View Full Version : Aguilar zinser, colaborador de La Opinión...
y artículos referentes en estos últimos dias...
sale el Primero~~~~~~~~~~>
ADOLFO AGUILAR ZÍNSER: Mente perspicaz, espíritu audaz
George A. López
12 de junio de 2005
Con su muerte prematura ocurrida la semana pasada, nuestro hemisferio perdió a Adolfo Aguilar Zínser, una de las mentes más perspicaces y de los espíritus más audaces. La mezcla particular de sus destrezas académicas e inteligente sentido político se combinaba con su integridad personal, ingenio agudo y poderoso valor. Durante casi 20 años, mi camino y el de Adolfo se cruzaron en varios momentos de intenso trabajo compartido.
Nuestra asociación comenzó con la participación de Zínser en un prestigioso panel de selección que yo presidía en un concurso para obtener subsidios que solventaran proyectos de investigación acerca de la paz y la seguridad internacional de la Fundación MacArthur. Zínser había ganado su lugar mediante varias presentaciones admirables que habían atraído la atención de la directora del programa, Ruth Adams. Los comentarios que Ruth me hizo sobre la designación de Aguilar Zínser resultaron ser proféticos: si hubiera un cambio democrático en México, el mismo surgiría de una “nueva forma de pensar” acerca de la política y la sociedad que caracterizaba las obras y el activismo de Adolfo.
Además de la solvencia intelectual, Zínser aportó a nuestro comité una definición clara y vibrante de la paz y la seguridad en el mundo posterior a la Guerra Fría. Adolfo previó correctamente un futuro en el cual aumentara la incidencia de los actores no gubernamentales y de la sociedad civil, y donde las nuevas preocupaciones acerca de la seguridad de las naciones involucrasen temas ambientales, migratorios y comerciales. Estaba especialmente preocupado por saber si Estados Unidos desempeñaría su papel como la única superpotencia que tomara la postura de un socio colaborador para la construcción de la paz global, o si caería en tentaciones imperialistas.
También fue profético.
Nuestros caminos se volvieron a cruzar a comienzos de 2002 cuando Zínser fue nombrado como el nuevo embajador de México ante la ONU. Yo había escrito intensamente en la década de los 90 acerca de las sanciones económicas de la ONU, especialmente contra Irak. Adolfo y yo nos encontramos poco tiempo después que fuera nombrado presidente del comité de las sanciones contra Sierra León. Él ya había analizado e incorporado totalmente nuestros artículos y libros acerca de las sanciones. Concentró su atención en nuestras conclusiones que determinaban que las sanciones impuestas por la ONU tenían más probabilidad de éxito si contaban con un presidente del comité que tuviera una postura agresiva y visitara la región y el objetivo sancionado, y usara la pericia investigadora local para evaluar el impacto de las sanciones. Sus visitas al África Occidental, en colaboración con el director de los diplomáticos del Consejo de Seguridad, Jeremy Greenstock del Reino Unido, aumentaron la eficacia de las sanciones contra el “diamante ensangrentado” y establecieron condiciones importantes para su levantamiento, una vez que la paz llegó a esa región.
Mientras que la Administración Bush avivó las llamas de la guerra en los pasillos de la ONU, Zínser comentó conmigo la ironía de la postura de México. La participación de México en el Consejo de Seguridad a comienzos de la década de los 50 tuvo lugar durante la autorización histórica para el empleo de la fuerza en Corea. Esto creó en México un tipo de crisis de identidad, y quizá hasta constitucional, en relación con el poder para pelear en la guerra. Fue una experiencia tan profunda que México no quiso volver a participar del Consejo de Seguridad hasta después de terminado el período de la Guerra Fría. Y ahora aquí estaba Zínser, nombrado como el embajador mexicano, ¡al que se le pedía que votara en favor de la guerra!
