Spiderman
28/07/05, 14:44:47
Por Patricia Olguín Pérez
Jefa del Departamento de Informática del COESPO-Puebla
El objetivo reproductivo del matrimonio ha venido transformándose de manera paulatina sin que los seres humanos tomemos plena conciencia de ello. La relación de pareja ha ido tomando un lugar importante en esta tradicional institución, y sin darnos cuenta, ahora los jóvenes ya no desean, en primera instancia, una mujer que sea "digna madre" de sus hijos, sino una mujer que sea su pareja; las mujeres por su parte, tampoco buscan aquel hombre que les ha de dar techo y comida a cambio de su trabajo en el hogar y la crianza de sus hijos, buscan también un compañero equitativo que sea parte de su vida.
El matrimonio tradicional que han vivido muchas parejas, como su única opción, no necesita del enamoramiento para conservarse, el "pegamento" de la relación son las hijas y los hijos. En este convenio matrimonial, resulta imposible pensar que "al acabarse el amor, se termine también el matrimonio", se cree que es "para toda la vida", lo que podía resultar creíble en un mundo en donde la esperanza de vida era de 40 años... y no de 75 como es ahora, en este contexto, "toda la vida" significaba 25 años matrimonio, no 50.
Son muchos cambios sociales e individuales que hacen, que en la actualidad, los divorcios se den al por mayor y que en muchas ocasiones, las parejas no cumplan su primer aniversario de bodas. Queremos repetir la hazaña de nuestros padres, o bien evitarla a toda costa, pero difícilmente nos damos cuenta de que hay que inventar un modelo propio para satisfacer necesidades individuales y de pareja, que parta de verdades hasta hoy poco difundidas, tal como es que la naturaleza del enamoramiento no es durar, atrae a las parejas haciéndolas perder objetividad y ver sólo lo que quiere ver durante un corto lapso, entre nueve meses y tres años, tiempo necesario para la reproducción de la especie.
En la relación humana esta atracción biológica hay que transformarla en una verdadera complicidad que permita administrar la vida emocional de la pareja, porque en cada sexo las mismas causas, no producen los mismos efectos. Si bien hombres y mujeres reaccionamos de manera diferente ante situaciones similares y expresamos de manera distinta los sentimientos que estos hechos provocan, esto no constituye, en sí mismo, una barrera para el entendimiento mutuo, sino el hecho de considerarnos poseedores de la verdad absoluta que no permite alternativa, tal como lo aprendimos en la convivencia familiar.
Cuando nos enamoramos: "Contigo pan y cebolla....", pero cuando se termina el enamoramiento, el modelo aprendido en la familia comienza a reproducirse de manera automática, lo que produce que casi el 60% de los matrimonios poblanos que se divorcian, argumenten como causa: sevicia (crueldad excesiva), abandono e injurias.
Se termina el enamoramiento y creemos que el amor se nos fue; pateamos todo, justo cuando hay que comenzar a trabajar concientemente en la construcción del verdadero amor, y como no sabemos cómo hacerlo, damos por terminada la relación, sin darle la más mínima oportunidad inteligente.
Robert Sternberg propone un triángulo cuyo análisis permite un acercamiento a la comprensión de ese amor que buscamos de manera desesperada y que sentimos que es imposible alcanzar.
En los vértices de un triángulo colocamos cada una de las siguientes características: intimidad, pasión y compromiso. El amor consumado, como llama el autor al amor sólido y duradero, requiere de estos tres elementos, que solos, o en díadas, resultan formas insuficientes de relación con la pareja, dejando siempre la sensación de que algo falta.
La intimidad supone compartir nuestra propia realidad y recibir la realidad del otro, sin que ninguna de las dos partes la juzgue o trate de cambiarla. La capacidad para la intimidad se desarrolla en la medida en que tenemos claro quiénes somos y podemos compartir con los demás, y sólo es posible entre iguales.
En una pareja tradicional en la que el hombre es la autoridad y rige la vida de todos los miembros de la familia, la intimidad jamás se podrá dar ya que el juicio y la crítica son parte del ejercicio de este tipo de autoridad; el miedo y el silencio, la respuesta que protege de estas actitudes que se viven como agresivas. Así, la falta de comunicación en la pareja es uno de los elementos que hacen evidente la ausencia de intimidad. La comunicación franca y abierta en la que se tiene la seguridad de ser escuchado/a, comprendido/a y en la que la libertad de elección individual nunca se ve comprometida, es el sustento de la verdadera intimidad.
