Atila
11-09-05, 06:21 PM
LA LÓGICA PERVERSA DE CHILE (http://www.latercera.com/medio/articulo/0,0,3255_5714_159162220,00.html)
Roberto Ampuero
Fecha edición: 11-09-2005
En una impactante entrevista publicada en el anterior Reportajes, el destacado físico chileno Claudio Bunster, hasta hace poco considerado hijo del dirigente comunista Volodia Teitelboim, narró el tardío descubrimiento que hizo de su padre biológico, el diplomático Alvaro Bunster, ya fallecido. Según el científico, su madre, militante comunista, y Volodia, su esposo entonces, ocultaron la verdadera paternidad para no desprestigiar al político ni al partido. Su padre biológico tampoco reveló la verdad. Claudio atribuye al estalinismo haber vivido 57 años ignorando su origen. Jamás enjuicio decisiones que pertenecen al ámbito privado, pero en este caso, hecho público, me atrevo a sostener que la mentira histórica que sufrió Claudio no se debió sólo al estalinismo criollo, sino también al conservadurismo político-religioso de este país.
Sospecho que lo que se da en el Chile de los 40 y 50 del siglo pasado es una curiosa conjunción entre la concepción estalinista del ser humano, de su misión y del papel de la mujer y la familia, por un lado, y la concepción católica sobre estos tópicos, por otro. Ambas visiones se coludieron, sin proponérselo, para oprimir como una pinza el destino de Claudio Bunster. Aunque resulte paradójico, un dogma reforzó al otro, complementándose, creando el clima propicio para el ocultamiento de la paternidad extramatrimonial. En Chile este ocultamiento es alimentado a menudo por la inquietud por la herencia familiar y también por la concepción de la indisolubilidad del matrimonio. Es innegable que el estalinismo fue un régimen perverso y criminal, pero no podemos caer en la ingenuidad de pensar que la paternidad negada constituye en Chile su aporte. En este país abundan los niños que ignoran la identidad de su padre o cuya paternidad se mantiene en secreto por razones no siempre políticas, y esto ocurre también en hogares muy cristianos. Que esto constituye un drama anterior a Stalin lo demuestran numerosas novelas latinoamericanas del, XIX, basta con mencionar a "Martín Rivas" y "Cecilia Valdés", o recordar el origen de nuestro Padre de la Patria. En rigor, el ocultamiento de la paternidad es un fenómeno generalizado: si uno ve telenovelas latinoamericanas, la mayor exportación cultural regional, constata de inmediato que su tema predilecto es el de la paternidad oculta y recobrada, que se expresa en la odisea de una muchacha o un muchacho pobre que descubre que su padre es millonario, o en la de una mujer u hombre rico que descubre que su padre es un pordiosero. Aristóteles, en su "Poética", habla ya de la anagnóresis, que en las obras teatrales griegas es el descubrimiento de la verdad.
La moral según Stalin
Es esencial recordar la atmósfera alrededor de 1948, cuando nace Claudio, para entender lo que afirmo. Hitler había sido derrotado, el mundo se dividía entre comunismo y capitalismo, y Stalin regía con represión extrema la Unión Soviética y se proponía la construcción del "hombre nuevo". Si bien conocemos los valores que el catolicismo predica en Chile sobre la pareja, el matrimonio y los hijos, ignoramos los del estalinismo, que los comunistas chilenos seguían como auténtico catecismo. Y ahí nos encontramos con un panorama portentoso. Gail Lapidus, experto en asuntos de género durante el estalinismo, afirma que la industrialización y la colectivización forzadas de la URSS obligaron a Josef Stalin, a partir de 1936, a impulsar el rol ruso tradicional de la mujer como elemento estabilizador de una sociedad en caos, a fomentar la natalidad intramatrimonial aceleradamente, a abolir el aborto a menos que el embarazo representase riesgo mortal para la mujer, a proteger la estabilidad matrimonial, eliminar la educación mixta en 1943 para subrayar la diferencia de sexos y enseñar a las niñas labores de hogar y ciencias domésticas, y a imponer, en julio de ese año, el Edicto Familiar que estableció severas restricciones al divorcio. "Más aún", sostiene Lapidus en el libro "Stalinism", Stalin "llegó incluso a proteger la santidad del matrimonio eliminando todo reconocimiento a matrimonios no inscritos", y estableció por primera vez en la revolución "la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos". Además, la legislación estalinista señalaba en forma draconiana: "La mujer tendrá que cargar por su cuenta con las consecuencias de las relaciones extramaritales". Resulta sorprendente constatar la coincidencia que se da entonces entre las visiones comunista y eclesiástica con respecto a estos temas esenciales, y que terminaron por preparar el ambiente ideal para que desde la izquierda y la derecha el drama de Claudio Bunster fuese silenciado "por razones superiores". No justifico acciones con esto, sólo quiero recordar el ambiente cultural criollo para evitar que muchos rasguen vestiduras desde la otra orilla. A menudo olvidamos que Stalin liquidó las ideas modernas pregonadas por la revolución rusa sobre amor, emancipación femenina, paternidad y la familia, muchas de las cuales pertenecen hoy al acervo europeo occidental.