Si bien mucho se habló sobre la oposición de México al deseo de Estados Unidos de que el Consejo de Seguridad expidiera una resolución en la que autorizara el empleo de la fuerza en Irak, yo vi en Zínser a una persona en búsqueda continua de lo que se debía hacer. Con respecto a nuestros propios trabajos de investigación que sostenían que era probable que solamente existieran unos pocos sistemas de armas iraquíes prohibidos, él se preguntó: “¿Están seguros?”, enfatizando un tono de voz que no puede ser transmitido por escrito. Al final, votó tanto según su consciencia y según la postura de su país. Dio un convincente y valiente “no” a la guerra que la historia lo registrará como uno de los momentos más elevados de la diplomacia mexicana.
Muchas personas toman las obras de Zínser, su activismo y su desempeño como embajador y lo consideran un opositor a la política exterior de Estados Unidos. Para aquellos que trabajaron con él y leyeron sus obras, ésta es una evaluación bastante simplista. Zínser mantuvo expectativas altas para Estados Unidos y reconoció, más que muchos analistas estadounidenses, lo costoso que sería para este país y para los principios en los que creemos, cuando nuestras acciones y políticas no cumplieran con esos principios fundamentales. ¿Podríamos escuchar ahora? ¿Por favor?
George A. López es Senior Fellow del Instituto Kroc para Estudios sobre la Paz Internacional en la Universidad de Notre Dame.
sigue el segundo
fijense que son autores diferentes ok?
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AGENDA CIUDADANA: Adolfo Aguilar
Lorenzo Meyer
12 de junio de 2005
Para algunos, la muerte es la esencia misma de la sin razón. Y parece aún más injusta y absurda cuando quien desaparece, como señalara el poeta, aún tenía “millas que recorrer y promesas que cumplir”.
Al darse a conocer el domingo pasado la muerte de Adolfo Aguilar Zínser, ex vocero del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, ex coordinador de Seguridad Nacional, ex representante de México en la ONU, entre otros cargos, alguien me preguntó cómo se podría caracterizar al personaje, mi respuesta inmediata fue: como un político y un académico tan intenso como impaciente. Debí de haber añadido: independiente hasta lo impredecible y al quien nunca le faltó un agudo sentido del humor.
Adolfo siempre dio la impresión de tener prisa, mucha prisa, por llevar a la práctica las concepciones que se había formado sobre México como producto de su experiencia y actividad en los ambientes familiar, académico y político que había habitado y construido. Eran concepciones en torno a la justicia, la democracia, la independencia y las relaciones entre estados, la administración pública, la seguridad nacional, la protección al medio ambiente y, en general, la viabilidad de la sociedad. Concepciones que sostenía con inteligencia, vehemencia, independencia de intereses creados y con un sentido del humor que contenía siempre elementos de la lluvia ácida de la realidad y del que no escapaba él mismo. La impaciencia le llevó a buscar en cada caso el instrumento —teoría, partido, institución, grupo o líder— que consideraba más adecuado al momento específico. Por eso pasó de una inicial cercanía con el poder priísta, a la cercanía sin asimilación, con el Partido de la Revolución Democrática (PRD), el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) o el Partido Acción Nacional (PAN). Buscaba siempre insertarse en la coyuntura para impulsar y conducir el cambio o, más bien los cambios políticos, jurídicos, económicos o administrativos específicos, concretos, que aseguraran la viabilidad del país en el que vivía y había heredado de sus mayores. Quizá ese sentido de empresa heredada le venía de su entorno social y familiar. Adolfo, finalmente, hizo de su vida un buen ejemplo del sentido de responsabilidad que sólo algunos de los miembros de las elites tienen —“nobleza obliga”— y también de algunas de sus contradicciones más notorias.
PERSONAL.— Conocí a Adolfo Aguilar Zínser cuando él era estudiante de la quinta generación de licenciatura en relaciones internacionales de El Colegio de México (1972-1975). Y fue justamente en ese tiempo, cuando, por primera vez Adolfo me sorprendió por su prisa y su seguridad. En efecto, inmediatamente después de concluir su último semestre de cursos, y cuando el resto de sus compañeros apenas se encontraban decidiendo su tema de tesis, el joven Aguilar apareció no sólo como miembro del flamante Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo (CEESTM) —la institución que acababa de crear el presidente Luis Echeverría para que le sirviera como espacio para seguir activo en la política internacional—, y no sólo eso, sino como posible rector del mismo. Al final y afortunadamente, Adolfo no quedó al frente del CEESTM, pero el haberlo intentado a los 26 años, fue un indicador tanto de la prisa como de su confianza en sí mismo.
