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View Full Version : los nueve desconocidos.



Lagos
27-12-08, 12:23 AM
Los profetas del Apocalipsis. — Un Comité de la Deses¬peración. — La ametralladora de Luis XVI. — La cien¬cia no es una vaca sagrada. — El señor Despotopoulos quiere ocultar el progreso. — La leyenda de los Nueve Desconocidos.
Hubo, en la segunda mitad del siglo XIX, en el um¬bral de los tiempos modernos, una pléyade de pensado¬res furiosamente reaccionarios. Veían un engaño en la mística del progreso social; una carrera al abismo en el progreso científico y técnico. Philippe Lavistine, nueva encarnación del héroe de La obra maestra desconocida de Balzac, y discípulo de Gurdjieff, me los enseñó. En aquella época en que leía a René Guénon, maestro del antiprogresismo, y frecuentaba a Lanza del Vasto, re¬cién vuelto de la India, no estaba lejos de coincidir con las razones de estos pensadores contra la corriente. Era muy poco después de la guerra. Einstein acababa de en-viar su famoso telegrama:
«Nuestro mundo se enfrenta con una crisis todavía inadvertida por aquellos que poseen el poder de tomar grandes decisiones para bien o para mal. La potencia desencadenada del átomo lo ha cambiado todo, salvo nuestros hábitos de pensar, y nos dirigimos hacia una catástrofe sin precedentes. Nosotros, los científicos que hemos liberado esta inmensa potencia, tenemos la aplastante responsabilidad, en esta lucha mundial de vida o muerte, de dominar el átomo en beneficio de la Humanidad, y no para su destrucción. La federación de sabios americanos se une a mí en esta llamada. Os rogamos que apoyéis nuestros esfuerzos para hacer comprender a América que el destino del género humano se decide hoy, ahora, en este minuto. Necesita¬mos inmediatamente doscientos mil dólares para una campaña nacional destinada a hacer ver a los hombres que es esencial un nuevo modo de pensar, si la Huma¬nidad quiere sobrevivir y alcanzar niveles más altos. Esta llamada es fruto de una larga meditación sobre la inmensa crisis con que nos enfrentamos. Os pido con urgencia un cheque inmediato, dirigido a mí, como presidente del Comité de la Desesperación de los Sa¬bios del Átomo, Princeton, Nueva Jersey. Reclamamos vuestra ayuda en este instante fatal, como señal de que nosotros, los hombres de ciencia, no estamos solos.»
Esta catástrofe, me dije yo (y doscientos mil dóla¬res no cambiarán nada), mis maestros la habían previs¬to hace mucho tiempo. Dios había ofrecido al hombre el obstáculo de la materia, y, como decía Blanc de Saint Bonnet, «el hombre es el hijo del obstáculo». Pero los modernos desligados de los principios, quisie¬ron hacer desaparecer los obstáculos. La materia, que obstaculizaba, ha sido vencida. Está libre el camino ha¬cia la nada. Hace dos mil años, Orígenes escribía formi¬dablemente que «la materia es el absorbente de la ini¬quidad». De hoy en adelante, la iniquidad ya no es absorbida, sino que se extiende en olas destructoras. Este Comité de la Desesperación no logrará absor¬berla.
Los antiguos eran sin duda tan malos como noso¬tros, pero lo sabían. Este conocimiento hacía que se colocaran barreras. Una bula del Papa condena el empleo del trípode destinado a robustecer el arco: esta máquina, sumada a los medios naturales del arquero, haría in¬humano el combate. La bula es observada durante dos¬cientos años. Rolando, en Roncesvalles, derribado por las hondas sarracenas, exclama: «¡Maldito sea el cobarde que inventó armas capaces de matar a distancia!» En tiempos más próximos, en 1775, un ingeniero francés, Du Perron, presentó al joven Luis XVI un «órgano mili¬tar» que, accionado por una manivela, disparaba simultáneamente veinticuatro balas. Una memoria acompañaba al instrumento, embrión de las ametralladoras mo¬dernas. La máquina pareció tan mortífera al rey y a sus ministros, Malesherbes y Turgot, que fue rechazada y su inventor considerado como enemigo de la Hu¬manidad.
