Mazdak
27-12-06, 01:15 AM
26-Diciembre-06
A mediados de noviembre, con motivo de la muerte del economista Milton Friedman, analistas económicos en Canadá y Estados Unidos revisaron críticamente el pensamiento del fundador de la “Escuela de Chicago” y ex consejero económico del presidente estadunidense Ronald Reagan, de Margaret Thatcher en el Reino Unido y del recién fallecido dictador Augusto Pinochet en Chile, entre otros gobiernos. Friedman acuñó la política monetarista, el libre comercio, la “teología económica” según la cual los gobiernos “no deben ser un agente efectivo del progreso social” –léase como achicamiento del gasto público para educación, salud y seguro social– y demás recetas transferidas a Latinoamérica mediante el llamado Consenso de Washington que a partir de los años ochenta fue la doctrina oficial del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial (BM) y su agencia regional, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Los resultados concretos en educación, salud, desarrollo social y crecimiento económico entre los países latinoamericanos que siguieron esas recetas del FMI y el BM, y los asiáticos que las ignoraron y mantuvieron sus políticas de desarrollo, como por ejemplo Corea del Sur, son opuestos, y el resultado es aún mas convincente si se recuerda que a comienzos de 1980 los surcoreanos estaban por debajo de los índices sociales y de creación de riqueza de México y otros países de la región.
Sin dejar de pertenecer a la economía de mercado y aprovechándose de ella, en el ultimo cuarto de siglo Corea del Sur aumentó en más del doble el ingreso per cápita con relación al producto interno bruto (PIB) y elevó todos sus índices sociales a estándares comparables a los países industrializados. China, país con una economía que estaba “fuera del sistema” del FMI y el BM y arrastraba un fuerte atraso y pobreza, es hoy día la economía más dinámica del mundo. Y hay otros exitosos ejemplos en Asia.
En realidad la aplicación de las políticas del FMI, según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), provocó una baja de la inversión productiva en el sector público –infraestructura, educación, salud y seguridad social– entre 1980 y 2002 en siete de doce países latinoamericanos, y como decía la analista Babette Stern del diario Le Monde, favorecieron la política de exportación de recursos naturales y confinaron los Estados a vivir de la renta de esas exportaciones y de las remesas de sus emigrados, anulando así la inversión para el desarrollo económico, la creación de la demanda interna y la lucha contra el desempleo y la pobreza. El “Consenso de Washington” es hoy una receta públicamente abandonada por el FMI, que por haberla aplicado rigurosamente durante dos décadas paga una fuerte hipoteca de descrédito.
Un creciente número de países, desde Argentina y Brasil hasta Rusia, cancelaron sus deudas y créditos con el FMI y al hacerlo le han cortado los víveres de su funcionamiento interno; mientras que otros, como Canadá y Reino Unido, que no olvidan la nefasta intervención del FMI en la crisis asiática de 1997, quieren cambios profundos en la misión de esa desacreditada institución financiera internacional. Ken Frankel, director de la Fundación Canadiense para las Americas (FOCAL), un organismo que sigue la política oficial de Ottawa, analizó en diciembre los cambios políticos recientes en América Latina a la luz del “incuestionable y justificado descontento generalizado por la persistencia de una pobreza masiva y la mayor brecha mundial entre los poseedores y los desposeídos”.
Gran parte de este descontento, reconoce Frankel, enfoca los decepcionantes resultados en la mayoría de países de los principios económicos neoliberales aplicados desde mediados de 1980, que fueron vistos como una herramienta de Estados Unidos y el Primer Mundo, del gran capital, en contubernio con el BM, el FMI y las elites latinoamericanas. Esta crítica es similar a la que hizo hace algunos años el economista Joseph Stiglitz al renunciar a su puesto de economista jefe del BM. Para Frankel, de FOCAL, los cambios políticos latinoamericanos no deben ser vistos como giros a la izquierda o hacia la derecha, sino como el retorno a las conocidas políticas de desarrollo que promueven el aumento de la inversión y la productividad, la inversión pública en la educación, salud e infraestructura sanitaria “que son críticas para el desarrollo”, y en el contexto de un consenso entre los líderes políticos de la región de que cada país tiene sus distinciones económicas, sociales, culturales y políticas que no hace viable aplicar un solo modelo, como durante décadas recomendó el FMI.
La critica póstuma a la obra de Friedman, como la que hizo el analista canadiense David Olive en el periódico Toronto Star, resume bien las contradicciones del pensamiento económico del “patrón ideológico” de gobiernos, instituciones internacionales y de centros de reflexión conservadores–, cuyas recomendaciones llevaron a aumentos del gasto estatal para la defensa y aventuras militares, para la vigilancia interior y la construcción de cárceles, aumentar los subsidios a la agricultura y bajar los impuestos de los ricos, pero no para los programas sociales.
La revisión de la misión del FMI emprendida bajo las presiones de varios países pretende que éste se convierta en un “mecanismo de vigilancia multilateral” de los problemas financieros internacionales, y poder así aconsejar mejor a los países miembros sobre el manejo de sus finanzas evitando los “desequilibrios” fiscales. Esto, a cambio de retirarse de su papel de “prestamista de última instancia” y adoptar el de “proveedor de liquidez temporal” a fin de ayudar a mantener la estabilidad.
Para el gobernador del Banco de Canadá, David Dodge, el FMI carece de “crédito” político y de recursos financieros en un mundo en el que los bancos centrales no pueden competir con los recursos financieros que manejan diariamente y al nivel mundial los fondos de inversiones de riesgo y de pensiones, controlados por ambiciosos jóvenes al servicio de un limitadísimo circulo de decidores y capitalistas interesados en el lucro. Esta burbuja financiera mundial es la consecuencia práctica y la última herencia de la “teología económica”, como la define Olive, de Milton Friedman.
Rocco Marotta •Toronto
http://milenio.com/mexico/milenio/nota.asp?id=467202&sec=4
A mediados de noviembre, con motivo de la muerte del economista Milton Friedman, analistas económicos en Canadá y Estados Unidos revisaron críticamente el pensamiento del fundador de la “Escuela de Chicago” y ex consejero económico del presidente estadunidense Ronald Reagan, de Margaret Thatcher en el Reino Unido y del recién fallecido dictador Augusto Pinochet en Chile, entre otros gobiernos. Friedman acuñó la política monetarista, el libre comercio, la “teología económica” según la cual los gobiernos “no deben ser un agente efectivo del progreso social” –léase como achicamiento del gasto público para educación, salud y seguro social– y demás recetas transferidas a Latinoamérica mediante el llamado Consenso de Washington que a partir de los años ochenta fue la doctrina oficial del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial (BM) y su agencia regional, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Los resultados concretos en educación, salud, desarrollo social y crecimiento económico entre los países latinoamericanos que siguieron esas recetas del FMI y el BM, y los asiáticos que las ignoraron y mantuvieron sus políticas de desarrollo, como por ejemplo Corea del Sur, son opuestos, y el resultado es aún mas convincente si se recuerda que a comienzos de 1980 los surcoreanos estaban por debajo de los índices sociales y de creación de riqueza de México y otros países de la región.
Sin dejar de pertenecer a la economía de mercado y aprovechándose de ella, en el ultimo cuarto de siglo Corea del Sur aumentó en más del doble el ingreso per cápita con relación al producto interno bruto (PIB) y elevó todos sus índices sociales a estándares comparables a los países industrializados. China, país con una economía que estaba “fuera del sistema” del FMI y el BM y arrastraba un fuerte atraso y pobreza, es hoy día la economía más dinámica del mundo. Y hay otros exitosos ejemplos en Asia.
En realidad la aplicación de las políticas del FMI, según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), provocó una baja de la inversión productiva en el sector público –infraestructura, educación, salud y seguridad social– entre 1980 y 2002 en siete de doce países latinoamericanos, y como decía la analista Babette Stern del diario Le Monde, favorecieron la política de exportación de recursos naturales y confinaron los Estados a vivir de la renta de esas exportaciones y de las remesas de sus emigrados, anulando así la inversión para el desarrollo económico, la creación de la demanda interna y la lucha contra el desempleo y la pobreza. El “Consenso de Washington” es hoy una receta públicamente abandonada por el FMI, que por haberla aplicado rigurosamente durante dos décadas paga una fuerte hipoteca de descrédito.
Un creciente número de países, desde Argentina y Brasil hasta Rusia, cancelaron sus deudas y créditos con el FMI y al hacerlo le han cortado los víveres de su funcionamiento interno; mientras que otros, como Canadá y Reino Unido, que no olvidan la nefasta intervención del FMI en la crisis asiática de 1997, quieren cambios profundos en la misión de esa desacreditada institución financiera internacional. Ken Frankel, director de la Fundación Canadiense para las Americas (FOCAL), un organismo que sigue la política oficial de Ottawa, analizó en diciembre los cambios políticos recientes en América Latina a la luz del “incuestionable y justificado descontento generalizado por la persistencia de una pobreza masiva y la mayor brecha mundial entre los poseedores y los desposeídos”.
Gran parte de este descontento, reconoce Frankel, enfoca los decepcionantes resultados en la mayoría de países de los principios económicos neoliberales aplicados desde mediados de 1980, que fueron vistos como una herramienta de Estados Unidos y el Primer Mundo, del gran capital, en contubernio con el BM, el FMI y las elites latinoamericanas. Esta crítica es similar a la que hizo hace algunos años el economista Joseph Stiglitz al renunciar a su puesto de economista jefe del BM. Para Frankel, de FOCAL, los cambios políticos latinoamericanos no deben ser vistos como giros a la izquierda o hacia la derecha, sino como el retorno a las conocidas políticas de desarrollo que promueven el aumento de la inversión y la productividad, la inversión pública en la educación, salud e infraestructura sanitaria “que son críticas para el desarrollo”, y en el contexto de un consenso entre los líderes políticos de la región de que cada país tiene sus distinciones económicas, sociales, culturales y políticas que no hace viable aplicar un solo modelo, como durante décadas recomendó el FMI.
La critica póstuma a la obra de Friedman, como la que hizo el analista canadiense David Olive en el periódico Toronto Star, resume bien las contradicciones del pensamiento económico del “patrón ideológico” de gobiernos, instituciones internacionales y de centros de reflexión conservadores–, cuyas recomendaciones llevaron a aumentos del gasto estatal para la defensa y aventuras militares, para la vigilancia interior y la construcción de cárceles, aumentar los subsidios a la agricultura y bajar los impuestos de los ricos, pero no para los programas sociales.
La revisión de la misión del FMI emprendida bajo las presiones de varios países pretende que éste se convierta en un “mecanismo de vigilancia multilateral” de los problemas financieros internacionales, y poder así aconsejar mejor a los países miembros sobre el manejo de sus finanzas evitando los “desequilibrios” fiscales. Esto, a cambio de retirarse de su papel de “prestamista de última instancia” y adoptar el de “proveedor de liquidez temporal” a fin de ayudar a mantener la estabilidad.
Para el gobernador del Banco de Canadá, David Dodge, el FMI carece de “crédito” político y de recursos financieros en un mundo en el que los bancos centrales no pueden competir con los recursos financieros que manejan diariamente y al nivel mundial los fondos de inversiones de riesgo y de pensiones, controlados por ambiciosos jóvenes al servicio de un limitadísimo circulo de decidores y capitalistas interesados en el lucro. Esta burbuja financiera mundial es la consecuencia práctica y la última herencia de la “teología económica”, como la define Olive, de Milton Friedman.
Rocco Marotta •Toronto
http://milenio.com/mexico/milenio/nota.asp?id=467202&sec=4