Con el tiempo fui amigo cercano aunque no íntimo, de Adolfo. Seguí a la distancia su carrera, y a lo largo de la misma nos encontramos muchas veces, en varias compartimos posiciones —en el Grupo San Ángel y en el apoyo a Cárdenas, por ejemplo— y siempre intercambiamos ideas, pues ideas era algo que nunca le faltaba. No en todos los casos coincidí con las posiciones de Adolfo pero, desde que se apartó del oficialismo, nunca me resultó difícil entender sus razones, incluso cuando se alejó del cardenismo y más tarde se incorporó al círculo interno de Vicente Fox para participar en el “asalto a Palacio”.
IDEAS Y CAUSAS.— Nunca tuvo Adolfo Aguilar ideas parroquiales ni le faltó pasión para defenderlas. Desde muy joven se propuso conocer el mundo —su condición económica se lo permitió— y también desde el inicio se comprometió con causas y problemas sociales y políticos que se extendían más allá de las fronteras mexicanas. Conoció bien el entorno político, social y cultural, de otros países, en particular de nuestros dos vecinos: Estados Unidos y Centroamérica, donde se metió a fondo en el análisis de sus guerras civiles de los años 80 del siglo pasado, y tomó como propia la causa de los refugiados centroamericanos, al punto que tuvo problemas serios con las autoridades mexicanas.
A LA OPOSICION.— Cuando el CEESTM quedó atrás, vinieron Harvard y el Carnegie Endowment for Peace y el interés de Adolfo por los derechos humanos. Y mientras muchos que en su juventud militaron en la izquierda pero acabaron en el PRI, nuestro personaje empezó a recorrer el camino opuesto: del establishment a la oposición de centro izquierda. Apareció en unas audiencias del Congreso de Estados Unidos para criticar, junto con Jorge Castañeda y Mariclaire Acosta, la forma y el contenido de la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en el momento de gran prestigio de su promotor, el presidente Carlos Salinas, lo que le representó un costo y un riesgo grandes.
El PRD primero y el PVEM después, dieron a Adolfo la posibilidad de ingresar al Congreso, donde logró desempeñarse como legislador independiente y no como parte de un bloque, lo que le acarreó problemas con los partidos que le habían cobijado y con sus opositores. Y ahí se metió de lleno, entre otras cosas, en el examen y denuncia de las corrupciones mayúsculas de Conasupo. En esta empresa llegó hasta donde pudo, y se enfrentó abiertamente a Emilio Chuayffet cuando confrontar públicamente al secretario de Gobernación no era lo que es hoy, algo común, sino una actitud excepcional y no exenta de riesgo. Involucrarse en la creación de los organismos de observación electoral fue otra de las maneras de apoyar el cambio del autoritarismo a la democracia en México.
Adolfo tomó distancia de Cárdenas cuando concluyó que parte del fracaso electoral de 1994 se debió a la negativa del ingeniero a desarrollar un tipo de campaña que explotara al máximo los recursos mediáticos a su disposición. Posiblemente entonces le falló un tanto la elegancia que siempre le caracterizó, pues no dejó discretamente a un Cárdenas derrotado, sino que publicó un libro donde exhibió los errores del líder.
Adolfo y Jorge Castañeda, al sumarse al proyecto opositor de Vicente Fox pero no al PAN, le dieron a tal proyecto una amplitud de horizontes difícil o imposible de lograr con ningún otro de los colaboradores del guanajuatense. La mancuerna Aguilar-Castañeda armó la idea del “voto útil” que en buena medida le dio a Fox el margen de ventaja que antes le había hecho falta a Cárdenas acabar con el monopolio priísta.
EN EL PODER.— Ya en el gobierno, el observador tiene elementos para suponer que Adolfo sostuvo la idea de usar el poder, y a fondo, para impedir la recuperación de un PRI desmoralizado por su histórica derrota. Investigar, denunciar y castigar a los corruptos, era uno de los caminos propuestos para afianzar a la nueva democracia y evitar la resurrección del Lázaro priísta. Todo indica que esta fue una de las primeras batallas perdidas por Adolfo desde el poder. La segunda y más evidente fue en su papel de encargado de la gran política de seguridad nacional (SN).
