Bisonte
06-07-05, 09:51 PM
Los indígenas y los otros
Ha saltado al recuerdo popular en los últimos días el problema de los indígenas chiapanecos con las
declaraciones del subcomandante Marcos, por cierto atinadas en lo que se refirió al jefe de Gobierno y presunto Peje: López Obrador, y brincó a mi memoria la forma en que han sido tratados por centurias los nativos mexicanos, el racismo que se les practica y la discriminación de que son objeto.
Hay dos definiciones de racismo: la primera se refiere a una concepción demográfica contraria a la mezcla de razas, aplicada rígidamente por el nacionalismo alemán del Tercer Reich (Martín Alonso, Enciclopedia del Idioma).
La segunda la define el Diccionario Enciclopédico Océano como la doctrina que sostiene la superioridad de una raza sobre otra. El racismo sostiene que un grupo de seres humanos es diferente a los demás debido a sus características físicas o mentales, por lo tanto no tienen los mismos derechos de los otros.
Algunos españoles al llegar a América consideraron a los aborígenes como seres inferiores, lo que motivó que el Papa Paulo III expidiera en 1537 una bula conocida como Sublimis Deus o Veritas Ipsa y Unigenitus, en la que declara la racionalidad de los indígenas de la Nueva España, además de que eran esencialmente iguales a los españoles. Además Francisco Javier Clavijero, en su Historia antigua de México, asegura que la bula mencionada da por “supuesta la racionalidad de los indígenas”. La diferencia tal vez, dicen los versados en el asunto, radicaba en la cultura y el desarrollo, no en la falta de razón.
Existe otra teoría al respecto que se le atribuye a Von Mises que llamó polilogismo, donde presupone lógicas diferentes sobre la base de la raza o la posición social y no acepta la existencia de principios socioeconómicos universalmente válidos. El ejemplo claro es lo que los nazis afirmaban de que los arios poseían una mente superior. Los marxistas también practican un polilogismo de clase, al asegurar que la clase obrera tiene concepciones sustancialmente diferentes a la clase capitalista.
Esta teoría de la conciencia de la clase obrera sostenida por los marxistas es aplicada a los indígenas por algunos de sus teóricos liberadores, quienes caen en una variable del polilogismo marxista al sostener que los indígenas actúan con una lógica diferente a la de los mexicanos no indígenas. Los indigenistas consideran a los indios una raza inferior que debe ser perpetuamente subsidiada.
Con base en lo anterior un escritor deduce que quienes a través de leyes buscan perpetuar las características raciales, usos y costumbres de los indígenas, son racistas. En los llamados Acuerdos de San Andrés, los indigenistas racistas hablan de la conciencia de la clase indígena. Según esos acuerdos, serán considerados indígenas, y por tanto, tratados con leyes especiales quienes tengan conciencia de que son indígenas…
Algunos nos preguntamos cómo la ley identificaría a los indígenas de los que no lo son… ¿Con base en la conciencia indígena? ¿Por sus rasgos físicos? La mayoría de los mexicanos somos mestizos, por lo tanto tenemos rasgos indígenas. Tal vez por el tipo de sangre o el dialecto, o porque usen calzón blanco o huaraches, o porque vivan en ciudades ubicadas como zonas indígenas.
Seamos realistas: lo distintivo de los grupos llamados indígenas no es su raza, como dicen los indigenistas racistas, sino su pobreza. La solución no son leyes privativas, fueros o autonomías que los aíslen o subsidien, sino la instrumentación de políticas que eleven sus niveles de educación, capacitación y, por lo tanto, de vida.
La concepción indigenista ha servido a más de un político para escalar el poder y así controlar actividades económicas a costa del aislamiento de los grupos indígenas. Muchos de los que se llaman defensores de los indígenas son tan racistas como aquellos que durante muchos siglos consideraron inferiores a las mujeres y a los negros, y les atribuyeron características superiores a los arios y una lógica diferente a los trabajadores. Ya comentaremos más en otra ocasión.
Por cierto que el día en que escribo esta nota aparece en un diario que los alcaldes se quejan porque no les alcanza el presupuesto, que sufren por falta de dinero. Ciertamente está muy escaso, pero si a esto se le agrega la incapacidad para administrar los recursos, encontrarán alguna explicación a sus carencias.
Tal vez en la contratación de muchísimos “asesores” inútiles e incapaces en su mayoría, tesoreros abusivos, contadores sin conocimientos elementales, funcionarios improvisados, nepotismo, corrupción, elevadas nóminas (siguen confundiendo a los ayuntamientos con pilas de agua bendita en donde todos meten la mano) y lo que es peor: los compromisos partidistas no los pueden erradicar y los despidos injustificados de trabajadores de base los orillan a entablar pleitos laborales, perdidos siempre por los ayuntamientos que son verdaderamente desgastantes y costosísimos para los erarios.
Si preguntásemos al Tribunal de Conciliación y Arbitraje la cantidad de dinero que está pendiente de liquidación a trabajadores municipales injustamente despedidos, lo digo con conocimiento de causa, en dado caso que dicho Tribunal contestara con la verdad nos asustaría la cifra. Vale la pena mencionarla: son más de ochocientos millones de pesos… Por cierto, el órgano no cumple cabalmente con su objetivo.
cambio de michoacan.