Sabemos que el estalinismo fue una dictadura totalitaria que implicó campos de trabajo forzado, represión, asesinatos masivos, terror, 20 millones de muertos y el control de los militantes del partido de Josef Stalin y también de los partidos "hermanos" en el mundo. El partido chileno, aliado férreo del soviético, practicó el estalinismo, se orientó por él y lo aplicó a su militancia. Sin embargo, cuando se responsabiliza a instituciones o circunstancias históricas por ciertos hechos me surge la interrogante de si los individuos afectados tuvieron alguna posibilidad de resistir. ¿Era posible hallar un espacio de libertad? En otras palabras, ¿cuán atados estaban los comunistas chilenos de la época estalinista (1928-53) a los dictados de Moscú si vivían en un país situado a miles de kilómetros de la URSS? ¿Amenazaban a estos militantes, residentes de Santiago o Viña, las mismas represalias que a quienes vivían entonces en las tétricas Moscú y Stalingrado? En la película alemana "Der Untergang" (La Caída), que aborda magistralmente la última semana de Adolfo Hitler en su búnker de Berlín, en 1945, al terminar la parte ficticia del filme la ex secretaria del Führer confiesa algo clave: siempre había creído que era imposible oponerse al régimen omnipotente. Sin embargo, en la posguerra vio una placa en honor a Sophie Scholl, alemana de la resistencia, guillotinada a los 20 años. La lápida la hizo sentirse culpable, pues demostraba que, a pesar del terror, gente se había atrevido a luchar contra Hitler. Scholl, estudiante de Biología en Munich, emerge como un ser de valentía supraterrenal, más aún si se recuerda que no lejos de allí el actual Papa Benedicto XVI, menor que Sophie Scholl, vestía el uniforme de la Juventud Hitleriana.
Tradición nacional
No olvidemos que en Chile existe también, desde antes del estalinismo, la tradición, ya por fortuna en retirada, de ocultar a los hijos con deficiencia mental. Ellos desaparecen de la historia familiar, de la memoria de la tribu, como diría José Donoso, cuyas novelas hablaban de oscuras casonas en ruinas en donde también se hacía espúreo el origen de niños. No se sabía si eran de la empleada y su marido, de la empleada y el dueño de casa, o de la empleada y un hijo del dueño de casa, y algo similar ocurría en los fundos. Se da una confluencia entre la tradición comunista, que antepone a la realidad una idealización del "hombre nuevo", y la tradición religiosa, que echa candado a los matrimonios como si no existiesen la infidelidad ni la muerte del amor. Visiones normativas idealizadas, impuestas desde el dogma, dictan al final la vida individual, y crean imposiciones que muchos aceptan por temor o conveniencia, aunque violen sus preferencias íntimas y sus posibilidades de felicidad.