Lo que Adolfo pretendió en 2001 fue hacer justamente lo que George W. Bush hizo en Estados Unidos a partir de septiembre de ese año: repensar y rehacer en la teoría y en la práctica, el concepto de SN. Eso implicaba, entre otras cosas, tener a un personaje con todo el apoyo presidencial y todos los recursos materiales, para que coordinara al conjunto de agencias y burocracias existentes, dentro de un gran proyecto de SN. Naturalmente, secretarías como la de Defensa, Gobernación o Hacienda, se opusieron, justo como pasó en Estados Unidos con el Pentágono, FBI, CIA, etc. Sin embargo, en Estados Unidos el Ejecutivo dio todo su apoyo al encargado de la nueva política y en México no. La idea del concepto de SN que sostenía Adolfo Aguilar, implicaba un sistema de alertas donde entraban lo mismo temas tradicionales como la vigilancia de grupos subversivos o el narcotráfico, que epidemias, desastres naturales, tala clandestina, cuidado del agua, migración interna y externa o transferencias de cierto tipo de capitales. Tan ambicioso esquema nunca despegó, pues no contó con la voluntad presidencial para ello.
SU MEJOR MOMENTO.— Sin posibilidad de actuar, nuestro hombre de acción pidió ser enviado como representante de México ante la ONU en el momento en que Jorge Castañeda había logrado que el país ocupara un puesto como miembro no permanente del Consejo de Seguridad (CS). Dejemos de lado la conveniencia de meter a México, por “prestigio”, entre las patas de los caballos y señalemos que, una vez colocado en ese lugar, Adolfo Aguilar Zínser jugó sus cartas como el mejor y logró, por él mismo, escribir una de las mejores páginas de la diplomacia mexicana contemporánea.
En 2003, Estados Unidos estaba ya decidido a invadir Irak como un paso importante en su empeño por rediseñar el Medio Oriente y como parte de una estrategia global para afianzar su papel como la única hiperpotencia mundial. En esa coyuntura, una mayoría de los miembros permanentes del CS se negaron a darle “carta blanca” a Estados Unidos, pues no aceptaron que fuera claro que Irak tuviera, como alegaba Washington, armas de destrucción masiva y estuviera dispuesto a usarlas. Debía darse tiempo a los inspectores de la ONU para determinar si había causa justa para emplear la fuerza en la antigua Babilonia. Adolfo propuso, en función de una añeja política mexicana en contra de las intervenciones unilaterales, en particular de las grandes potencias, que México y Chile se unieran al grupo mayoritario de los miembros permanentes del CS —Francia, Rusia y China—, y apoyaran y se apoyaran en el secretario general de la ONU para oponerse a la política intervencionista diseñada por Estados Unidos y Gran Bretaña (y España).
En México los grupos empresariales, siempre temerosos de irritar a Estados Unidos, presionaron para alinear a México con su poderoso vecino y socio dominante en el TLCAN. Adolfo, en cambio, construyó un discurso a la altura de las circunstancias y se enfrentó directamente al embajador estadounidense, el tristemente célebre John Dimitri Negroponte e indirectamente a Colin Powell, el secretario de Estado, y a la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice. Como embajador, Adolfo puso en la línea su renuncia: si se le obligaba a votar a favor de la posición estadounidense, ese voto lo daría el embajador alterno, pues él se negaría a hacerlo y, por tanto, presentaría su renuncia.
Al final, Estados Unidos no solicitó un nuevo aval de la ONU, Washington actuó unilateralmente e Irak fue invadido y su régimen destruido. Las supuestas armas de destrucción masiva nunca aparecieron y, ex posfacto, la invasión se justificó como una lucha por la democracia. Este es el momento en que la paz y la estabilidad en Irak no se consiguen. Sin embargo, México mantuvo sus principios tradicionales de política internacional y Vicente Fox y su gobierno recibieron un gran respaldo de la opinión pública. Poco después, y para aplacar a Powell, Adolfo Aguilar fue forzado por Fox a dejar su puesto por haber declarado en una universidad lo obvio: que la clase política estadounidense le da a México el trato de “patio trasero”. Y no pasó mucho tiempo antes de que el responsable de la CIA confirmara, en el Congreso de su país, exactamente lo afirmado por Aguilar.
