Bisonte
30-07-05, 05:31 PM
Venían a México a estudiar o trabajar y las esclavizaron
Invitadas al país, terminaron con explotadores
Originaria de África Subsahariana, Emily quedó huérfana cuando su madre murió víctima del sida y sus abuelos se hicieron cargo de ella.
A sus 18 años quiso ingresar a la universidad, pero no podía pagar el colegio. De hecho, sus abuelos tenían otros planes para ella: debía casarse con un hombre de 50 años que ya tenía dos esposas.
Pero Emily no quería casarse, su sueño era estudiar, así que escapó de su casa y comenzó a buscar trabajo.
En esa búsqueda conoció a una mujer mexicana que le prometió apoyo para continuar con sus estudios en México.
Emily, ilusionada, aceptó. Sin embargo, al llegar al Distrito Federal fue alojada en un departamento y esa misma noche le tomaron fotografías desnuda, le hicieron beber mucha cerveza y bailar con un hombre "para que pudiera pagar su viaje".
De acuerdo con el testimonio que Emily dio a la organización civil Sin Fronteras, durante 10 meses estuvo incomunicada, a veces sin comida y obligada a tener relaciones sexuales con varios hombres al día.
Pudo escapar por un descuido de las personas que cuidaban el departamento, pero no ha presentado una denuncia penal porque "los daños sicológicos fueron tan severos que aún no puede hablar de lo acontecido".
Explotadas
Ziao es viuda y Peng divorciada y ambas mantienen solas a sus hijos. Cuando buscaron empleo en China, su país natal, encontraron la oferta de una fábrica mexicana que prometía buen salario, alimentación, hospedaje, jornadas laborales de ocho horas y pago de tiempo extra.
Las dos fueron contratadas por el propietario de una maquila ubicada en el estado de Guanajuato e ingresaron a México con documentos que autorizaban su legal estancia.
Pero contrario a lo prometido por el patrón, no hubo hospedaje alguno y vivían dentro de la fábrica; no contaban con seguro médico y eran obligadas a bordar ropa a mano con jornadas laborales de hasta 16 horas y sin día de descanso. Y no eran las únicas, pues se dieron cuenta que en esa fábrica había más paisanos suyos a quienes se les retuvo su documento migratorio.
Las mujeres trabajaron en la maquiladora dos años bajo la amenaza de ser deportadas y pagando multas por desobediencia.
Cansadas de la situación, aprovecharon una salida al médico para escapar de la fábrica, pero enseguida fueron denunciadas ante el Instituto Nacional de Migración, quien las retuvo en una estación migratoria pese a que tenían permiso para permanecer en México.
Sin Fronteras las entrevistó en una de sus visitas a la estación migratoria y logró su salida y regularización migratoria.
Presentó una denuncia penal que sigue su curso con dificultades porque el delito no está tipificado, y también una queja ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Sin embargo, Sin Fronteras informó que los tratantes están libres y la fábrica aún opera.
Amenazados
Lila, una mujer de origen ruso, que vivía en Uzbekistán y enviudó, vino a México por invitación de una supuesta amiga que le aseguró que aquí podría encontrar un trabajo que le permitiera mantener a sus hijos.
Llegó en calidad de turista para trabajar en un negocio de alimentos que tenía su supuesta amiga. Empezaba a las 10:00 de la mañana y terminaba hasta las tres de la madrugada, además de que no tenía salario fijo y permanecía aislada.
Semanas después llegó a México su hijo Antón, quien también fue obligado a trabajar en el negocio por 100 pesos diarios, con golpizas cotidianas y la amenaza de deportarlos.
Cuando Lila y su hijo Anton intentaron huir, su supuesta amiga le retuvo los documentos migratorios y les dijo: "Pueden irse a su país", pero con la asesoría de un periodista ruso pidieron ayuda a la organización Sin Fronteras, quien tramitó su regularización migratoria y les informó sobre las posibles acciones legales que podrían emprender.
Invitadas al país, terminaron con explotadores
Originaria de África Subsahariana, Emily quedó huérfana cuando su madre murió víctima del sida y sus abuelos se hicieron cargo de ella.
A sus 18 años quiso ingresar a la universidad, pero no podía pagar el colegio. De hecho, sus abuelos tenían otros planes para ella: debía casarse con un hombre de 50 años que ya tenía dos esposas.
Pero Emily no quería casarse, su sueño era estudiar, así que escapó de su casa y comenzó a buscar trabajo.
En esa búsqueda conoció a una mujer mexicana que le prometió apoyo para continuar con sus estudios en México.
Emily, ilusionada, aceptó. Sin embargo, al llegar al Distrito Federal fue alojada en un departamento y esa misma noche le tomaron fotografías desnuda, le hicieron beber mucha cerveza y bailar con un hombre "para que pudiera pagar su viaje".
De acuerdo con el testimonio que Emily dio a la organización civil Sin Fronteras, durante 10 meses estuvo incomunicada, a veces sin comida y obligada a tener relaciones sexuales con varios hombres al día.
Pudo escapar por un descuido de las personas que cuidaban el departamento, pero no ha presentado una denuncia penal porque "los daños sicológicos fueron tan severos que aún no puede hablar de lo acontecido".
Explotadas
Ziao es viuda y Peng divorciada y ambas mantienen solas a sus hijos. Cuando buscaron empleo en China, su país natal, encontraron la oferta de una fábrica mexicana que prometía buen salario, alimentación, hospedaje, jornadas laborales de ocho horas y pago de tiempo extra.
Las dos fueron contratadas por el propietario de una maquila ubicada en el estado de Guanajuato e ingresaron a México con documentos que autorizaban su legal estancia.
Pero contrario a lo prometido por el patrón, no hubo hospedaje alguno y vivían dentro de la fábrica; no contaban con seguro médico y eran obligadas a bordar ropa a mano con jornadas laborales de hasta 16 horas y sin día de descanso. Y no eran las únicas, pues se dieron cuenta que en esa fábrica había más paisanos suyos a quienes se les retuvo su documento migratorio.
Las mujeres trabajaron en la maquiladora dos años bajo la amenaza de ser deportadas y pagando multas por desobediencia.
Cansadas de la situación, aprovecharon una salida al médico para escapar de la fábrica, pero enseguida fueron denunciadas ante el Instituto Nacional de Migración, quien las retuvo en una estación migratoria pese a que tenían permiso para permanecer en México.
Sin Fronteras las entrevistó en una de sus visitas a la estación migratoria y logró su salida y regularización migratoria.
Presentó una denuncia penal que sigue su curso con dificultades porque el delito no está tipificado, y también una queja ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Sin embargo, Sin Fronteras informó que los tratantes están libres y la fábrica aún opera.
Amenazados
Lila, una mujer de origen ruso, que vivía en Uzbekistán y enviudó, vino a México por invitación de una supuesta amiga que le aseguró que aquí podría encontrar un trabajo que le permitiera mantener a sus hijos.
Llegó en calidad de turista para trabajar en un negocio de alimentos que tenía su supuesta amiga. Empezaba a las 10:00 de la mañana y terminaba hasta las tres de la madrugada, además de que no tenía salario fijo y permanecía aislada.
Semanas después llegó a México su hijo Antón, quien también fue obligado a trabajar en el negocio por 100 pesos diarios, con golpizas cotidianas y la amenaza de deportarlos.
Cuando Lila y su hijo Anton intentaron huir, su supuesta amiga le retuvo los documentos migratorios y les dijo: "Pueden irse a su país", pero con la asesoría de un periodista ruso pidieron ayuda a la organización Sin Fronteras, quien tramitó su regularización migratoria y les informó sobre las posibles acciones legales que podrían emprender.