Son imposiciones de esta naturaleza, por lo demás, las que permiten y justifican a la larga la discriminación de minorías. Los comunistas no aceptaban a homosexuales en sus filas, a los que consideraban depravados, y la Iglesia Católica tampoco acepta como sacerdotes a homosexuales, a menos que sean platónicos. Stalin liquidó a millares de homosexuales, y Fidel Castro construyó en los 60 campos de trabajo forzado, la Umap, para ellos. Al final, los comunistas homosexuales, para no ser descubiertos, preferían casarse. En iglesias vemos cómo sacerdotes que reprimen su preferencia homosexual, terminan viviendo una existencia clandestina, que despierta escándalo al quedar al descubierto. Curiosamente ambas concepciones condenan seriamente la lujuria y promueven el matrimonio heterosexual, la reproducción y la fidelidad al dogma, y nominan a individuos portadores del dogma para que, en nombre de la institución, salven la relación de pareja. Basta con echarle una mirada a novelas y películas comunistas de las décadas del 40 y 50, pleno auge del stalinismo, para notar que los héroes son soldados heterosexuales disciplinados, dispuestos a dar la vida por la patria y Stalin, convencidos de la justeza de su fe y absolutamente fieles, al igual que sus mujeres. Nunca encontramos una figura positiva adúltera, menos una que engaña a su marido en el frente teniendo un hijo con otro, esa conducta no cuajaba con la moral de un comunista, sino con la de un contrarrevolucionario, con un burgués, que sí tiene queridas y desviaciones sexuales, o bien con un traidor. La moral comunista, según el arte y la literatura normativos de esa época, demanda casarse, ser fiel y tener hijos, por cuanto el comunista es el hombre nuevo y el modelo para el futuro de la humanidad. No hay lugar para la violación de estos principios, no hay lugar para el pecado.
Llama la atención que mientras la cultura soviética y de otros países socialistas imponían esta imagen canónica del comunista, la revolución cubana rompe con esta perspectiva. Con la llegada de Fidel Castro y los barbudos al poder, que bajan de la Sierra Maestra en 1959 con "El Capital", de Marx, en la mochila, escapularios al pecho y la santería en el alma, se difunde una visión machista y polígama del héroe. Este ya no está definido por su fidelidad a una familia nuclear, por el deseo de casarse y tener hijos para la revolución, sino por su conciencia revolucionaria internacionalista, su lealtad a Fidel y su disposición a cumplir con las tareas que la revolución le encomiende. La liberalización viene de lo más alto: el máximo líder jamás ha asistido a gira oficial con su esposa ni ha recibido con ella a altos dignatarios, es más, casi nadie la conoce. Según los rumores, el líder tiene en Cuba innumerables viviendas y más de una docena de hijos con diferentes mujeres. El divorcio tarda allá cuestión de días, la paternidad se inscribe con independencia del estado civil de los padres, hay más divorcios que casamientos, en fin, la revolución estableció condiciones que, mientras no perjudiquen a un jerarca de gran influencia, hacen imposible el ocultamiento de la paternidad mediante recursos legales.
Los "hijos de la chingada"
En "El laberinto de la soledad", Octavio Paz afirma que simbólicamente los latinoamericanos somos hijos de la "chingada", es decir, nacimos como continente de la violación que el conquistador comete contra la indígena. Nacimos, en el fondo, sin padre conocido, sostiene Paz. "La chingada", dice el intelectual mexicano, "es la madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El "hijo de la chingada" es el engendro de la violación, del rapto o la burla". Y agrega: "Estamos solos. La soledad, fondo de donde brota la angustia, empezó el día en que nos desprendimos del ámbito materno y caímos en un mundo extraño y hostil. Hemos caído: y esta caída, este sabernos caídos, nos vuelve culpables. ¿De qué? De un delito sin nombre: el haber nacido". "La cuestión del origen", continúa, "es el centro secreto de nuestra ansiedad y angustia".
Hace unos años, cuando intenté regresar a Chile tras decenios fuera y quise matricular a mis hijos en un buen colegio, con mi mujer quedamos atónitos: en lugar de los certificados de notas de Estados Unidos de nuestros niños, nos exigieron -colegios cercanos a iglesias- nuestros certificados de matrimonio religioso y los de bautizo y Primera Comunión de los niños. Estamos casados por la iglesia y el civil, y nuestros niños bautizados, pero nos pareció inquisitorial este criterio de instituciones que dicen ser cristianas. No les interesaba el rendimiento de nuestros hijos, sino la legitimidad de su origen. Al igual que un comunista de la era estaliniana, no desean niños de origen "espúreo" ni "pagano", pues podrían afectar la imagen institucional. ¡Qué cosa más monótona y discriminatoria un colegio donde todos han de ser católicos y estar bautizados! ¿No sería más productivo que hubiese al menos allí un judío, un musulmán, un budista, un hindú, un ateo o un agnóstico, o un hijo de madre soltera o divorciada, o de pareja del mismo sexo? Por eso no hay que rasgar vestiduras en Chile con el drama de Claudio Bunster. En este país siguen imponiéndose formas de pensar, estructuras, valores y justificaciones dogmáticas que marginan, discriminan y propenden a ocultar, por lo mismo, verdades; verdades como las del origen de la persona. Niños nacidos fuera de matrimonio no pueden acceder a muchos colegios, colegios que hoy tal vez rechazarían incluso a Cristo, alegando que en verdad no es hijo del esposo de su madre.