Adolfo murió a los 55 años. Se fue justamente en su mejor momento, aunque aún tenía mucho por andar. Pasó a las páginas de la historia porque estuvo a la altura de las circunstancias en el momento en que se requería. No de muchos se puede decir lo mismo.
NOTA.— La libertad de prensa nunca está conquistada en definitiva. En Oaxaca, el diario Noticias está bajo asedio por un gobierno de legitimidad muy dudosa. Vaya desde aquí, y para lo que sirva, la solidaridad de esta columna.
Lorenzo Meyer es profesor de historia política en el Colegio de México del D.F.
tercero y seguimos, todos publicados en el periodico La opinión el diario de mayor circulación en español de todo USA.
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Denise Dresser
12 de junio de 2005
Días cabizbajos. Días de andar triste. Días de mujeres asesinadas y narcotraficantes “inteligentes” y presidentes parlanchines y precandidatos vacíos. Días de sentir que nos arrebatan al país y a los amigos que quisieron reinventarlo. Días de pensar que el gobierno no responde y los políticos se aprovechan. Días de declararse vencido, frustrado, cansado. Con ganas de izar la bandera blanca y reconocer la derrota. Esa es la tentación que existe, pero frente a la cual los ciudadanos del país no pueden sucumbir. No deben hacerlo. Porque allí está la vida de Adolfo Aguilar Zínser y la buena huella que dejó. Allí queda la bandera vibrante que enarboló.
Una bandera de inconformidad, de rebeldía, de independencia inquebrantable. De creer —durante años— que México no funciona bien pero podría funcionar mejor. De pensar que para construir un gobierno diferente es necesario imaginar cómo podría ser. Y vivir exigiéndolo. La ruta de Adolfo Aguilar Zínser demuestra que un sólo hombre puede hacer una diferencia. Que la vitalidad y la fuerza de una sola persona pueden contribuir al cambio. Que es posible ser reformador y patriota y que la OEA lo reconozca. Guardando un minuto de silencio. Recordándolo, recordándote.
En un país donde a diario, millones de hombres y mujeres se vuelven agentes involuntarios de la injusticia, de la conformidad. Forman filas y filas de soldados que marchan al ritmo que marca el poder y quienes se han apropiado de él. Filas y filas de personas pasivas que marchan en contra del sentido común y de sus propias conciencias. Al servicio de los inescrupulosos. Al mando de los corruptos. A la orden de los demagogos. Al desfiladero donde se debilita la democracia que personas como Adolfo lucharon por inaugurar. El ejército mexicano de la complacencia. Conformado por aquellos que cierran los ojos, cierran la boca, se tapan los oídos. La multitud de mexicanos que critica mucho pero hace poco. Allí sentados sobre sus manos. Allí hablando sin actuar. Allí bebiendo y comiendo y durmiendo y postergando la justicia. Posponiendo la participación, esperando que otros compongan lo que no sirve.
Legisladores, jueces, policías, abogados, empresarios, políticos, ministros, ciudadanos que viven sin hacer distinciones morales. Que no separan el bien del mal. Que les da igual obedecer a Dios o al diablo. Que no les preocupa la impunidad ni el papel que deben cumplir para erradicarla. Hombres y mujeres de paja. Más interesados en preservar su posición que en respetar la humanidad esencial de quienes los rodean. Cultivando el pecado de la indiferencia. Obedeciendo leyes concebidas para proteger a los poderosos en vez de empoderar a los débiles. Amparándose con una Constitución que permitió la dictadura perfecta. Dictando sentencias que son “legales” pero no justas. Cumpliendo órdenes que dejan en desamparo al ciudadano, al mexicano. Al que fue torturado o desaparecido o robado.