A fuerza de querer emanciparlo todo, hemos emancipado también la guerra. Antaño ocasión de sa¬crificio y de salvación para algunos, se ha convertido en condenación de todos.
Tales eran, poco más o menos, mis pensamientos allá por el año 1946, y pensé en publicar una antología de «pensadores reaccionarios» cuyas voces fueron aho¬gadas, en su tiempo, por el coro de los progresistas románticos. Estos escritores al revés, estos profetas del Apocalipsis, que clamaban en el desierto, se llamaban Blanc de Saint Bonnet, Émile Montagut, Albert Sorel, Donoso Cortés, etc. Con un espíritu de rebeldía muy parecido al de estos antepasados, releí un folleto intitu¬lado El tiempo de los asesinos, en el que colaboraron principalmente Aldous Huxley y Albert Camus. La Prensa americana se hizo eco de este libelo en que sa¬bios, militares y políticos eran fuertemente maltratados y donde se deseaba un proceso de Nuremberg para to¬dos los técnicos de la destrucción.
Hoy creo que las cosas son menos sencillas y que hay que mirar con otros ojos y desde más alto la histo¬ria irreversible. Sin embargo, en 1946 —inquietante posguerra—, esta corriente de ideas trazaba una estela fulgurante en el océano de angustia en que se hallaban sumidos los intelectuales que no querían ser «víctimas ni verdugos». Y es cierto que, después del telegrama de Einstein, las cosas han empeorado. «Lo que hay en la cartera de los sabios es espantoso», dice Kruschef en 1960. Pero los espíritus se han cansado, y, después de muchas solemnes e inútiles protestas, se han vuelto hacia otros temas de reflexión, esperando, como el con-denado a muerte en su celda, que se conceda o se denie¬gue el indulto. Sin embargo, en todas las conciencias existe desde ahora un fondo de rebelión contra la cien¬cia capaz de aniquilar el mundo, una duda sobre el va¬lor salvador del progreso técnico. «Acabarán por vo¬larlo todo.» Después de las furiosas críticas de Aldous Huxley en Contrapunto y Un mundo feliz se hundió el optimismo científico. En 1951, el químico americano Anthony Standen publicaba un libro titulado: La cien¬cia es una vaca sagrada, donde protestaba contra la ad¬miración fetichista por la ciencia. En octubre de 1953, un célebre profesor de Derecho de Atenas, O. J. Despotopoulos, dirigía a la UNESCO un manifiesto pidiendo que se interrumpiera el desarrollo científico, o mejor, que se guardara en secreto. La investigación, proponía, debería confiarse en adelante a un consejo de sabios mundialmente elegido y que, por ello, sería dueño de guardar silencio. Esta idea, por utópica que sea, no carece de interés. Apunta una posibilidad del porvenir e incide en uno de los grandes temas de las pasadas civilizaciones. En una carta que nos dirigió en 1955,0. J. Despotopoulos, preci¬saba su idea:
«La ciencia de la Naturaleza es ciertamente una de las hazañas más dignas de la historia humana. Pero, a partir del momento en que se desencadenan fuerzas ca¬paces de destruir la Humanidad entera, deja de ser lo que era desde el punto de vista moral. La distinción en¬tre la ciencia pura y sus aplicaciones técnicas se ha he-cho prácticamente imposible. No podríamos, pues, ha¬blar de la ciencia como de un valor en sí. O mejor, en ciertos sectores, los más importantes, constituye ahora un valor negativo, en la medida en que escapa al control de la conciencia para extender sus peligros según el grado de voluntad de poder de los responsables políticos. La idolatría del progreso y de la libertad en materia de investigación científica es totalmente perniciosa. Nues¬tra proposición es ésta: codificación de las conquistas de la ciencia de la Naturaleza realizadas hasta ahora y prohibición total