¿Que si existe hoy esa tenebrosa comisión de cuadros de la que habla Claudio? No lo sé, pero en mi época, y subrayo que yo renuncié en 1976 y en La Habana a la Juventud Comunista, esa instancia era llamada "comisión de cuadros y marruecos", porque se inmiscuía hasta en la vida sexual y marital de los militantes. El encargado de esa instancia, en caso de crisis o infidelidades en la pareja comunista, intentaba buscar una solución o sancionaba, tal como ocurre en muchas iglesias. ¿Que si sufrí los efectos de la comisión? Claro, en la Habana, precisamente, y las describí en "Nuestros años verde olivo". Fue esa comisión la que me prohibió durante un año reintegrarme a la JJCC por haber salido de Chile sin consultar ¡en diciembre de 1973! al comité central; la misma que en 1975 me prohibió viajar a Belgrado para ver a mis padres, que en Chile no sabían nada de mí. ¿La razón? "Es época de luchar contra la dictadura y no de turistear". Es la misma que en 1976 me impidió abandonar Cuba, donde no tenía techo, libreta de racionamiento ni empleo, para irme a Dresden, donde me esperaba un trabajo. ¿La razón? ¡Un comunista no puede dejar la isla de Fidel! Es la misma comisión que hoy les prohíbe a los militantes leer mis novelas.
En fin, creo que cumplí lo que me propuse con estas líneas: no enjuiciar las decisiones de personas sobre su vida privada, pero brindar una panorámica de la época en que se fraguó un engaño cruel. Sólo me permito discrepar en una cosa con Claudio Bunster: todo eso no fue fruto de una lógica perversa del estalinismo o la Guerra Fría, sino de una lógica perversa de Chile, una lógica que aún existe y sigue cobrando a diario sus víctimas.
Roberto Ampuero
Fecha edición: 11-09-2005
En una impactante entrevista publicada en el anterior Reportajes, el destacado físico chileno Claudio Bunster, hasta hace poco considerado hijo del dirigente comunista Volodia Teitelboim, narró el tardío descubrimiento que hizo de su padre biológico, el diplomático Alvaro Bunster, ya fallecido. Según el científico, su madre, militante comunista, y Volodia, su esposo entonces, ocultaron la verdadera paternidad para no desprestigiar al político ni al partido. Su padre biológico tampoco reveló la verdad. Claudio atribuye al estalinismo haber vivido 57 años ignorando su origen. Jamás enjuicio decisiones que pertenecen al ámbito privado, pero en este caso, hecho público, me atrevo a sostener que la mentira histórica que sufrió Claudio no se debió sólo al estalinismo criollo, sino también al conservadurismo político-religioso de este país.
Sospecho que lo que se da en el Chile de los 40 y 50 del siglo pasado es una curiosa conjunción entre la concepción estalinista del ser humano, de su misión y del papel de la mujer y la familia, por un lado, y la concepción católica sobre estos tópicos, por otro. Ambas visiones se coludieron, sin proponérselo, para oprimir como una pinza el destino de Claudio Bunster. Aunque resulte paradójico, un dogma reforzó al otro, complementándose, creando el clima propicio para el ocultamiento de la paternidad extramatrimonial. En Chile este ocultamiento es alimentado a menudo por la inquietud por la herencia familiar y también por la concepción de la indisolubilidad del matrimonio. Es innegable que el estalinismo fue un régimen perverso y criminal, pero no podemos caer en la ingenuidad de pensar que la paternidad negada constituye en Chile su aporte. En este país abundan los niños que ignoran la identidad de su padre o cuya paternidad se mantiene en secreto por razones no siempre políticas, y esto ocurre también en hogares muy cristianos. Que esto constituye un drama anterior a Stalin lo demuestran numerosas novelas latinoamericanas del, XIX, basta con mencionar a "Martín Rivas" y "Cecilia Valdés", o recordar el origen de nuestro Padre de la Patria. En rigor, el ocultamiento de la paternidad es un fenómeno generalizado: si uno ve telenovelas latinoamericanas, la mayor exportación cultural regional, constata de inmediato que su tema predilecto es el de la paternidad oculta y recobrada, que se expresa en la odisea de una muchacha o un muchacho pobre que descubre que su padre es millonario, o en la de una mujer u hombre rico que descubre que su padre es un pordiosero. Aristóteles, en su "Poética", habla ya de la anagnóresis, que en las obras teatrales griegas es el descubrimiento de la verdad.