Frente a esa realidad, Adolfo Aguilar Zínser entendía que el deber de los hombres y las mujeres honestas es alzar la voz. Rebelarse. Llamar a las cosas por su nombre. Vivir sin miedo. Vivir criticando. Vivir actuando. Convertirse en piedra en el zapato y espina en el costado y tuerca rebelde que detiene a la maquinaria. No permitir que otros pisoteen e ignoren derechos esenciales: el derecho a la vida, el derecho a la verdad, el derecho a la justicia, el derecho a un México mejor. Transformarse de intelectual orgánico del autoritarismo en los 70 a luchador de la democracia en los 80. Convertirse en un hombre sin precio. Un hombre con “un hueso en la espalda por el cual no podías pasar la mano” como diría Thoreau.
Un desobediente civil que vivía permanentemente insatisfecho, permanentemente indignado, permanentemente molesto. En busca constante de su lugar en México y en el mundo. Que entendía esas preguntas definitorias de Thoreau: “¿Por qué [el gobierno] no es más apto para anticipar y proveer la reforma? ¿Por qué no quiere a su minoría sabia? ¿Por qué grita y resiste antes de que sea lastimado? ¿Por qué no fomenta que sus ciudadanos estén alerta para señalar sus defectos y hacer las cosas mejor? ¿Por qué siempre crucifica a Cristo y excomulga a Copérnico y a Lutero y declara que Washington y Franklin son rebeldes?”. Por qué, preguntaba Adolfo Aguilar Zínser cuando otros no lo hacían.
Hará falta su voz ahora que la copresidencia intenta silenciar a periodistas, ahora que la política exterior calla porque no sabe cómo hablar, ahora que el gobierno del cambio se ha convertido en el gobierno de la desilusión, ahora que el “voto útil” sólo ha empoderado a la señora Sahagún, ahora que Vicente Fox fustiga a sus críticos, diciendo “ellos no son oposición al gobierno en turno, sino oposición a México. A ellos los vamos a dejar atrás, ellos no le sirven a este país”. Ahora hará falta esa persona armada de coraje moral, que caminaba con sus convicciones en la mano. Ese que le rendía tributo a su país, criticándolo.
Porque sabía que la crítica no es una actitud antipatriótica, sino todo lo contrario. Porque entendía que en México, la crítica es necesaria para combatir el silencio apabullante. Porque creía que es justo cuestionar a la autoridad arbitraria, a los que abusan del poder que tienen, a los que fueron electos para representar a la población pero sólo malgastan sus impuestos. Exigir elecciones limpias, escudriñar a Conasupo, demandar la protección ambiental, armar el “voto útil”, pelear por el patio trasero. Cuestionar y actuar. Criticar y proponer. Sentarse detrás del escritorio y marchar en la calle. Eso hacía Adolfo. Ese era Adolfo. Un antídoto cotidiano al cinismo.
Y bueno, no era perfecto. Distaba de serlo. Podía ser vanidoso y ególatra y buscapleitos y difícil y grosero e irresponsable. Pero todos los que en algún momento nos enfurecimos con él sabíamos que era un hombre bueno. Un hombre vertical. Un hombre de amigos. Un hombre que, como dice José Miguel Vivanco de Human Rights Watch, fortalecía los mejores instintos. Un gran mexicano al que Kofi Annan —entre tantos— le reconoció su valentía, su sentido de juego justo, su sentido del humor. Porque en el momento preciso en el cual uno quería darle una bofetada, sonreía. Soltaba una carcajada. Contaba alguna historia estrambótica y se embolsaba a quienes, unos segundos antes, pensaban en darle un puntapié.
Basta con leer El Despertar de México de los periodistas Sam Dillon y Julia Preston para entender lo mucho que Adolfo hizo por el país donde nació, creció, vivió. Allí está en la página 216, en la 218, en la 236, en la 271, en la 296, en la 434, en la 490, en la 506, en la 512. Donde lo describen como alguien que organizaba grupos ciudadanos en favor de la democracia, como alguien que peleó contra la corrupción en el Congreso, como un miembro del Grupo San Ángel, como alguien que propuso una Comisión de la Verdad, como alguien que ayudó a Vicente Fox porque creyó en él. Como alguien que vivió cuestionando la norma y cruzando la raya. Como una persona que siempre pintaba la propia. La del intelectual incómodo. La del ciudadano inconforme. La del mexicano participativo.