o parcial de su progreso futuro por un consejo supremo mundial de sabios. Ciertamente, tal medida es trágicamente cruel, ya que su objeto apunta a uno de los más nobles impulsos de la Huma¬nidad, y nadie puede subestimar las dificultades inhe¬rentes a dicha medida. Pero no existe otra que sea lo bastante eficaz. Las objeciones fáciles; retorno a la Edad Media, a la barbarie, etc., no contienen ningún ar-gumento serio. No se trata de hacer retroceder a la inte¬ligencia, sino de defenderla. No se trata de restricciones en beneficio de una clase social, sino de salvaguardia de toda la Humanidad. Éste es el problema. Todo lo de-más no es más que división y dispersión de la actividad enfrentándola con subproblemas.»
Estas ideas recibieron favorable acogida en la Pren¬sa inglesa y alemana y han sido extensamente comenta-das en el Boletín de los sabios atomistas de Londres. No se alejan mucho de ciertas proposiciones formula¬das en las conferencias mundiales consagradas al de¬sarme.
No es pecado creer que, en otras civilizaciones, se haya producido, no una ausencia de ciencia, sino un se-creto impuesto a la ciencia. Tal parece ser el origen de la maravillosa leyenda de los Nueve Desconocidos.
La tradición de los Nueve Desconocidos se remon¬ta al emperador Asoka, que reinó en la India a partir del año 273 a.C. Era nieto de Chandragupta, primer unificador de la India. Ambicioso como su antepasado, cuya labor quiso completar, emprendió la conquista del país de Kalinga, que se extendía desde la actual Cal¬cuta a Madras. Los kalingueses resistieron y perdieron cien mil hombres en la batalla. La vista de esta multitud sacrificada trastornó a Asoka. Desde entonces, le tomó horror a la guerra. Renunció a proseguir la integración de los países insurrectos, declarando que la verdadera conquista consiste en ganar el corazón de los hombres por la ley del deber y la piedad, pues la Majestad Sagra¬da desea que todos los seres animados disfruten de se-guridad, de la libre disposición de sí mismos, de la paz y de la felicidad.
Convertido al budismo, Asoka, con el ejemplo de sus propias virtudes, propagó esta religión por toda la India y por todo su imperio, que se extendía hasta Ma¬lasia, Ceilán e Indonesia. Después, el budismo con¬quistó Nepal, el Tibet, la China y Mongolia. Asoka respetaba, empero, todas las sectas religiosas. Predicó el vegetarianismo y proscribió el alcohol y los sacrifi¬cios de animales. H. G. Wells, en su historia del mundo abreviada, escribe: «Entre las decenas de millares de nombres de monarcas que se apretujan en las columnas de la Historia, el nombre de Asoka brilla casi solo, como una estrella.»
Se dice que, conocedor de los horrores de la guerra, el emperador Asoka quiso prohibir para siempre a los hombres el mal uso de la inteligencia. Bajo su reinado, entra en el secreto la ciencia de la Naturaleza, pasada y por venir. Las investigaciones, desde la estructura de la materia a las técnicas de la psicología colectiva, se disi¬mularán en adelante, y durante veintidós siglos, detrás del rostro místico de un pueblo al que el mundo consi¬dera dedicado sólo al éxtasis y a lo sobrenatural, Asoka funda la más poderosa sociedad secreta de la Tierra: la de los Nueve Desconocidos.
Se dice aún que los grandes responsables del destino moderno de la India, y sabios como Bose y Ram, creen en la existencia de los Nueve Desconocidos, e in¬cluso reciben de ellos consejos y mensajes. La imagina-ción entrevé la fuerza de los secretos que pueden deten¬tar nueve hombres que se lucran directamente de las experiencias, de los trabajos, de los documentos acu¬mulados durante más de diez decenas de siglos. ¿Cuá¬les son los fines de estos hombres? No dejar que caigan en manos profanas los medios de destrucción. Prose¬guir las investigaciones beneficiosas para la Humani¬dad. Estos hombres se supone que se renuevan para guardar los secretos técnicos venidos de un remoto pa¬sado.