La moral según Stalin
Es esencial recordar la atmósfera alrededor de 1948, cuando nace Claudio, para entender lo que afirmo. Hitler había sido derrotado, el mundo se dividía entre comunismo y capitalismo, y Stalin regía con represión extrema la Unión Soviética y se proponía la construcción del "hombre nuevo". Si bien conocemos los valores que el catolicismo predica en Chile sobre la pareja, el matrimonio y los hijos, ignoramos los del estalinismo, que los comunistas chilenos seguían como auténtico catecismo. Y ahí nos encontramos con un panorama portentoso. Gail Lapidus, experto en asuntos de género durante el estalinismo, afirma que la industrialización y la colectivización forzadas de la URSS obligaron a Josef Stalin, a partir de 1936, a impulsar el rol ruso tradicional de la mujer como elemento estabilizador de una sociedad en caos, a fomentar la natalidad intramatrimonial aceleradamente, a abolir el aborto a menos que el embarazo representase riesgo mortal para la mujer, a proteger la estabilidad matrimonial, eliminar la educación mixta en 1943 para subrayar la diferencia de sexos y enseñar a las niñas labores de hogar y ciencias domésticas, y a imponer, en julio de ese año, el Edicto Familiar que estableció severas restricciones al divorcio. "Más aún", sostiene Lapidus en el libro "Stalinism", Stalin "llegó incluso a proteger la santidad del matrimonio eliminando todo reconocimiento a matrimonios no inscritos", y estableció por primera vez en la revolución "la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos". Además, la legislación estalinista señalaba en forma draconiana: "La mujer tendrá que cargar por su cuenta con las consecuencias de las relaciones extramaritales". Resulta sorprendente constatar la coincidencia que se da entonces entre las visiones comunista y eclesiástica con respecto a estos temas esenciales, y que terminaron por preparar el ambiente ideal para que desde la izquierda y la derecha el drama de Claudio Bunster fuese silenciado "por razones superiores". No justifico acciones con esto, sólo quiero recordar el ambiente cultural criollo para evitar que muchos rasguen vestiduras desde la otra orilla. A menudo olvidamos que Stalin liquidó las ideas modernas pregonadas por la revolución rusa sobre amor, emancipación femenina, paternidad y la familia, muchas de las cuales pertenecen hoy al acervo europeo occidental.
Sabemos que el estalinismo fue una dictadura totalitaria que implicó campos de trabajo forzado, represión, asesinatos masivos, terror, 20 millones de muertos y el control de los militantes del partido de Josef Stalin y también de los partidos "hermanos" en el mundo. El partido chileno, aliado férreo del soviético, practicó el estalinismo, se orientó por él y lo aplicó a su militancia. Sin embargo, cuando se responsabiliza a instituciones o circunstancias históricas por ciertos hechos me surge la interrogante de si los individuos afectados tuvieron alguna posibilidad de resistir. ¿Era posible hallar un espacio de libertad? En otras palabras, ¿cuán atados estaban los comunistas chilenos de la época estalinista (1928-53) a los dictados de Moscú si vivían en un país situado a miles de kilómetros de la URSS? ¿Amenazaban a estos militantes, residentes de Santiago o Viña, las mismas represalias que a quienes vivían entonces en las tétricas Moscú y Stalingrado? En la película alemana "Der Untergang" (La Caída), que aborda magistralmente la última semana de Adolfo Hitler en su búnker de Berlín, en 1945, al terminar la parte ficticia del filme la ex secretaria del Führer confiesa algo clave: siempre había creído que era imposible oponerse al régimen omnipotente. Sin embargo, en la posguerra vio una placa en honor a Sophie Scholl, alemana de la resistencia, guillotinada a los 20 años. La lápida la hizo sentirse culpable, pues demostraba que, a pesar del terror, gente se había atrevido a luchar contra Hitler. Scholl, estudiante de Biología en Munich, emerge como un ser de valentía supraterrenal, más aún si se recuerda que no lejos de allí el actual Papa Benedicto XVI, menor que Sophie Scholl, vestía el uniforme de la Juventud Hitleriana.