Adolfo Aguilar Zínser deja esa huella. Deja esa bandera, a su lado en la carretera donde murió. Ahora toca recogerla, caminar con ella, cargarla con una carcajada como las que él provocaba. Ese mexicano valiente con el alma rebelde y el pelo también. Con sus historias fantásticas e inverosímiles, con su imaginación desbordada, con sus ganas de estar en el mundo e incendiarlo. Con la esperanza que ni siquiera Vicente Fox y su gobierno fallido le pudieron arrebatar. Con el imperativo moral que coloca en las manos de todos aquellos que lo conocimos. Con la encomienda que deja para los políticos del país, para los ministros de la Suprema Corte, para los ciudadanos de México. Yo te digo, Adolfo, que aquí estamos. Aquí seguimos.
Y no voy a lamentar tu muerte; voy a celebrar tu vida. Tu buena vida, tu buena huella. Te voy a imaginar en lo que creo que es el cielo, ese lugar donde uno hace lo que le da la gana. En un bar en Cuba llamado “El Molino”, sentado al sol, bebiendo tequila, con tu perro Oso al lado, guiñándole el ojo a las meseras, contando historias. Historias de buenos y malos. De héroes y villanos. De cómo quisiste al país y de cómo ayudaste a transformarlo. Y en cuanto a tu bandera, no te preocupes. Ya la recogimos.
Denise Dresser es profesora de ciencias políticas en el Instituto Tecnológico de México.
ya este es el último ...bueno de allí
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ADOLFO AGUILAR ZÍNSER: Ronda de generaciones
Sergio Aguayo Quezada
12 de junio de 2005
Adolfo Aguilar Zínser fue un amigo entrañable pero dedicarle esta columna trasciende lo personal. Vale la pena detenerse en la biografía de Adolfo por el lugar que ocupó en una generación que ha transformado México y por el papel que jugó como “intelectual público”.
En México, el prolongado combate al autoritarismo hizo que germinara y se reprodujera una nutrida y heterogénea generación de la transiciónque trasciende ideologías o filiaciones partidistas, y que rebasa género, edad o predominio de entidad federativa. Se ha formado y nutrido con cristianos y comecuras; con intelectuales, aguerridos líderes sociales y periodistas; con empresarios, funcionarios y políticos. Es una telaraña, una red, que envuelve a todo el país y que constantemente se está manifestando en público, y que también en los ámbitos privados empuja y resiste, transforma y frena.
La generación de la transiciónes una categoría sociológica y una realidad histórica que carece de estructura formal pero en la que difícilmente se cuelan los arribistas porque los requisitos para ingresar a ella son difíciles de llenar. Pertenecen a esta generación quienes demostraron tener un compromiso auténtico y de largo plazo con el cambio pacífico, la democracia y la dignidad humana. Al igual que Samuel del Villar y Jaime González Graff —por mencionar a otros integrantes de este colectivo que ya fallecieron— Adolfo demostró, durante tres décadas y de múltiples formas, la firmeza de su compromiso.
Por su origen social, por sus relaciones familiares, por su inteligencia y formación, Adolfo pudo instalarse cómodamente en el Olimpo del poder económico o político. En lugar de ello, optó voluntariamente por recorrer los áridos senderos del reformador. Así fue como se involucró en luchas políticas, cívicas e intelectuales que erosionaron, lenta pero inexorablemente, al autoritarismo mexicano. Las batallas por la transición, debe recordarse, tuvieron siempre una dimensión internacional y Adolfo defendió a las revoluciones centroamericanas y a los refugiados que buscaron asilo en México y estudió la política exterior de Estados Unidos y como académico y diplomático se enfrentó a los conservadores de aquel país.
Durante la larga noche del autoritarismo la mayoría de los intelectuales estaban confinados en una torre de marfil. Las transformaciones que vivimos se anclaron y alimentaron del puñado de académicos que decidieron salir del cubículo para enfrentarse en la plaza pública, con ideas y palabras, al oscurantismo del régimen. Después de que recibiera su formación en El Colegio de México, Adolfo eligió el camino del “intelectual público” que habían legitimado, entre otros, Pablo González Casanova y Daniel Cosio Villegas.