Ha saltado al recuerdo popular en los últimos días el problema de los indígenas chiapanecos con las
declaraciones del subcomandante Marcos, por cierto atinadas en lo que se refirió al jefe de Gobierno y presunto Peje: López Obrador, y brincó a mi memoria la forma en que han sido tratados por centurias los nativos mexicanos, el racismo que se les practica y la discriminación de que son objeto.
Hay dos definiciones de racismo: la primera se refiere a una concepción demográfica contraria a la mezcla de razas, aplicada rígidamente por el nacionalismo alemán del Tercer Reich (Martín Alonso, Enciclopedia del Idioma).
La segunda la define el Diccionario Enciclopédico Océano como la doctrina que sostiene la superioridad de una raza sobre otra. El racismo sostiene que un grupo de seres humanos es diferente a los demás debido a sus características físicas o mentales, por lo tanto no tienen los mismos derechos de los otros.
Algunos españoles al llegar a América consideraron a los aborígenes como seres inferiores, lo que motivó que el Papa Paulo III expidiera en 1537 una bula conocida como Sublimis Deus o Veritas Ipsa y Unigenitus, en la que declara la racionalidad de los indígenas de la Nueva España, además de que eran esencialmente iguales a los españoles. Además Francisco Javier Clavijero, en su Historia antigua de México, asegura que la bula mencionada da por “supuesta la racionalidad de los indígenas”. La diferencia tal vez, dicen los versados en el asunto, radicaba en la cultura y el desarrollo, no en la falta de razón.
Existe otra teoría al respecto que se le atribuye a Von Mises que llamó polilogismo, donde presupone lógicas diferentes sobre la base de la raza o la posición social y no acepta la existencia de principios socioeconómicos universalmente válidos. El ejemplo claro es lo que los nazis afirmaban de que los arios poseían una mente superior. Los marxistas también practican un polilogismo de clase, al asegurar que la clase obrera tiene concepciones sustancialmente diferentes a la clase capitalista.
Esta teoría de la conciencia de la clase obrera sostenida por los marxistas es aplicada a los indígenas por algunos de sus teóricos liberadores, quienes caen en una variable del polilogismo marxista al sostener que los indígenas actúan con una lógica diferente a la de los mexicanos no indígenas. Los indigenistas consideran a los indios una raza inferior que debe ser perpetuamente subsidiada.
Con base en lo anterior un escritor deduce que quienes a través de leyes buscan perpetuar las características raciales, usos y costumbres de los indígenas, son racistas. En los llamados Acuerdos de San Andrés, los indigenistas racistas hablan de la conciencia de la clase indígena. Según esos acuerdos, serán considerados indígenas, y por tanto, tratados con leyes especiales quienes tengan conciencia de que son indígenas…
Algunos nos preguntamos cómo la ley identificaría a los indígenas de los que no lo son… ¿Con base en la conciencia indígena? ¿Por sus rasgos físicos? La mayoría de los mexicanos somos mestizos, por lo tanto tenemos rasgos indígenas. Tal vez por el tipo de sangre o el dialecto, o porque usen calzón blanco o huaraches, o porque vivan en ciudades ubicadas como zonas indígenas.
Seamos realistas: lo distintivo de los grupos llamados indígenas no es su raza, como dicen los indigenistas racistas, sino su pobreza. La solución no son leyes privativas, fueros o autonomías que los aíslen o subsidien, sino la instrumentación de políticas que eleven sus niveles de educación, capacitación y, por lo tanto, de vida.
La concepción indigenista ha servido a más de un político para escalar el poder y así controlar actividades económicas a costa del aislamiento de los grupos indígenas. Muchos de los que se llaman defensores de los indígenas son tan racistas como aquellos que durante muchos siglos consideraron inferiores a las mujeres y a los negros, y les atribuyeron características superiores a los arios y una lógica diferente a los trabajadores. Ya comentaremos más en otra ocasión.
Por cierto que el día en que escribo esta nota aparece en un diario que los alcaldes se quejan porque no les alcanza el presupuesto, que sufren por falta de dinero. Ciertamente está muy escaso, pero si a esto se le agrega la incapacidad para administrar los recursos, encontrarán alguna explicación a sus carencias.
Tal vez en la contratación de muchísimos “asesores” inútiles e incapaces en su mayoría, tesoreros abusivos, contadores sin conocimientos elementales, funcionarios improvisados, nepotismo, corrupción, elevadas nóminas (siguen confundiendo a los ayuntamientos con pilas de agua bendita en donde todos meten la mano) y lo que es peor: los compromisos partidistas no los pueden erradicar y los despidos injustificados de trabajadores de base los orillan a entablar pleitos laborales, perdidos siempre por los ayuntamientos que son verdaderamente desgastantes y costosísimos para los erarios.
Si preguntásemos al Tribunal de Conciliación y Arbitraje la cantidad de dinero que está pendiente de liquidación a trabajadores municipales injustamente despedidos, lo digo con conocimiento de causa, en dado caso que dicho Tribunal contestara con la verdad nos asustaría la cifra. Vale la pena mencionarla: son más de ochocientos millones de pesos… Por cierto, el órgano no cumple cabalmente con su objetivo.
cambio de michoacan.