Tradición nacional
No olvidemos que en Chile existe también, desde antes del estalinismo, la tradición, ya por fortuna en retirada, de ocultar a los hijos con deficiencia mental. Ellos desaparecen de la historia familiar, de la memoria de la tribu, como diría José Donoso, cuyas novelas hablaban de oscuras casonas en ruinas en donde también se hacía espúreo el origen de niños. No se sabía si eran de la empleada y su marido, de la empleada y el dueño de casa, o de la empleada y un hijo del dueño de casa, y algo similar ocurría en los fundos. Se da una confluencia entre la tradición comunista, que antepone a la realidad una idealización del "hombre nuevo", y la tradición religiosa, que echa candado a los matrimonios como si no existiesen la infidelidad ni la muerte del amor. Visiones normativas idealizadas, impuestas desde el dogma, dictan al final la vida individual, y crean imposiciones que muchos aceptan por temor o conveniencia, aunque violen sus preferencias íntimas y sus posibilidades de felicidad.
Son imposiciones de esta naturaleza, por lo demás, las que permiten y justifican a la larga la discriminación de minorías. Los comunistas no aceptaban a homosexuales en sus filas, a los que consideraban depravados, y la Iglesia Católica tampoco acepta como sacerdotes a homosexuales, a menos que sean platónicos. Stalin liquidó a millares de homosexuales, y Fidel Castro construyó en los 60 campos de trabajo forzado, la Umap, para ellos. Al final, los comunistas homosexuales, para no ser descubiertos, preferían casarse. En iglesias vemos cómo sacerdotes que reprimen su preferencia homosexual, terminan viviendo una existencia clandestina, que despierta escándalo al quedar al descubierto. Curiosamente ambas concepciones condenan seriamente la lujuria y promueven el matrimonio heterosexual, la reproducción y la fidelidad al dogma, y nominan a individuos portadores del dogma para que, en nombre de la institución, salven la relación de pareja. Basta con echarle una mirada a novelas y películas comunistas de las décadas del 40 y 50, pleno auge del stalinismo, para notar que los héroes son soldados heterosexuales disciplinados, dispuestos a dar la vida por la patria y Stalin, convencidos de la justeza de su fe y absolutamente fieles, al igual que sus mujeres. Nunca encontramos una figura positiva adúltera, menos una que engaña a su marido en el frente teniendo un hijo con otro, esa conducta no cuajaba con la moral de un comunista, sino con la de un contrarrevolucionario, con un burgués, que sí tiene queridas y desviaciones sexuales, o bien con un traidor. La moral comunista, según el arte y la literatura normativos de esa época, demanda casarse, ser fiel y tener hijos, por cuanto el comunista es el hombre nuevo y el modelo para el futuro de la humanidad. No hay lugar para la violación de estos principios, no hay lugar para el pecado.
Llama la atención que mientras la cultura soviética y de otros países socialistas imponían esta imagen canónica del comunista, la revolución cubana rompe con esta perspectiva. Con la llegada de Fidel Castro y los barbudos al poder, que bajan de la Sierra Maestra en 1959 con "El Capital", de Marx, en la mochila, escapularios al pecho y la santería en el alma, se difunde una visión machista y polígama del héroe. Este ya no está definido por su fidelidad a una familia nuclear, por el deseo de casarse y tener hijos para la revolución, sino por su conciencia revolucionaria internacionalista, su lealtad a Fidel y su disposición a cumplir con las tareas que la revolución le encomiende. La liberalización viene de lo más alto: el máximo líder jamás ha asistido a gira oficial con su esposa ni ha recibido con ella a altos dignatarios, es más, casi nadie la conoce. Según los rumores, el líder tiene en Cuba innumerables viviendas y más de una docena de hijos con diferentes mujeres. El divorcio tarda allá cuestión de días, la paternidad se inscribe con independencia del estado civil de los padres, hay más divorcios que casamientos, en fin, la revolución estableció condiciones que, mientras no perjudiquen a un jerarca de gran influencia, hacen imposible el ocultamiento de la paternidad mediante recursos legales.