Ser “intelectual público” significaba, significa, investigar temas difíciles, polémicos y ásperos sin abandonar el rigor que imponen las ciencias sociales. Exige una disposición a experimentar con el estilo porque sólo así puede transitarse de las revistas especializadas a los medios masivos de comunicación. Requiere preparar el estado de ánimo para enfrentar la irritación de los poderosos y para superar las incomprensiones porque hace relativamente poco tiempo el “intelectual público” era mal visto en algunos círculos académicos que consideraban indigno y contaminante los acercamientos con el poder. Adolfo lo hizo, y lo hizo bien, y escribió sobre las relaciones entre civiles y militares, seguridad nacional, las guerras centroamericanas y la frontera sur. Y en parte por ello fue hostigado y secuestrado.
Una de las críticas más recurrentes que se le hicieron a Adolfo fueron sus brincos institucionales. Los dio. Primero colaboró con el ex presidente Luis Echeverría en el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo. Después fue activo y cercano colaborador en una de las campañas presidenciales de Cuauhtémoc Cárdenas, diputado por el PRD y senador bajo las siglas del Partido Verde Ecologista. Finalmente, estuvo muy cerca del candidato Vicente Fox y en su gobierno ocupó un par de cargos relevantes. En este aspecto me permito dos precisiones.
Adolfo nunca buscó o ejerció esos cargos por la ventaja económica o por masajear su ego. Su vida se caracterizó por una búsqueda de los espacios que le permitieran contribuir con la transformación democrática del país. Eso era lo que realmente le interesaba. Por eso estaba dispuesto a tomar riesgos y a recibir las críticas. Lo hacía dando, siempre, una explicación razonada de los motivos que lo llevaban a iniciar o abandonar cada una de esas etapas. De su experiencia en la campaña de Cárdenas sacó un claridoso libro que le ganó la repulsa de una parte del perredismo. Su tránsito por el foxismo terminó en una renuncia pública con la que culminó su abierta y valiente oposición, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, al agresivo unilateralismo estadounidense en Irak.
“Demasiado individualista” se le criticaba en público y privado. Es cierto que era muy independiente, pero la otra cara de la moneda está en las limitaciones que imponen los partidos que monopolizan la participación en la vida pública. La partidocracia ha llevado a una esclerosis de la política que está controlada por burocracias decididas a preservar un orden establecido que les reditúa enormes presupuestos y privilegios. Esas instituciones rechazan tajantemente a quien se aparta de su medianía y mediocridad.
Mi amistad con Adolfo duró 33 años y se mantuvo pese a orígenes totalmente diferentes. Fue una relación que echó raíces y de la cual se desprendieron múltiples ramas. Por él conocí a la que sigue siendo mi esposa y él gestionó la adopción que de mi hicieron los Aguilar, una familia capitalina ruidosa, atípica y vital. Colaboramos en algunos proyectos y marchamos separados en otros. Coincidimos y disentimos manteniendo, siempre, un profundo y cálido respeto.
De esa historia común, la faceta que más disfruté de Adolfo fue su capacidad para encontrarle el lado humorístico a las situaciones más trágicas y complicadas. Tenía la rara virtud de reírse de sí mismo y de los demás. Era, además, un espléndido narrador que armaba historias —en ocasiones inverosímiles— con unos cuantos elementos. Pero como decía inicialmente, eso y otras cosas más corresponden al ámbito de lo íntimo, de lo privado.
Adolfo merece ser recordado por la firmeza de sus principios, porque fue un espléndido intelectual público y porque tuvo una congruencia poco común. Todo eso lo mezcló con pasión e inteligencia, con principios y con la sofisticación del conocedor de los métodos y técnicas de las ciencias sociales. Fue uno de los mejores representantes de esa generación de la transiciónque tanto ha logrado pero a la que todavía le falta una eternidad antes de que sean realidad la democracia mexicana y la equidad por las que vivió Adolfo Aguilar Zínser.
Sergio Aguayo Quezada es analista político mexicano. sergioaguayo@infosel.net.mx
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