Las manifestaciones exteriores de los Nueve Des¬conocidos son raras. Una de ellas tiene relación con el prodigioso destino de uno de los hombres más miste¬riosos de Occidente: el Papa Silvestre II, conocido también por el nombre de Gerbert d'Aurillac. Nacido en Auvernia, el año 920, y muerto en 1003, Gerbert fue monje benedictino, profesor de la Universidad de Reims, arzobispo de Rávena por la gracia del emperador Otón III. Se dice que estuvo en España y que un mis¬terioso viaje lo llevó a la India, de donde sacó diversos conocimientos que llenaron de estupefacción a los que le rodeaban. Así fue como poseyó en su palacio una cabeza de bronce que respondía «sí» o «no» a las pre¬guntas que le hacían sobre la política y la situación general de la cristiandad. Según Silvestre II (volu¬men CXXXIX de la Patrística latina de Migne), el pro¬cedimiento era muy sencillo y correspondía al cálculo con dos cifras. Se trataría de un autómata análogo a nuestras modernas máquinas binarias. La cabeza «má¬gica» fue destruida a la muerte del Papa, y los conoci¬mientos registrados por ésta, cuidadosamente disimu¬lados. Sin duda la biblioteca del Vaticano reservaría algunas sorpresas al investigador autorizado. En el número de octubre de 1954 de Computers and Automation, revista de cibernética, podemos leer: «Hay que suponerle un hombre de saber extraordinario, de un ingenio y una habilidad mecánica sorprendentes. Esta cabeza parlante debió de ser modelada bajo cierta con¬junción de las estrellas que se sitúa exactamente en el momento en que todos los planetas van a comenzar su curso.» No era cuestión de pasado, de presente ni de futuro, pues este invento, aparentemente, superaba con mucho el alcance de su rival: el perverso espejo en la pared de la reina, precursor de nuestros cerebros mecánicos modernos. Se dijo, naturalmente, que Gilbert fue sólo capaz de producir esta máquina porque estaba en tratos con el diablo y le había jurado eterna fidelidad.
¿Estuvieron otros europeos en relación con la so¬ciedad de los Nueve Desconocidos ? Hay que esperar al siglo XIX para que resurja este misterio, al través de los libros del escritor francés Jacolliot.
Jacolliot fue cónsul de Francia en Calcuta bajo el Segundo Imperio. Escribió una obra de anticipación considerable, comparable, si no superior, a la de Julio Verne. Ha dejado además varios libros consagrados a los grandes secretos de la Humanidad. Esta obra ex¬traordinaria ha sido saqueada por la mayoría de los ocultistas, profetas y taumaturgos. Completamente ol¬vidada en Francia, es célebre, en cambio, en Rusia.
Jacolliot se muestra positivo: la sociedad de los Nueve Desconocidos es una realidad. Y lo más extraor-dinario es que cita, a este respecto, técnicas que eran del todo inconcebibles en 1860, como, por ejemplo, la libe¬ración de la energía, la esterilización por radiaciones y también la guerra psicológica.
Yersin, uno de los más próximos colaboradores de Pasteur y de Roux, pudo haber tenido acceso a secretos biológicos a raíz de un viaje a Madras, en 1890, y puesto a punto, gracias a las indicaciones que recibieron, el suero contra la peste y el cólera.
La primera vulgarización de la historia de los Nue¬ve Desconocidos se produjo en 1927, con la publica¬ción del libro de Talbot Mundy que perteneció, duran¬te veinticinco años, a la Policía inglesa de la India. El libro está a medio camino entre la novela y la investi¬gación. Según él, los Nueve Desconocidos emplea¬rían un lenguaje sintético. Cada uno de ellos estaría en posesión de un libro constantemente escrito de nue¬vo y que contendría la exposición detallada de una ciencia.