La pasión es una emoción fuerte y continua que domina la razón y que dirige el comportamiento, que en el caso de la relación de pareja, se traduce en una fuerte atracción mutua. Esta es una de las características del enamoramiento y suele enfriarse a medida en que pasa el tiempo; sin embargo, existe un conjunto de mitos y creencias sobre la pasión y su forma de expresión en el matrimonio que crean una tediosa rutina, que en muchas ocasiones, es reforzada por los miedos hacia la expresión sexual. Modificar estas creencias y actitudes frente a la pasión en el matrimonio, permite conservarla a pesar de los años.
El tercer ángulo, el compromiso, entendido como un acuerdo obtenido mediante concesiones recíprocas, permite la construcción y ejecución de un proyecto conjunto, que considere a dos individuos independientes con sentimientos, pensamientos y acciones individuales, que sean capaces de construir un espacio compartido.
La antigua y "romántica" idea expresada en los rituales de matrimonio en la que la sentencia era "...dejan de ser dos, para convertirse en uno", lleva implícita la sujeción de la mujer hacia el hombre, y a éste último, lo determinaba como "responsable" del bienestar femenino, en cuanto a la satisfacción de necesidades básicas, y, frente a la responsabilidad que debía asumir en todo momento respondiendo siempre por ella y la futura familia. Esto convierte al compromiso en "obligación", que en muchas ocasiones, es lo que mantiene "unida" a la pareja: la obligación de la crianza de los hijos y las hijas.
Reconocer y aceptar que hombres y mujeres somos diferentes debido a la complementariedad reproductiva, a las marcas que ha impreso en nuestro cerebro la evolución de la especie y a los papeles sexuales que hemos aprendido, permite complementarnos plenamente al permitir la comprensión entre géneros en términos de equidad.
Así mismo, reconocer que el amor no está dado con el enamoramiento, sino que es el resultado de un trabajo conciente y continuo que permite conservar en equilibrio los tres elementos necesarios para ello: intimidad, pasión y compromiso, permite evaluar los niveles en los que se encuentran cada uno de estos elementos, para dirigir por el camino adecuado el trabajo que se ha de realizar para mantener la relación como fuente de satisfacción, en lugar de una pesada obligación.
Jefa del Departamento de Informática del COESPO-Puebla
El objetivo reproductivo del matrimonio ha venido transformándose de manera paulatina sin que los seres humanos tomemos plena conciencia de ello. La relación de pareja ha ido tomando un lugar importante en esta tradicional institución, y sin darnos cuenta, ahora los jóvenes ya no desean, en primera instancia, una mujer que sea "digna madre" de sus hijos, sino una mujer que sea su pareja; las mujeres por su parte, tampoco buscan aquel hombre que les ha de dar techo y comida a cambio de su trabajo en el hogar y la crianza de sus hijos, buscan también un compañero equitativo que sea parte de su vida.
El matrimonio tradicional que han vivido muchas parejas, como su única opción, no necesita del enamoramiento para conservarse, el "pegamento" de la relación son las hijas y los hijos. En este convenio matrimonial, resulta imposible pensar que "al acabarse el amor, se termine también el matrimonio", se cree que es "para toda la vida", lo que podía resultar creíble en un mundo en donde la esperanza de vida era de 40 años... y no de 75 como es ahora, en este contexto, "toda la vida" significaba 25 años matrimonio, no 50.
Son muchos cambios sociales e individuales que hacen, que en la actualidad, los divorcios se den al por mayor y que en muchas ocasiones, las parejas no cumplan su primer aniversario de bodas. Queremos repetir la hazaña de nuestros padres, o bien evitarla a toda costa, pero difícilmente nos damos cuenta de que hay que inventar un modelo propio para satisfacer necesidades individuales y de pareja, que parta de verdades hasta hoy poco difundidas, tal como es que la naturaleza del enamoramiento no es durar, atrae a las parejas haciéndolas perder objetividad y ver sólo lo que quiere ver durante un corto lapso, entre nueve meses y tres años, tiempo necesario para la reproducción de la especie.
En la relación humana esta atracción biológica hay que transformarla en una verdadera complicidad que permita administrar la vida emocional de la pareja, porque en cada sexo las mismas causas, no producen los mismos efectos. Si bien hombres y mujeres reaccionamos de manera diferente ante situaciones similares y expresamos de manera distinta los sentimientos que estos hechos provocan, esto no constituye, en sí mismo, una barrera para el entendimiento mutuo, sino el hecho de considerarnos poseedores de la verdad absoluta que no permite alternativa, tal como lo aprendimos en la convivencia familiar.
