PDA

View Full Version : Changarro Cerrado



Spiderman
06-06-05, 10:15 PM
Por Denise Dresser
Para Adolfo Aguilar Zinser, mi amigo.

Las luces están apagadas. La cortina de metal está corrida. La puerta tiene el cerrojo puesto. Tras la ventana se alcanza a ver una falda colgada en un gancho de plástico, por lo que algunos piensan que hay alguien adentro, atendiendo. Y afuera los mexicanos se arremolinan con las demandas en la mano. Piden seguridad, piden crecimiento, piden empleo, piden justicia, piden responsabilidad, exigen liderazgo. No quieren perder la fe en el país posible y la Presidencia que lo prometió. Pero el gobierno de Vicente Fox ha sido clausurado. El changarro está cerrado. O da esa impresión.

Por las calles, Vicente Fox vocifera que no es así. Repite una y otra vez que el cambio está allí, a la vista de todos. Pero mientras más protesta menos persuade. Mientras más grita contra la percepción prevaleciente, menos la combate. Apila cifras, amontona datos, se da palmadas en la espalda y bendice a la población pero no la convence. Porque hay más vivienda, es cierto. Hay estabilidad macroeconómica, es cierto. Hay un Instituto Federal de Acceso a la Información, es cierto. Pero si Vicente Fox hubiera hecho campaña ofreciendo sólo eso, no hubiera ganado la Presidencia. Si Vicente Fox hubiera dicho que el cambio se concentraría en las faldas de su esposa, no hubiera llegado a Los Pinos. Para eso no se le eligió. Para eso no se le apoyó. Su mandato nunca fue gobernar menos sino gobernar mejor. Su mandato nunca fue pedir paciencia sino gobernar con urgencia. Entender que el status quo no funciona para cientos de empresarios, para miles de consumidores, para millones de mexicanos.

Porque mientras el Presidente se congratula a sí mismo, México se va quedando atrás. Mientras la señora Sahagún demanda a periodistas, la economía demanda eficacia gubernamental. Mientras Vicente Fox ve un vaso medio lleno, la mirada mundial lo ve medio vacío. Cada vez más vacío en términos de competitividad, de productividad, de lo que mueve a una economía y la moderniza. Como escribe Tom Friedman en The World is Flat: A Brief History of the Twenty-First Century, mientras dormíamos, la tecnología y la geoeconomía han aplanado al mundo. Desde Bangalore hasta Beijing, la innovación marcha a pasos veloces, nivelando el terreno de juego para aquellos que saben competir y quieren hacerlo. Allí están los ingenieros en la India y los diseñadores en China: innovando, compitiendo, creando riqueza y distribuyéndola.

Y allí está México atorado. Paralizado. Parasitario. Viviendo de los precios del petróleo y del regalo de las remesas. Con un gobierno que cojea a la defensiva en vez de correr a la ofensiva. Con una política económica que se precia sólo de mantener la estabilidad, como si no fuera posible aspirar a más. Con un paquete de reformas estructurales que no fue aprobado al principio del sexenio y no lo será antes de que acabe. Por un gobierno dividido y la estrategia política equivocada para lidiar con él. Por el sabotaje priista y la cerrazón perredista. Por la incompetencia de Santiago Creel y la recalcitrancia del Congreso. Peor aún, por la falta de consenso social en torno a su necesidad.

Hoy por hoy, las reformas estructurales tienen mal nombre, mala reputación. La población las mira con escepticismo y tiene razón. Fueron instrumentadas con buenas intenciones pero con malos resultados. Fueron llevadas a cabo supuestamente para modernizar pero sólo lo hicieron a medias. Privatizaciones mal concebidas que convirtieron monopolios públicos en monopolios privados. Privatizaciones mal reguladas que produjeron banqueros ricos y bancos desfalcados. Privatizaciones mal diseñadas que pusieron televisoras en manos de pillos y quienes los ayudaron a comprarlas. Privatizaciones rapaces que generaron dinero para el erario pero no crearon beneficios para los consumidores. Privatizaciones en las cuales el gobierno -en realidad- nunca quiso cambiar a fondo las reglas del juego.