El primero de estos libros estaría consagrado a las técnicas de propaganda y de guerra psicológica. «De todas las ciencias —dice Mundy— la más peligrosa se¬ría la del control del pensamiento de las multitudes, pues ella permitiría gobernar el mundo entero.» Hay que observar que la Semántica general de Korjibski sólo data de 1937, y que hay que esperar la experiencia de la última guerra mundial para que empiecen a crista¬lizar en Occidente las técnicas de psicología del lengua¬je, es decir, de propaganda. El primer colegio de se¬mántica americano no ha sido creado hasta 1950. En Francia, apenas si conocemos más que Le Viol des Foules, de Serge Chokotin, cuya influencia ha sido im¬portante en los medios intelectuales politizantes, aun¬que no haga más que rozar la cuestión.
El segundo libro estaría consagrado a la fisiología. Como cosa más importante, explicaría el medio de ma¬tar a un hombre con sólo tocarle, produciéndose la muerte por inversión del influjo nervioso. Se dice que el «judo» pudo nacer de «infiltraciones» de esta obra.
El tercero estudiaría la microbiología, y especial¬mente los coloides de protección.
El cuarto trataría de la transmutación de los meta¬les. Según una leyenda, en tiempos de penuria, los terapíos y las organizaciones religiosas de caridad reciben, de fuente secreta, grandes cantidades de un oro muy fino.
El quinto comprendería el estudio de todos los me¬dios de comunicación, terrestres y extraterrestres.
El sexto contendría los secretos de la gravitación.
El séptimo sería la más vasta cosmogonía concebi¬da por nuestra Humanidad.
El octavo trataría de la luz.
El noveno estaría consagrado a la sociología, for¬mularía las reglas de la evolución de las sociedades y permitiría prever su caída.
Con la leyenda de los Nueve Desconocidos, se re¬laciona el misterio de las aguas del Ganges. Multitudes de peregrinos, portadores de las más espantosas y di¬versas enfermedades, se bañan sin ningún peligro para los que están sanos. Las aguas sagradas lo purifican todo. Se ha querido atribuir esta extraña propiedad del río a la formación de bacteriófagos. Pero, ¿por qué no se forman también en el Brahmaputra, en el Amazonas o en el Sena?
La hipótesis de una esterilización por radiaciones aparece en la obra de Jacolliot, cien años antes de que se sepa que tal fenómeno es posible. Estas radiaciones, se¬gún Jacolliot, provendrían de un templo secreto exca-vado bajo el lecho del Ganges.
Al margen de las agitaciones religiosas, sociales y políticas, resueltas y perfectamente disimuladas, los Nue-ve Desconocidos encarnan Ja imagen de la ciencia sere¬na, de la ciencia con conciencia. Dueña de los destinos de la Humanidad, pero absteniéndose de emplear su propio poderío, esta sociedad secreta constituye el más bello homenaje de la libertad en las alturas. Vigilantes en el seno de su gloría oculta, estos nueve hombres con-templan cómo se hacen, deshacen y rehacen las civiliza¬ciones, menos indiferentes que tolerantes, prestos a ayudar, pero siempre en este orden del silencio que es la medida de la grandeza humana.
¿Mito o realidad? Mito soberbio, en todo caso, sur¬gido de lo más hondo de los tiempos... y resaca del fu-turo.



Del libro "El retorno de los brujos"
jaques bergier y Louis powell

Goaul
27-12-08, 07:14 AM
"Rolando, en Roncesvalles, derribado por las hondas sarracenas, exclama: «¡Maldito sea el cobarde que inventó armas capaces de matar a distancia!»"

Que manía, los vascos no somos sarracenos.

Iván Roldán
27-12-08, 01:36 PM
¿Leiste el libro, Lagos? ¿Vale la pena?

Lagos
27-12-08, 03:13 PM
depende de tu interés...

a mi me interesó mucho hace como 30 añ0s jejejejeje!

el_indeseable
06-06-09, 12:21 PM
Cinco de nueve :


http://img168.imageshack.us/img168/6435/loscuatrojinetesdelapoc.jpg (http://img168.imageshack.us/my.php?image=loscuatrojinetesdelapoc.jpg)

no esta mal,la verdad.

:flsh: