la evidencia existente antes de que se conocieran estos hechos, ya era apabullante. Lo que hizo hace 20 años no es más que la repetición de lo que le hizo a otros pobres muchachos y probablemente a muchos y muchas más que no se atrevieron a denunciarlo.
El vocero de los Legionarios se atrevió a decir que “lo que haya sucedido queda entre él y Dios y el juicio misericordioso de Dios, así que vamos a dejarlo hacerse cargo del asunto”. Más allá de que un mínimo de coherencia supondría que, si todo se lo dejamos a Dios, ahora ningún miembro de los Legionarios tiene derecho a juzgar a otra persona por lo que hizo, lo cierto es que sería la mejor manera para ellos de deslindarse de su propia responsabilidad. Me parece que, por el contrario, la jerarquía católica y los dirigentes de la Legión de Cristo tienen que entender que el problema es institucional, no sólo de una persona. Han favorecido una cultura de la obediencia ciega, del apego a los bienes materiales, del culto a la personalidad, de la doble moral, de la hipocresía fariséica, dejándole poco espacio al cristianismo.
¿Por qué nadie metió a la cárcel a este conocido pederasta? ¿Por qué la impunidad? La respuesta es simple y aterradora: porque hubo muchos que se negaron a ver la evidencia y otros que, conociéndola, la ignoraron o la ocultaron y encubrieron a tan siniestro personaje. Que no quepa la menor duda: estas personas fueron cómplices de dichos actos y deberían ser castigadas, tanto por las leyes eclesiales como por las civiles. Era muy fácil señalar a sus víctimas, luego acusadores, como enemigos de la Iglesia o de la Legión de Cristo. Cubiertos bajo el manto de la religión o de altos puestos de autoridad, quienes sabían de los crímenes de Marcial Maciel lo protegieron de muchas maneras. Como con tantos otros sacerdotes pederastas, muchos antepusieron la institución eclesial a las personas, a las víctimas. Que nadie se engañe: si los dirigentes de la Legión admitieron públicamente “la doble vida” de su fundador, no fue por un afán de justicia ni mucho menos para pedir perdón a las muchas víctimas, fue para limitar los daños en la orden religiosa.
La lista de los encubridores debe ser larga y podría llegar hasta las más altas esferas de la Iglesia. Es simplemente imposible que un hombre como Maciel haya hecho lo que hizo durante tantos años, sin que más de alguno se enterara. Se requiere que muchos hombres y mujeres guarden un silencio cómplice. Es claro que Benedicto XVI, desde que tomó control en el Vaticano, e incluso antes de su ascenso a la silla pontificia, tomó decisiones encaminadas a aislar y castigar al fundador de los Legionarios.
Desafortunadamente, no se puede decir lo mismo de Juan Pablo II, quien durante todo su pontificado arropó a Marcial Maciel. Quizás algún día sabremos si el Papa Karol Wojtyla también fue engañado por otros, o si, estando consciente de los crímenes de Maciel, prefirió ocultarlos, “por el bien de la Iglesia”. Sería una buena razón para que su propia causa de beatificación se detuviera. Debajo de él, sin embargo, hubo muchos funcionarios de la Curia romana que seguramente tuvieron mucha información en sus manos. Dentro de la Legión el número de personas que sabían lo que estaba sucediendo tenía que ser alto. El hombre ni estaba solo ni podía hacer lo que quería sin la ayuda de otros.
Pero la lista no se agota allí. Sigue con todos aquellos que, por complicidad ideológica o por ceguera, apoyaron económica y políticamente a Maciel. Me refiero a los empresarios que, cuando se comenzó a saber la verdad, trataron de impedir a toda costa que ésta se develara. Esos que bloquearon a muchos medios de comunicación y trataron de amordazar a periodistas o a sus empresas para que no divulgaran los crímenes del viejo pederasta. Y atrás de ellos están muchos políticos que se aliaron al fundador de los legionarios porque vieron en él al hombre de poder en la Iglesia. Todos ellos, inmersos en nuestra cultura de la impunidad y el encubrimiento, prefirieron cerrar los ojos y voltear la mirada ante los crímenes de Maciel.
No estamos entonces frente a las fechorías de un hombre que con su muerte elimina la posibilidad de justicia en este mundo. Estamos frente a una institución que debería asumir su responsabilidad en estos hechos y ante muchas personas que, en conciencia, ahora no podrán decir que no sabían. Todos estos encubridores quisieran que el asunto terminara con la muerte y la condena de Maciel. Pero esto no podrá terminar realmente hasta que sus encubridores y protectores pidan perdón a las víctimas, expíen sus culpas, paguen sus crímenes y transformen a la institución que les permitió cometerlos.