Ese juego tradicional del "crony capitalism", del capitalismo de cuates. Ese juego basado en la relación incestuosa entre el gobierno y la clase empresarial: en Indonesia, en Rusia, en México. Esa complicidad de amistades y relaciones, de presidentes y magnates, de secretarios de hacienda y secretarios de gobernación, de organismos reguladores y los intereses que deberían contener. Ese sistema descrito a la perfección por Raúl Salinas en una entrevista reciente con el Financial Times, cuando habla del "fondo de inversión" que -supuestamente- creó con prominentes empresarios mexicanos y que -supuestamente- justifica su fortuna: "Yo era hermano del Presidente, pero también tenía mi propia historia y raíces profundas de amistad con algunos de los empresarios más ricos del país".

Ese capitalismo de compinches que crea riqueza pero no la comparte. Ese andamiaje de privilegios que aprisiona a la economía y la vuelve ineficiente. Que inhibe el desarrollo de México en un mundo cada vez más plano. Que opera a base de favores y concesiones y colusiones que el gobierno otorga y la clase empresarial exige para invertir. Que concentra el poder económico y político en una red compacta que constriñe la competencia y ordeña a los consumidores. Que distorsiona la operación de los mercados y debilita la confianza en ellos. Que opera sin la regulación necesaria y muchas veces inexistente. Que tanto daño le ha hecho al país y a sus habitantes. Esos empresarios pequeños sin relaciones personales pero con ganas de producir. Esos innovadores mantenidos al margen por las barreras de entrada a la pantalla, a la telefonía, al cemento, a las aerolíneas. Esos consumidores que deberían pagar menos pero la autoridad no asegura que sea así. Esos con derechos que el gobierno debería proteger pero no ha podido o no ha querido hacerlo.

Nada ilustra mejor que el caso de Ricardo Salinas Pliego. El caso que constituye un botón de muestra y no es menor. Un empresario que opera una concesión pública como si fuera un coto privado. Que lo compra con un préstamo del hermano del Presidente. Y ahora lo usa para amenazar al gobierno que intenta regularlo, sancionarlo, obligarlo a obedecer la ley en vez de evadirla. Famoso por hostigar a los reguladores y obligarlos a salir del país; por producir programas escandalosos pero poco confiables; por renovar su concesión de TV Azteca por 18 años más pero sin la claúsula de daños a terceros que llevaría a su revocación; por decir que, en cuanto a sus intereses se refiere, la Secretaría de Gobernación no existe y al secretario de Comunicaciones y Transportes lo tiene en la bolsa; por presionar a los legisladores para que modifiquen -y le quiten dientes- a la nueva Ley del Mercado de Valores; por sacar a su compañía de la Bolsa de Nueva York para que los reguladores estadounidenses no lo castiguen por las irregularidades que cometió allí.

Allí está, con la protección política que Los Pinos le provee. Allí está, con la intercesión de Carlos Slim en su favor. Ese presidente de TV Azteca que representa todo lo que no funciona del capitalismo en nuestro país. Esa versión mexicana de los oligarcas rusos; esos que doblegan al Estado; esos que se sienten por encima de la ley y por encima del gobierno que los creó. Porque Ricardo Salinas es producto del sistema y ejemplifica todo lo que debe cambiarse de él. Gobiernos que privatizan de manera poco transparente, que otorgan concesiones de manera poco transparente, que rescatan banqueros de manera poco transparente, que regulan de manera poco eficiente. Que actúan en nombre del interés público de manera intermitente y sólo cuando la presión internacional los obliga a hacerlo.

Por ello, su caso es una prueba para validar la existencia -o no- de un gobierno diferente en México. Es un reto para reconocer si el cambio existe en realidad, o sólo en la cabeza presidencial. Es una oportunidad para probar que el gobierno "sí puede lidiar con los criminales de cuello blanco" como lo asegura el secretario de Hacienda, Francisco Gil, en una carta al Financial Times. Es un momento para ponerse del lado de la transparencia real, de la rendición de cuentas real, del changarro abierto. Si Vicente Fox actúa contra Ricardo Salinas Pliego como debería hacerlo, demostrará que el cambio no está sólo en las faldas de su mujer sino en la protección del interés público. Y que el Presidente tiene los pantalones para probarlo.