Cuando nos enamoramos: "Contigo pan y cebolla....", pero cuando se termina el enamoramiento, el modelo aprendido en la familia comienza a reproducirse de manera automática, lo que produce que casi el 60% de los matrimonios poblanos que se divorcian, argumenten como causa: sevicia (crueldad excesiva), abandono e injurias.
Se termina el enamoramiento y creemos que el amor se nos fue; pateamos todo, justo cuando hay que comenzar a trabajar concientemente en la construcción del verdadero amor, y como no sabemos cómo hacerlo, damos por terminada la relación, sin darle la más mínima oportunidad inteligente.
Robert Sternberg propone un triángulo cuyo análisis permite un acercamiento a la comprensión de ese amor que buscamos de manera desesperada y que sentimos que es imposible alcanzar.
En los vértices de un triángulo colocamos cada una de las siguientes características: intimidad, pasión y compromiso. El amor consumado, como llama el autor al amor sólido y duradero, requiere de estos tres elementos, que solos, o en díadas, resultan formas insuficientes de relación con la pareja, dejando siempre la sensación de que algo falta.
La intimidad supone compartir nuestra propia realidad y recibir la realidad del otro, sin que ninguna de las dos partes la juzgue o trate de cambiarla. La capacidad para la intimidad se desarrolla en la medida en que tenemos claro quiénes somos y podemos compartir con los demás, y sólo es posible entre iguales.
En una pareja tradicional en la que el hombre es la autoridad y rige la vida de todos los miembros de la familia, la intimidad jamás se podrá dar ya que el juicio y la crítica son parte del ejercicio de este tipo de autoridad; el miedo y el silencio, la respuesta que protege de estas actitudes que se viven como agresivas. Así, la falta de comunicación en la pareja es uno de los elementos que hacen evidente la ausencia de intimidad. La comunicación franca y abierta en la que se tiene la seguridad de ser escuchado/a, comprendido/a y en la que la libertad de elección individual nunca se ve comprometida, es el sustento de la verdadera intimidad.
La pasión es una emoción fuerte y continua que domina la razón y que dirige el comportamiento, que en el caso de la relación de pareja, se traduce en una fuerte atracción mutua. Esta es una de las características del enamoramiento y suele enfriarse a medida en que pasa el tiempo; sin embargo, existe un conjunto de mitos y creencias sobre la pasión y su forma de expresión en el matrimonio que crean una tediosa rutina, que en muchas ocasiones, es reforzada por los miedos hacia la expresión sexual. Modificar estas creencias y actitudes frente a la pasión en el matrimonio, permite conservarla a pesar de los años.
El tercer ángulo, el compromiso, entendido como un acuerdo obtenido mediante concesiones recíprocas, permite la construcción y ejecución de un proyecto conjunto, que considere a dos individuos independientes con sentimientos, pensamientos y acciones individuales, que sean capaces de construir un espacio compartido.
La antigua y "romántica" idea expresada en los rituales de matrimonio en la que la sentencia era "...dejan de ser dos, para convertirse en uno", lleva implícita la sujeción de la mujer hacia el hombre, y a éste último, lo determinaba como "responsable" del bienestar femenino, en cuanto a la satisfacción de necesidades básicas, y, frente a la responsabilidad que debía asumir en todo momento respondiendo siempre por ella y la futura familia. Esto convierte al compromiso en "obligación", que en muchas ocasiones, es lo que mantiene "unida" a la pareja: la obligación de la crianza de los hijos y las hijas.
Reconocer y aceptar que hombres y mujeres somos diferentes debido a la complementariedad reproductiva, a las marcas que ha impreso en nuestro cerebro la evolución de la especie y a los papeles sexuales que hemos aprendido, permite complementarnos plenamente al permitir la comprensión entre géneros en términos de equidad.
Así mismo, reconocer que el amor no está dado con el enamoramiento, sino que es el resultado de un trabajo conciente y continuo que permite conservar en equilibrio los tres elementos necesarios para ello: intimidad, pasión y compromiso, permite evaluar los niveles en los que se encuentran cada uno de estos elementos, para dirigir por el camino adecuado el trabajo que se ha de realizar para mantener la relación como fuente de satisfacción, en lugar de una pesada obligación.