Los "hijos de la chingada"
En "El laberinto de la soledad", Octavio Paz afirma que simbólicamente los latinoamericanos somos hijos de la "chingada", es decir, nacimos como continente de la violación que el conquistador comete contra la indígena. Nacimos, en el fondo, sin padre conocido, sostiene Paz. "La chingada", dice el intelectual mexicano, "es la madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El "hijo de la chingada" es el engendro de la violación, del rapto o la burla". Y agrega: "Estamos solos. La soledad, fondo de donde brota la angustia, empezó el día en que nos desprendimos del ámbito materno y caímos en un mundo extraño y hostil. Hemos caído: y esta caída, este sabernos caídos, nos vuelve culpables. ¿De qué? De un delito sin nombre: el haber nacido". "La cuestión del origen", continúa, "es el centro secreto de nuestra ansiedad y angustia".
Hace unos años, cuando intenté regresar a Chile tras decenios fuera y quise matricular a mis hijos en un buen colegio, con mi mujer quedamos atónitos: en lugar de los certificados de notas de Estados Unidos de nuestros niños, nos exigieron -colegios cercanos a iglesias- nuestros certificados de matrimonio religioso y los de bautizo y Primera Comunión de los niños. Estamos casados por la iglesia y el civil, y nuestros niños bautizados, pero nos pareció inquisitorial este criterio de instituciones que dicen ser cristianas. No les interesaba el rendimiento de nuestros hijos, sino la legitimidad de su origen. Al igual que un comunista de la era estaliniana, no desean niños de origen "espúreo" ni "pagano", pues podrían afectar la imagen institucional. ¡Qué cosa más monótona y discriminatoria un colegio donde todos han de ser católicos y estar bautizados! ¿No sería más productivo que hubiese al menos allí un judío, un musulmán, un budista, un hindú, un ateo o un agnóstico, o un hijo de madre soltera o divorciada, o de pareja del mismo sexo? Por eso no hay que rasgar vestiduras en Chile con el drama de Claudio Bunster. En este país siguen imponiéndose formas de pensar, estructuras, valores y justificaciones dogmáticas que marginan, discriminan y propenden a ocultar, por lo mismo, verdades; verdades como las del origen de la persona. Niños nacidos fuera de matrimonio no pueden acceder a muchos colegios, colegios que hoy tal vez rechazarían incluso a Cristo, alegando que en verdad no es hijo del esposo de su madre.
¿Que si existe hoy esa tenebrosa comisión de cuadros de la que habla Claudio? No lo sé, pero en mi época, y subrayo que yo renuncié en 1976 y en La Habana a la Juventud Comunista, esa instancia era llamada "comisión de cuadros y marruecos", porque se inmiscuía hasta en la vida sexual y marital de los militantes. El encargado de esa instancia, en caso de crisis o infidelidades en la pareja comunista, intentaba buscar una solución o sancionaba, tal como ocurre en muchas iglesias. ¿Que si sufrí los efectos de la comisión? Claro, en la Habana, precisamente, y las describí en "Nuestros años verde olivo". Fue esa comisión la que me prohibió durante un año reintegrarme a la JJCC por haber salido de Chile sin consultar ¡en diciembre de 1973! al comité central; la misma que en 1975 me prohibió viajar a Belgrado para ver a mis padres, que en Chile no sabían nada de mí. ¿La razón? "Es época de luchar contra la dictadura y no de turistear". Es la misma que en 1976 me impidió abandonar Cuba, donde no tenía techo, libreta de racionamiento ni empleo, para irme a Dresden, donde me esperaba un trabajo. ¿La razón? ¡Un comunista no puede dejar la isla de Fidel! Es la misma comisión que hoy les prohíbe a los militantes leer mis novelas.
En fin, creo que cumplí lo que me propuse con estas líneas: no enjuiciar las decisiones de personas sobre su vida privada, pero brindar una panorámica de la época en que se fraguó un engaño cruel. Sólo me permito discrepar en una cosa con Claudio Bunster: todo eso no fue fruto de una lógica perversa del estalinismo o la Guerra Fría, sino de una lógica perversa de Chile, una lógica que aún existe y sigue cobrando a diario sus víctimas.